Probó

Columna semanal

Por Redacción

El disparador

Ya sé que me dijiste que te cansan las historias de Juanca. Pero, para mí, en el fondo un poco te deben gustar. Capaz que pienso así porque una vez me comentaste que no podías entender cómo hay amigos tuyos -que no solo adorás sino que respetás intelectualmente- que creen en Juanca. ¿Será que vos querés creer pero no podés? Ya que estamos, te cuento una anécdota muy sencilla. De Juanca, obvio.

Había un tipo que se llamaba Eduardo que tampoco creía en esas cosas místicas como leer el aura de alguien y mucho menos en hablar con los muertos. Para mí, en una combinación entre lo astral y lo espiritual, se puede acceder a información del pasado o adivinar indicios de un posible futuro. Pero, al no saber cómo explicar todo esto, lo terminamos simplificando en que hay un gurú que habla con un muerto o que adivina el futuro. En fin, la vida misma es un misterio. El punto es que estas historias me atrapan y, desde su simpleza, me interpelan en lo profundo.

Juanca, o el ermitaño de la montaña, como vos le decís, me explicó que él escuchaba diferentes voces. En general, lo que más le costaba era discernir si lo que le decían llegaba desde la oscuridad o desde la luz. Le angustiaba la posibilidad de equivocarse y seguir algún susurro del mal. Frente a la duda, recurría a una suerte de conjuro para doblegar al mal y decía algo así: “Si estoy oyendo voces oscuras, que mil almas oscuras se conviertan a la luz por cada error mío”. Si finalmente eran voces oscuras, callaban de inmediato. Pero esto sucedía con cuestiones personales.

Cuando atendía gente era diferente. Era como si se conectara a una red de wifi celestial de la que bajaba información sobre la persona que tenía adelante. Juanca solo era el canal. Entraba en una especie de trance sutil al que no sabía específicamente cómo llegaba. O, al menos, cómo explicarlo con palabras. No sé, sería como esas personas que saben mover las dos orejas pero no lo pueden enseñar.

El asunto es que, como te pasa a vos, Eduardo creía que todo esto era el colmo del absurdo. Él era un gran comerciante, estaba casado y tenía un hijo. Era dueño de un negocio exitoso donde vendía productos dulces. Se jactaba de ofrecer lo más rico que se podría conseguir, aunque decía que había algo que le faltaba pero que igual nadie lo tenía. Cuando le pregunté qué era, no me quiso decir y, en medio del lamento, me empezó a hablar de Doña Josefina, la encargada de la pensión en la que él había vivido cuando era estudiante universitario.

Una tarde, charlando con amigos y cansado ya de escuchar historias sobre Juanca, Eduardo dijo que necesitaba ver para creer. Agarró su camioneta y, por caminos de ripio, anduvo campo adentro una media hora hasta llegar a lo de Juanca. Cuando el ermitaño le preguntó qué quería saber, Eduardo le respondió: “La receta”.

Doña Josefina murió hace cinco años, le dijo Juanca, que ante el silencio continuó hablando: “Dice ella que ya tenés todos los ingredientes, que solo te falta una pizca más de canela y una cucharada de amor”.

Eduardo volvió a su casa. Cocinó. Un par de horas después, cuando ya estaba fría, se animó y la probó. En ese momento entró su hijo a la cocina y le preguntó qué carajo hacía llorando delante de una torta de nuez.

Juan Ignacio Pereyra pereyrajuanignacio@gmail.com


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