Rubén Darío y el Soneto Pascual

Por Jorge Castañeda

Liróforo celeste», como supo decir recordando a Verlaine, Rubén Darío cantó a lo humano y lo ajeno. El padre del modernismo fue un poeta precoz que dejó cientos de poemas a los más diversos temas: desde la poesía de ocasión, generalmente en los recordados álbumes de señoritas, hasta los grandes temas metafísicos como su poema Lo Fatal, donde un pathos de amargura se expresa en la inspiración del vate nicaragüense.

Podemos afirmar que desde Azul hasta sus últimos poemas Rubén Darío es el poeta de la armonía, no estando equivocado Antonio Machado cuando en la dolida elegía a su muerte le pregunta:

¿Si era toda en tu verso la armonía del mundo, dónde fuiste, Darío, la armonía a buscar?

Asomó también en su temática el tema social como en «La Gran Cosmópolis» y también la admonición política en su famoso y citado poema «A Roosevelt».

El canto del ruiseñor trajo toda la música de Francia y la sonoridad de los viejos cancioneros españoles como «un vaso de bon vino», recordando su deuda con Maese Gonzalo de Berceo.

Fue el poeta de las marquesas y de los castillos, de los finos cristales de bohemia, de los temas mitológicos, del amor galante. Pero también supo hacer de la poesía una búsqueda de la verdad y del sosiego personal que nunca alcanzó, siendo como Ribaud «el más atroz de los desesperados».

Sus poemas póstumos alcanzan cumbres de sinceridad y sencillez como aquel escrito a su esposa Francisca Sánchez, donde con el corazón transido de dolor le dice:

Seguramente Dios te ha conducido

para regar el árbol de mi fe;

hacia la fuente de noche y de olvido,

Francisca Sánchez, acompáñame…

En dichos trabajos se puede ver el alma del poeta llevada por el viento de las pasiones que no le dieron tregua, ya muy distante de sus creaciones juveniles y del barroquismo modernista de sus primeros libros, llegando a rogar: «hermano, tú que tienes tu luz dame la mía».

Es en uno de esos momentos personales de dolor y de incertidumbre cuando el poeta, comparando la armonía de la Sagrada Familia en el pesebre oloroso de heno y estiércol con su propia desgracia, escribe el Soneto Pascual, una pieza que por su hondura humana tengo entre mis preferidos junto con el Kempis de Amado Nervo.

María estaba pálida y José el carpintero;/ miraban en los ojos de la faz pura y bella/ el celeste milagro que anunciaba la estrella/ do ya estaba el martirio que aguardaba al cordero./ Los pastores cantaban muy despacio, y postrero/ iba un carro de arcángeles que dejaba su huella;/ apenas se miraba lo que Aldebarán sella,/ y el lucero del alba no era aún tempranero./ Esta visión en mí se alza y se multiplica/ en detalles preciosos y en mil prodigios rica,/ por la cierta esperanza del más divino bien,/ de la Virgen, el Niño y el San José proscripto,/ y yo, en mi pobre burro, caminando hacia Egipto/ y sin la estrella ahora, muy lejos de Belén.

¿Habrá recuperado en sus últimos días Rubén Darío, como todo poeta «un ladrón de fuego», su estrella, que no es otra más que la que nos guía a la paz interior?

Tal vez. Hoy nos queda la magia de poesía y en ella su lucha por encontrarla.


Liróforo celeste", como supo decir recordando a Verlaine, Rubén Darío cantó a lo humano y lo ajeno. El padre del modernismo fue un poeta precoz que dejó cientos de poemas a los más diversos temas: desde la poesía de ocasión, generalmente en los recordados álbumes de señoritas, hasta los grandes temas metafísicos como su poema Lo Fatal, donde un pathos de amargura se expresa en la inspiración del vate nicaragüense.

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