Profundizar el modelo, ¿pero qué modelo?

Kirchner se siente dueño del plan y corre de la vitrina a cualquier otro que sugiera lo contrario. La gente disfruta el dulce de la economía, pero el gobierno sólo se sienta a contemplar logros. El presidente trata de recuperar posiciones de fortaleza ideológica, pero descuida el costado de la fortaleza legal.

l presidente de la Nación habló de «profundizar el modelo», en lo que se puede caracterizar como la definición política más contundente de la semana. Parece que hay un momento en que los gobernantes creen que ha llegado la hora de dejar su marca: también han hablado de profundizaciones, en otros tiempos, Domingo Cavallo y Jorge Rafael Videla.

Así lo dijo Néstor Kirchner: «Los argentinos vamos a profundizar el modelo, ya sabemos, cada vez que les hicimos caso a ellos en la Argentina rondó el llanto, el hambre, la desocupación y el olvido». En este caso, «ellos» son los organismos internacionales, quienes durante los últimos días se mostraron particularmente activos en las recetas que sugieren al unísono para la Argentina, mientras desde la Casa Rosada se apuntaba a economistas locales «pronoventa», como activos difusores de las mismas. Nunca se puede saber si el Gobierno está un poco paranoico con estas manifestaciones o si las usa ante la opinión pública, que le gusta la imagen de un presidente fuerte y luchador, para arrimar agua para su molino.

Tampoco hay que dejar de hacer la lectura del posicionamiento personal del presidente. Ante los rebosantes números que muestra la economía del otro lado del fiel de la balanza, Néstor Kirchner se siente el dueño del modelo y corre de la vitrina a cualquier otro que quiera sugerir lo contrario, ya sea Roberto Lavagna, en menor medida, Felisa Miceli o aún a Cristina de Kirchner, si la «pingüino» es su sucesora.

Lo cierto es que sin solución de continuidad, primero fue, y de modo ciertamente intempestivo, la Organización Mundial de Comercio la que dijo que las autoridades deben enfriar la economía para moderar la inflación, en un diagnóstico que a algunos les recordó las evaluaciones del FMI hacia los países.

Por su parte, el Banco Mundial habló de los pobres, los que más sufren con los aumentos de precios, hoy un número demasiado alto en la Argentina, algo que el Gobierno prefiere mantener debajo de la alfombra, habida cuenta que la distribución del ingreso sigue estando dentro de los estándares de la década pasada o aún peores.

Hasta resucitó el Fondo Monetario y de la boca de un vocero recordó que si la Argentina necesita un informe que avale el pedido de refinanciación de más de 6 mil millones de dólares al Club de París, un grupo de países acreedores que estarían dispuestos a financiar obras de infraestructura hoy ultranecesarias, pero sólo si se destraba la situación, ellos estarían prestos a hacer el monitoreo, lo que desencadenó en el Gobierno una suerte de aparición de crucifijos y ristras de ajo para alejar de la escena a un demonio tan temido.

La pregunta que surge, entonces, es qué cosa significa profundizar el modelo para Kirchner y a qué modelo se refiere. En el caso de un peronista pragmático, como es el presidente, profundizar probablemente no será ir ideológicamente hasta la raíz, o sea radicalizar. Para él y su discurso, profundizar sólo querría decir al menos no ir marcha atrás, porque por ahora las cosas le van saliendo bien, o al menos se está moviendo con suma comodidad dentro de los límites que las capas medias de la sociedad toleran, obnubiladas, como están, por la performance económica.

En este punto, hay que advertir que no volver para atrás también podría significar mayor desapego institucional, sumar escollos al aislamiento internacional y nuevas distorsiones de precios y, por ende, menores oportunidades de conseguir inversión privada, uno de los puntos que también marcó el Banco Mundial como algo crítico de la Argentina de hoy.

Si profundizar el modelo es sólo la mayor ingerencia del Estado en negocios que no le son propios, no profundizarlo habría sido que George Soros haya sido finalmente el dueño de Sancor y el fondo Eton Park dueño de Transener. Es coherente, pero bien le valdría al Estado repasar experiencias pasadas, sobre todo cuando se quiere salir con la suya a como haya lugar.

Por ejemplo, el marco regulatorio de la estatal AySA votado en el Congreso, poco espacio le deja a los usuarios y hasta se le permite hacer algo que los privados nunca podrían haber hecho: al que no paga se le restringirá el uso del agua. Ni qué decir sobre el nuevo régimen jubilatorio, que avanzó en el Senado, donde las diferencias son irritantes. Allí, el Estado computará antigüedades de modo diferente a los privados y hay una diferencia manifiesta entre los aportes a uno y a otro sistema. Mientras que ningún legislador que hoy vota orgulloso el cambio, está dispuesto a asegurar que hacia el futuro el sistema estatal cierra.

Pero, si profundizar el modelo fuese sólo mantener el esquema económico de tipo de cambio alto y el superávit fiscal, el presidente cosecharía palos por izquierda y por derecha.

Es cierto que la opinión pública hoy acompaña por el dulce que significa una mejor situación económica, pero los gobiernos no pueden sentarse sólo a contemplar este logro. Menem hizo lo mismo en el 95, la gente lo reeligió con 52 por ciento de los votos y después todo terminó como terminó.

Tampoco la oposición se anima a romper con el statu quo de la economía como arma eficaz para ganar elecciones y sigue más que dispersa en lo formal y también en lo conceptual. Ha sido incapaz de tomar las banderas de la convivencia social, regulada por normas del Estado como contrapeso.

En medio de tantos tironeos preelectorales, el marco de los accidentes viales imparables, muertos en las rutas que se cuentan por decenas, piquetes que se enseñorean y barrabravas ganando la batalla es difícil de encuadrar en este momento de la vida argentina donde el Estado quiere tener presencia, pero no se anima a ejercerla. Lo que ocurre no es el símbolo de la degradación que sigue a la bonanza, tal como lo marca la historia universal, sino que aquí la situación postcrisis parece tener condimentos de anarquía.

Lo paradójico de la situación es que mientras Kirchner está tratando de recuperar posiciones de fortaleza ideológica a favor del Estado y a expensas del mercado, para sustentar una posición de no retroceso a los años 90, parece haber descuidado el costado de la fortaleza legal, aquella que le da sustento los gobiernos.

HUGO GRIMALDI

DyN


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