Quién le teme al endeudamiento sin fin

Por Rolando Bonacchi




La provincia de Río Negro tiene un endeudamiento creciente. Comenzó con la administración Massaccessi, cuya apuesta contra la convertibilidad resultó un fracaso, y prosiguió, acrecentándose con la del gobernador Verani.

La benevolencia del actual gobierno nacional ha concluido, exigiéndole el cumplimiento de las metas financieras. Es una actitud dictada por el testeo de las cuentas públicas de las provincias por organismos internacionales, ya que aquéllas agravan el déficit nacional. La magnitud de la deuda local se ha constituido finalmente en una prueba de la viabilidad del sistema federal de gobierno.

La pregunta de fondo es quién se hará cargo de poner fin a esta situación, de empeoramiento progresivo, de un Estado en insolvencia. La dificultad aun cuando se consigan plazos de repago largos es manifiesta, pero inclusive esta circunstancia depende de una actitud de conducción política, que deje en el olvido el clientelismo, el facilismo retórico y el éxito electoral fundados en favores presupuestarios.

Un gobierno al fin que piense en el largo plazo y que esté dispuesto a saldar el precio de la impopularidad. Todo indica que el destino previsible nos alcanzará en algún momento y habrá que cambiar no sólo el estilo, sino el sentido de los objetivos.

Los ingresos fiscales no alcanzan y los déficit anuales se adicionan a la cuenta de cada ejercicio, cuando en realidad la meta es obtener superávit. Ya no quedan empresas públicas, se vendieron o se asociaron pese a un plebiscito tan inocuo como mendaz.

La realidad es sencillamente agobiante. Sin embargo la preocupación electoral, antes que las propuestas para salir del vórtice del temblor, es la que predomina, mientras la sociedad observa cómo paso a paso sus instituciones son convertidas en una máscara que oculta el descalabro. ¿Alguien le teme al futuro? Esta pregunta es clave para entender los hechos, porque la rutina y el acostumbramiento a la insolvencia son también una adicción.


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