Presente y futuro del co-gobierno en la UNCo…
(*) CARLOS EMILIO GENDE
Especial para «Río Negro»
O de cómo impedir la participación a eventuales opositores en una futura gestión.
Presento breve relato de una intensa experiencia institucional que el lector sabrá juzgar como fallida o no. Aun con una trayectoria académica valiosa en términos de prestigio personal, acepté hace dos años formar parte del máximo órgano de co-gobierno de la Universidad Nacional del Comahue con la esperanza de que mi participación contribuyera, junto a la de otros valiosos consejeros, a hacer de nuestra casa de estudios una institución pluralista, democrática, con serio compromiso social y de excelencia académica. ¿Por qué digo «aun con»? Porque aun como profesor y doctor en Filosofía; autor de un libro sobre Filosofía del Lenguaje publicado por Prometeo –una de las editoriales de mayor prestigio nacional en ciencias sociales (incorporado a la Biblioteca de la Universidad Complutense y prologado por un filósofo de la Hermenéutica de reconocimiento internacional)–; único invitado de la región a compartir con dos filósofos españoles la apertura de un simposio en el Congreso Internacional de Filosofía en México 2005; invitado por la Universidad. Federico II de Nápoles como expositor en el Encuentro Internacional de Investigadores en Hermenéutica; respetado intelectualmente por los estudiantes de grado y posgrado que pasan por mis cátedras de Epistemología y Filosofía del lenguaje; entre otros resultados valorables de mi humilde tarea como docente e investigador; acepté, al decir de colegas heridos de cinismo, «ensuciarme las manos en el pantanoso barro de la política universitaria», o «entrar al mundo de los negocios, del toma y daca institucional», o bien, con mayor crudeza: «Perder el tiempo y arruinarte la carrera».
Pues bien, finaliza en estos días mi participación y me llevo el recuerdo imborrable de frases enunciadas por algunos consejeros en sesiones públicas –grabadas– del Consejo Superior, entre los que se encuentran representantes docentes y graduados de la actual gestión y candidatos al próximo rectorado. Frases que hemos padecido junto a otros consejeros con estoica actitud, pero que son muestra cabal de las reacciones lamentables provocadas por nuestros argumentos, propuestas fundamentadas y la promoción del intercambio de ideas, ante quienes no pueden sostenerlos: -«Sra. rectora, quiero advertirle al Sr. Gende que se va a arrepentir de su soberbia intelectual». -«Estoy harta de escucharlos decir boludeces». -«Callate de una vez, imbécil» (improperio dirigido a un consejero estudiantil, con posterior pedido de disculpas y acompañado de la siguiente amenaza: «Afuera se lo vuelvo a decir»). -«Le quito la palabra, Gende, porque me tiene cansado con sus argumentaciones». -«¿Por qué le molesta que lo insulten (a un consejero estudiantil) si usted hace con frecuencia lo mismo?» -«Reconozco que no debería decirles delincuentes o golpistas, pero aclaro que eso es lo que pienso de ustedes», y un largo etcétera. Aun con eso, opté –optamos algunos representantes de los cuatro claustros– por resistir e insistir, ofreciendo razones, propuestas, generando un espacio que contribuyera a la democratización de la vida universitaria. Sin embargo, las consecuencias no quedarían sólo en el plano verbal. El amedrentamiento a los peligrosos opositores, a los razonadores que no pactan, tenía que ser ejemplar: si no podemos oponerles mejores argumentos, les impedimos la participación; a como dé lugar, aun a costa de violar los reglamentos de la universidad; total, después se ve; seguramente habrán pergeñado. Y así fue: concursé el 19 de diciembre para regularizar mi situación como profesor en una orientación disciplinar de la cual soy único docente interino a cargo de la cátedra por quinto año consecutivo; un tribunal de excelencia externo me recomendó –por antecedentes, clase pública y entrevista– para el cargo de profesor titular. El Consejo Directivo de la Facultad de Humanidades aprobó por unanimidad el dictamen y el Consejo Superior, en sesión del 23 de marzo, aprobó –con el número previsto por el art. 43 del reglamento de concursos– mi designación. Sin embargo, la resolución del Rectorado –acompañada de un segundo despacho firmado y votado por consejeros, entre los que se hallan candidatos a rector– desconoce estas actuaciones y rechaza mi designación. A la vez, la Junta Electoral de la Universidad –constituida por los mismos consejeros– rechazó el mismo día mi solicitud de incorporación al padrón de profesores, privándome del derecho elemental a elegir y a ser elegido. El desaliento personal persiste, pero aún peor es el pánico institucional de sospechar que si esto se lo hacen a un consejero, cuánto más debe estar ocurriéndoles en estos días a estudiantes, no docentes y docentes temerosos de expresarse.
A modo de moraleja, un colega de larga trayectoria en la política universitaria me decía –nos decía–: «Tal vez sean estos tiempos perentorios los del escepticismo y la inquietud por no saber en qué manos vamos a dejar la gestión de nuestra institución; pero también pueden ser tiempos de resistencia, de profundización en una participación más genuina que se opone al negociado transitorio de los cargos. Los daños del presente son manifiestos, pero la no claudicación promete consecuencias, tal vez a largo plazo, con mayores resultados para una transformación efectiva». ¿Será una utopía, y como tal, irrealizable, o nuestra participación activa puede contribuir a crear las condiciones para una mejor Universidad Nacional del Comahue?
(*) Doctor. Consejero superior por el claustro de graduados
Especial para "Río Negro"
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