Putin y Rusia pagan alto costo por invadir Crimea y Sebastopol

Redacción

Por Redacción

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La invasión y posterior anexión de Crimea y Sebastopol por parte de la Federación Rusa ha violado -descarada y abiertamente- el derecho internacional. A pesar de ello, ha generado algunas aisladas e interesadas “manifestaciones de simpatía” por parte de gobernantes como Nicolás Maduro, Daniel Ortega o Cristina Fernández de Kirchner. Declaraciones que el ahora absolutamente radiado Vladimir Putin necesitaba imperiosamente poder exhibir en su propio escenario doméstico.

Hasta allí las cosas. Pero ahora se empieza a ver cuál es el verdadero “costo” que la Federación Rusa -y su pueblo- están pagando por la audaz aventura, apoyada en el nacionalismo y en la conocida nostalgia respecto de un pasado imperial o soviético que simplemente ya no está.

La economía rusa, como consecuencia de las fuertes sanciones económicas occidentales, se contrajo en el 2014. Duro. Y se seguirá contrayendo en el 2015: un 5% adicional. Quienes soñaron con hacer negocios “aprovechando la volada”, deberán esperar. Rusia no tiene oxígeno. Desde el 2009 que nada de esto le sucedía.

A lo que se suma naturalmente el daño directo causado por el conflicto a una debilitada -y casi exhausta- Ucrania, que es realmente gigantesco. Una contracción del 7,5% de su PBI en el 2014 y un 5% adicional para el año en curso. Y que sus reservas en moneda extranjera apenas puedan cubrir un mes de importaciones. Tremendo, para la gente, que naturalmente ya no encuentra que existan razones geopolíticas suficientes que justifiquen lo que les está pasando.

Además Rusia ha tenido una muy fuerte hemorragia en forma de “fuga de capitales”. En el 2014 se le escaparon nada menos que unos 151,5 billones de dólares. Algo así como casi cinco veces el total de las reservas del Banco Central de la República Argentina. Lo que se suma, naturalmente, a los 63 billones de dólares que se fugaron de Rusia durante el transcurso del 2014. Una enormidad.

En parte, esa fuga se explica por el temor a lo que le pueda suceder a la frágil economía rusa, castigada como pocas por la caída del precio internacional del petróleo crudo, que en los últimos seis meses perdió el 60% de su valor.

También han influido algunos pagos de deudas y amortizaciones de préstamos que han sido anticipados. Realizados para tratar de evitar los riesgos de cambio, especialmente ante la realidad del tercer “latigazo” que ha recibido la economía rusa: el derivado de la apreciación o revalorización notoria del dólar norteamericano, moneda en la que se mantenían muchos pasivos rusos.

La situación doméstica rusa está golpeando muy duro a sus socios y vecinos. Primero, porque los expatriados que trabajan en Rusia remiten ahora a sus familiares que quedaron en el exterior sumas de un valor que se ha reducido significativamente, desde que ganan en una moneda que está cada vez más anémica: el rublo ruso. Segundo, porque el flujo general del comercio regional ha decaído.

Las economías de Bielorrusia y Moldavia, por ello, están contrayéndose fuertemente. Y Kazajstán y Azerbaiyán, por su parte, ajustando sensiblemente, hacia abajo naturalmente, sus ritmos esperados de crecimiento.

Mientras tanto, los pequeños vecinos del mar Báltico, como sucede con Lituania o con Latvia, siguen creciendo razonablemente bien. Polonia, que vive desde hace rato en un clima de renovado optimismo, también. Como si estos últimos países pertenecieran a otro mundo. Y puede bien que ello sea efectivamente así.

EMILIO J. CÁRDENAS

Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

EMILIO J. CÁRDENAS


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