Próceres contemporáneos
El universo científico es todo un tema. Como muchas otras cuestiones, cada vez más próximas al poder, tiende a mudar de aires y funcionar como sucursal de las normas de mercado, sea este último laboral, político o simplemente de negocios. En consecuencia, el conocimiento tampoco escapa a las reglas tácitas de la mezquindad humana; de otra manera, no hubiera existido tecnología para Hiroshima, los campos de exterminio de Stalin y Hitler ni el defoliante de Vietnam. Lo cierto es que, más allá de los alegatos que explican la necesidad y urgencia de ciertos actos, el mundo que genera ciencia y tecnología fue colaboracionista de incontables sucesos históricos, hoy procesados como trivialidades del devenir humano. La decoloración de incontables dramas sociales construye imágenes que finalmente terminan produciendo prestigio efímero, bienestar personal y algún que otro grado de popularidad.
Sin embargo, créase o no, Argentina año verde existe. Es cierto, hace enormes esfuerzos para diferenciarse de aquellos espejos en los cuales se mira el resto de la sociedad. Es una tarea de locos, pero demuestra que es posible zafar de las imágenes dominadas por las siliconas y otras prótesis, incluidas las psicológicas, culturales y sociales.
La brecha 10/90 es un paradigma mundial hecho y derecho. Las evidencias dicen que el diez por ciento de los recursos destinados a la investigación en salud le sirve al noventa por ciento de la humanidad. Quedan en deuda, por ejemplo, las causas de mortalidad infantil del mundo periférico, las muertes maternas absolutamente evitables, enfermedades transmisibles inexplicables para el siglo XXI, lo avestrusífero del tabaquismo y otros pasivos científicos casi miserables. Por otro lado, el noventa por ciento de las inversiones destinadas a salud está orientado hacia una minoría con poder adquisitivo, calculada en el diez por ciento de la población. Allá van las experiencias sobre fórmulas químicas, la aparatología de última generación, los análisis de marketing médico y los estudios para asalariar a quienes operan los sistemas. Esto no significa que dichos nudos sean siniestros, malignos y perversos, simplemente son datos de la realidad. Eso sí: camuflados por usos y costumbres adaptados, casi universalmente, a la inercia de conductas conservadoras… del pellejo individual, por supuesto. El últimamente derogado limbo de los justos, evidentemente se parece en nada a estos paisajes terrenales.
Lo cierto es que existen, buscan utopías y viven por estos pagos. Son jóvenes, con formación científica sólida y además tienen el suficiente desparpajo como para desafiar todo lo almidonado de las estructuras formales. El Foro de Investigación en Salud de Argentina (FISA) es tal vez el programa más importante de las últimas décadas para estudiar las prioridades a desarrollar en el campo sanitario. Abraam Sonis, el mítico director del Instituto de Investigaciones Epidemiológicas, abrió las puertas de la Academia Nacional de Medicina para aglutinar sus propios expertos con los del Instituto de Investigaciones Gino Germani (UBA) y los del Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES). La idea prosperó de tal manera, que involucró a la Organización Panamericana de la Salud, los ministerios de Salud y de Educación del Poder Ejecutivo Nacional, el Conicet y la Secretaría de Ciencia y Técnica de la Nación.
La tarea no era sencilla. Había que desarrollar una fórmula que permitiera, con toda claridad, orientar a las sucesivas generaciones de decisores políticos sobre la asignación de recursos destinados a la investigación sanitaria. En primer lugar había que definir cómo se medían los diferentes problemas que afectaban la salud de la población. El glosario partía del concepto matemático de «carga de enfermedad», o sea, aquellos indicadores que ajustan los años de vida por discapacidad, por un lado, y calidad de vida por otro. El segundo precepto que se tuvo en cuenta tenía que ver con el costo-efectividad de cada intervención; es decir, un mecanismo para hacer evaluaciones y de esta manera establecer las ganancias en salud, según las diferentes actuaciones, teniendo en cuenta sus costos. El esquema se completaba con los determinantes que actúan en el fenómeno, sean éstos individuales, doctrinarios de salud, de otros sectores que participan del proceso salud-enfermedad o de las políticas macroeconómicas. También con el nivel actualizado del conocimiento y las fuentes de recursos para abordar el problema. Con este esqueleto teórico, se convocó a los sesenta científicos más destacados en cada una de las áreas temáticas, las cuales partían de las enfermedades transmisibles y pasaban por las no trasmisibles, los problemas sanitarios de los niños y jóvenes, las discapacidades y la morbi-mortalidad materna. Con la concurrencia aproximada de cuatrocientos especialistas con erudición en cada tema, se armaron cinco talleres de dos días de duración cada uno. El producto de semejante movida intelectual está plasmado en un instrumento técnico denominado «matriz de estrategias combinadas», el cual se encuentra en condiciones para fijar prioridades en cuestiones relacionadas con la investigación de la salud pública.
La Argentina tiene una tradición generosa en materia de investigación sobre el terreno de la salud, pero con cierta austeridad franciscana en cuanto a gastos y funcionamientos. La escuela de Houssay, Braun Menéndez y Leloir, seguida por Cereijido, Milstein y otros voluntariosos, fue casi una militancia. Algunos caminaban medio Buenos Aires para llegar a su laboratorio y ahorrar de esta manera en transporte público. Otros aportaban de su propio bolsillo los fondos para el funcionamiento de los programas. Con ese estilo se consiguieron tres premios Nobel vinculados con el campo de la salud. En la actualidad se percibe cómo los herederos de aquellos pioneros del conocimiento recorren caminos parecidos a efectos de resolver dilemas que afectan el bienestar de la comunidad. Zulma Ortiz, del Instituto de Investigaciones Epidemiológicas; Mario Pecheny, del Gino Germani; Silvia Kochen (Conicet), Silvina Ramos (CEDES) y otros tantos cientistas jóvenes son quienes apuestan cotidianamente a cuestiones que buscan modificar la realidad. Tal el caso del proyecto FISA.
En la Argentina imprevisible, el combate estelar o la pelea de fondo, hablando en términos boxísticos, se produce entre el mundo del conocimiento y el poder político de turno. Todas las miradas apuntan al cielo. Algunos por lluvias, otros por clima. La mayoría implora por estadistas, bien escaso si los hay por estas pampas criollas. Simplemente porque lo que se pretende es la ecuación perfecta: dominio de las variables del poder y el valor agregado del conocimiento. Sin embargo, un político de raza hoy desaparecido solía decir que «se gobierna con leales; a los capaces se los compra». Es decir: los límites del aporte científico los establece, tristemente, aquel que cumple con los códigos del corto plazo, un período de gobierno o, a lo sumo, dos. En consecuencia, muchos operadores de la comunidad técnica y científica prefieren acoplarse al prototipo y se conforman con el rol de partícipes necesarios de la filigrana conocida como rufla política. Otros, que son meritorios de la humanidad, prefieren el lento y tedioso camino del esfuerzo y la honestidad. Merecen la categoría de próceres.
ANDRES KACZORKIEWICZ (*)
Especial para «Río Negro»
(*) Administrador sanitario, epidemiólogo
dr-k@speedy.com.ar
El universo científico es todo un tema. Como muchas otras cuestiones, cada vez más próximas al poder, tiende a mudar de aires y funcionar como sucursal de las normas de mercado, sea este último laboral, político o simplemente de negocios. En consecuencia, el conocimiento tampoco escapa a las reglas tácitas de la mezquindad humana; de otra manera, no hubiera existido tecnología para Hiroshima, los campos de exterminio de Stalin y Hitler ni el defoliante de Vietnam. Lo cierto es que, más allá de los alegatos que explican la necesidad y urgencia de ciertos actos, el mundo que genera ciencia y tecnología fue colaboracionista de incontables sucesos históricos, hoy procesados como trivialidades del devenir humano. La decoloración de incontables dramas sociales construye imágenes que finalmente terminan produciendo prestigio efímero, bienestar personal y algún que otro grado de popularidad.
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