Relaciones obturadas

Redacción

Por Redacción

Cuando de pelear con los países vecinos se trata, los kirchneristas no tienen muchos prejuicios ideológicos. Les da igual que el presidente sea derechista, como el chileno Sebastián Piñera, o izquierdista como el uruguayo José “Pepe” Mujica y su homóloga brasileña Dilma Rousseff. Puede que la condición “revolucionaria” de los mandatarios de Venezuela y Cuba les haya parecido motivo suficiente como para tratarlos como amigos predilectos, pero, por fortuna, la relación con aquellos países, que corren el riesgo de convertirse pronto en Estados fallidos, propende a hacerse cada vez más tenue. De todos modos, tales excepciones aparte, nuestros vecinos apenas procuran ocultar la exasperación que les produce la soberbia insensata de los kirchneristas. El más franco en tal sentido es el presidente uruguayo. Aunque Mujica, consciente de que Uruguay es un país chico que tiene que convivir de forma amistosa con la Argentina, se afirma dispuesto a hacer concesiones, a veces se queja del maltrato, de ahí su alusión célebre a la terquedad de “esta vieja”, o sea la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y, últimamente, a lo “obturadas” que están las relaciones bilaterales. Según parece, Mujica, como muchos otros, se ha resignado a esperar hasta que el gobierno kirchnerista se vea reemplazado por otro más racional. Si bien los cultores del “relato” protagonizado por los Kirchner se imaginan comprometidos con la hermandad latinoamericana, a través de los años se las han arreglado para torpedear todos los proyectos de unidad regional, comenzando con el Mercosur que, gracias a sus esfuerzos, ha degenerado en nada más que una expresión de deseos. Además de las dificultades planteadas por las diferencias enormes entre Brasil, un país de 200 millones de habitantes, la Argentina, con 40, por un lado, y por el otro Paraguay con 6,5 millones y Uruguay, con 3,4, desde el vamos los interesados en hacerlo funcionar han tenido que luchar contra las tradiciones proteccionistas muy fuertes de los brasileños y, últimamente, con el proteccionismo aún más rígido practicado por nuestro gobierno, lo que ha ocasionado una multitud de problemas gratuitos. Otra barrera en el camino de la soñada integración regional ha sido la voluntad kirchnerista de hacer de las inversiones finlandesas en la industria papelera de Uruguay motivo de una disparatada “causa nacional”, como si la Argentina fuera campeón mundial de la ecología. Sin embargo, como Mujica ha señalado, mientras que las papeleras de su país son relativamente limpias, las de la Argentina son “de la época de ñaupa” y sí dañan el medio ambiente, aunque no tanto como el Riachuelo que, según organizaciones internacionales, está entre los lugares más contaminantes del planeta. Mujica está en lo cierto cuando señala que Uruguay, por ser un país pequeño, no puede darse el lujo de fantasear en torno a la autosuficiencia, pero ello no quiere decir que no tenga más alternativa que la ofrecida por el Mercosur. Acaso le convendría más la opción chilena, que consiste en mantenerse abierto al mundo sin permitirse limitar por pactos regionales que los socios mayores no respetan. En los meses últimos, aquellos uruguayos que se sienten frustrados por el egoísmo antojadizo de los kirchneristas y por la escasa solidaridad de los brasileños han estado ponderando los méritos de la estrategia elegida por Chile, que parece destinado a ser el primer país latinoamericano que logre incorporarse plenamente al mundo desarrollado. Asimismo, el estancamiento de la economía brasileña, que a pesar del triunfalismo de los optimistas parece ya haberse acercado a su techo, y las señales de que la Argentina está por experimentar otra de sus grandes crisis cíclicas los obligan a pensar en qué hacer para aprovechar las oportunidades planteadas por una economía mundial que no ha dejado de crecer. Luego de haberse acostumbrado durante tanto tiempo a mantener una postura humilde, razón por la que Mujica raramente pierde una oportunidad para referirse a las dimensiones modestas de su país, a muchos dirigentes uruguayos enfrentar tal desafío podría parecerles muy riesgoso, pero hay países chicos, como Singapur, que sin poseer recursos naturales impresionantes han conseguido prosperar sobre la base del talento y el vigor de sus habitantes. De animarse, Uruguay podría emularlos.


Cuando de pelear con los países vecinos se trata, los kirchneristas no tienen muchos prejuicios ideológicos. Les da igual que el presidente sea derechista, como el chileno Sebastián Piñera, o izquierdista como el uruguayo José “Pepe” Mujica y su homóloga brasileña Dilma Rousseff. Puede que la condición “revolucionaria” de los mandatarios de Venezuela y Cuba les haya parecido motivo suficiente como para tratarlos como amigos predilectos, pero, por fortuna, la relación con aquellos países, que corren el riesgo de convertirse pronto en Estados fallidos, propende a hacerse cada vez más tenue. De todos modos, tales excepciones aparte, nuestros vecinos apenas procuran ocultar la exasperación que les produce la soberbia insensata de los kirchneristas. El más franco en tal sentido es el presidente uruguayo. Aunque Mujica, consciente de que Uruguay es un país chico que tiene que convivir de forma amistosa con la Argentina, se afirma dispuesto a hacer concesiones, a veces se queja del maltrato, de ahí su alusión célebre a la terquedad de “esta vieja”, o sea la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y, últimamente, a lo “obturadas” que están las relaciones bilaterales. Según parece, Mujica, como muchos otros, se ha resignado a esperar hasta que el gobierno kirchnerista se vea reemplazado por otro más racional. Si bien los cultores del “relato” protagonizado por los Kirchner se imaginan comprometidos con la hermandad latinoamericana, a través de los años se las han arreglado para torpedear todos los proyectos de unidad regional, comenzando con el Mercosur que, gracias a sus esfuerzos, ha degenerado en nada más que una expresión de deseos. Además de las dificultades planteadas por las diferencias enormes entre Brasil, un país de 200 millones de habitantes, la Argentina, con 40, por un lado, y por el otro Paraguay con 6,5 millones y Uruguay, con 3,4, desde el vamos los interesados en hacerlo funcionar han tenido que luchar contra las tradiciones proteccionistas muy fuertes de los brasileños y, últimamente, con el proteccionismo aún más rígido practicado por nuestro gobierno, lo que ha ocasionado una multitud de problemas gratuitos. Otra barrera en el camino de la soñada integración regional ha sido la voluntad kirchnerista de hacer de las inversiones finlandesas en la industria papelera de Uruguay motivo de una disparatada “causa nacional”, como si la Argentina fuera campeón mundial de la ecología. Sin embargo, como Mujica ha señalado, mientras que las papeleras de su país son relativamente limpias, las de la Argentina son “de la época de ñaupa” y sí dañan el medio ambiente, aunque no tanto como el Riachuelo que, según organizaciones internacionales, está entre los lugares más contaminantes del planeta. Mujica está en lo cierto cuando señala que Uruguay, por ser un país pequeño, no puede darse el lujo de fantasear en torno a la autosuficiencia, pero ello no quiere decir que no tenga más alternativa que la ofrecida por el Mercosur. Acaso le convendría más la opción chilena, que consiste en mantenerse abierto al mundo sin permitirse limitar por pactos regionales que los socios mayores no respetan. En los meses últimos, aquellos uruguayos que se sienten frustrados por el egoísmo antojadizo de los kirchneristas y por la escasa solidaridad de los brasileños han estado ponderando los méritos de la estrategia elegida por Chile, que parece destinado a ser el primer país latinoamericano que logre incorporarse plenamente al mundo desarrollado. Asimismo, el estancamiento de la economía brasileña, que a pesar del triunfalismo de los optimistas parece ya haberse acercado a su techo, y las señales de que la Argentina está por experimentar otra de sus grandes crisis cíclicas los obligan a pensar en qué hacer para aprovechar las oportunidades planteadas por una economía mundial que no ha dejado de crecer. Luego de haberse acostumbrado durante tanto tiempo a mantener una postura humilde, razón por la que Mujica raramente pierde una oportunidad para referirse a las dimensiones modestas de su país, a muchos dirigentes uruguayos enfrentar tal desafío podría parecerles muy riesgoso, pero hay países chicos, como Singapur, que sin poseer recursos naturales impresionantes han conseguido prosperar sobre la base del talento y el vigor de sus habitantes. De animarse, Uruguay podría emularlos.

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