60.000 ovejas esquiladas por temporada: el equipo que nunca se detiene en la Región Sur rionegrina

José García convirtió una pequeña máquina de cuatro puestos de esquila en una empresa que hoy recorre todo el sur de la provincia. Con veinte trabajadores, más de 60.000 ovejas esquiladas por temporada y una logística que es una mudanza permanente, sostiene uno de los servicios esenciales para la producción ovina patagónica.

Por Miguel Vergara

En agosto comienza la temporada de zafra lanera en la Región Sur rionegrina.

En agosto comienza la temporada de zafra lanera en la Región Sur rionegrina.

Todavía no amanece completamente cuando la compañía de esquila La Vasquita comienza a moverse. El mate pasa de mano en mano, el cocinero enciende el fuego y los primeros sonidos del motor rompen el silencio de la estepa. En unas horas empezarán a ingresar cientos de ovejas al galpón de esquila. Al caer la tarde, la cuadrilla habrá dejado atrás más de mil animales, y decenas de fardos de lana listos para continuar con el proceso de acondicionado. Una vez finalizado el trabajo en ese campo, todo comenzará de igual manera en el siguiente.

Así transcurre la vida de José García, contratista de esquila nacido en Comallo, que desde hace casi dos décadas recorre la Línea Sur con una empresa familiar dedicada a prestar uno de los servicios más importantes para la producción ovina.

Su historia comenzó con una pequeña máquina de cuatro puestos y el convencimiento de que la región necesitaba contratistas organizados y comprometidos. “Esta empresita surgió por el impulso de mi papá. Empecé con una máquina de cuatro varillas y con el tiempo fuimos creciendo hasta llegar a trabajar unas 60.000 ovejas por año”, dice José a Río Negro Rural.

Hoy la cuadrilla de trabajo presta servicios en establecimientos de Comallo, Pilcaniyeu, Jacobacci, Mencué y sectores cercanos a Bariloche, recorriendo cientos de kilómetros durante una temporada que prácticamente no tiene descanso.

Mucho más que cortar lana



Quien nunca vio trabajar una comparsa suele imaginar que la esquila consiste simplemente en sacar la lana de las ovejas, pero la realidad es mucho más compleja. Detrás de cada campaña existe una verdadera empresa itinerante que moviliza maquinaria, vehículos, personal especializado, herramientas, y que requiere, entre otros insumos, combustible, alimentación y una planificación muy organizada para llegar a tiempo a cada establecimiento.

José García, titular de La Vasquita, máquina esquiladora de Comallo.


La máquina de García está equipada con motores eléctricos, puestos de esquila, mesas para clasificar y acondicionar la lana, una prensa hidráulica capaz de confeccionar fardos de hasta 350 kilos y un generador que muchas veces debe abastecer de electricidad al propio establecimiento donde va la compañía de esquila.

A eso se suma un colectivo para trasladar al personal, camionetas, herramientas, repuestos y todos los insumos necesarios para instalar un galpón de esquila en cualquier rincón de la estepa.

Cada cierta cantidad de tiempo, que depende del número de cabezas ovinas a esquilar en cada establecimiento, toda esa estructura vuelve a desarmarse para instalarse en otro campo. “La máquina baja y sube cada dos o tres días. Hay que tener mucha paciencia, mucho compañerismo y hablar mucho con la gente”, comenta José.

Generación de trabajo



Cuando la temporada o zafra ovina comienza en el campo, algo que ocurre a mediados de agosto, veinte personas encuentran empleo directo en la empresa. No se trata solamente de esquiladores. Hay prensistas, acondicionadores de lana, ayudantes, cocinero, choferes y personal encargado de distintas tareas para que el trabajo nunca se detenga.

El equipo de La Vasquita listo para comenzar con la tarea de esquila.


José conoce perfectamente la responsabilidad que implica liderar ese equipo. “En la temporada damos trabajo a veinte personas y detrás de cada una de ellas hay una familia”, sostiene sobre la importancia de la empresa de esquila.

Por eso insiste en mantener todo el personal registrado y cumplir con cada obligación laboral, aun cuando reconoce que la carga impositiva representa uno de los principales desafíos para cualquier contratista. “Cuando termina la temporada llegan los impuestos y los aportes. Es un esfuerzo enorme, pero creemos que las cosas deben hacerse como corresponde”, resume.

Confianza más que precio



En un mercado donde muchas veces la competencia se mide por algunos pesos menos por oveja, García sostiene que el verdadero diferencial está en el servicio.

José García junto a dos integrantes de su equipo de trabajo.


Los productores que contratan su cuadrilla lo hacen desde hace años. No buscan solamente un precio competitivo, buscan responsabilidad en la prestación que reciben.

Quieren que los animales sean tratados correctamente, que la lana llegue limpia al galpón y que la cuadrilla cumpla con los tiempos acordados. “Este trabajo no pasa solamente por un precio. Pasa por la gente que uno lleva, por cómo tratás a los animales y por la confianza que generás con el productor”, dice García sobre su manera de trabajar.

Esa confianza explica por qué muchos clientes acompañan a la empresa desde hace varias temporadas consecutivas, un punto al que se presta mucha importancia desde la compañía que dirige.

Todos los campos importan



Mientras algunas cuadrillas priorizan los establecimientos más grandes, José sostiene otra filosofía: cada productor merece el mismo servicio. Porque al finalizar la temporada lo que importa es la cantidad total de animales esquilados. “Nosotros estamos para esquilar ovejas, sean campos grandes o chicos, todo suma”, destaca García.

Fardos de lana acondicionados para la venta.


La mayoría de los animales esquilados por la compañía pertenecen a la raza Merino, predominante en la Patagonia por la calidad de su lana.

Cada oveja entrega entre cuatro y cinco kilos de lana promedio, aunque el rendimiento depende de la genética y del manejo sanitario de cada establecimiento.

Galpón de esquila y mesa de acondicionado de lana en el sur rionegrino.


Aunque la temporada fuerte comienza en agosto y finaliza en diciembre, la empresa prácticamente nunca deja de trabajar. Terminada la esquila tradicional prestan otros servicios igualmente importantes como la señalada en cuatro o cinco campos de la zona.

Entre abril y mayo realizan la pelada de ojos y el descole, prácticas que mejoran el bienestar animal y ayudan a obtener lana más limpia en la siguiente campaña. Más tarde llegan los trabajos vinculados a establecimientos de engorde, donde también interviene una cuadrilla con menos gente. “La máquina trabaja casi todo el año. Apenas terminamos una etapa ya estamos preparando la siguiente”, cuenta García.

El valor del equipo



Quizás uno de los aspectos que más orgullo genera en José sea haber logrado consolidar un grupo humano estable. Muchos trabajadores llevan cinco años o más integrando la comparsa. El dato no es casual. La empresa busca mejorar permanentemente las condiciones laborales.

Parte del grupo de esquila y el colectivo que los lleva a todos lados.


Además de la alimentación habitual, se mencionó la incorporación de frutas frescas en la dieta, dulce de leche para los desayunos, ropa de trabajo y otros pequeños detalles que ayudan a sobrellevar largas jornadas lejos de la familia. “Yo no hablo de cuadrilla, hablo de un equipo. Somos todos uno y todos tiramos para el mismo lado”, destaca José.

Uno de los desafíos que observa para el futuro es la necesidad de formar nuevos trabajadores especializados. Este año incorporará una joven que comenzará a desempeñarse en el acondicionamiento de lana junto a un operario con amplia experiencia. La intención es que aprenda el oficio trabajando. “Los cursos ayudan, pero después hace falta práctica, es la única manera de aprender de verdad”, sostiene.

Un oficio silencioso



Mientras buena parte de la actividad ovina gira alrededor del precio internacional de la lana o del mercado de la carne, pocas veces se observa el enorme trabajo que existe detrás de cada campaña de esquila.

No importa si el campo tiene muchos o pocos animales, lo que interesa es cerrar el número de animales esquilados al final de la temporada.


Sin contratistas preparados, la producción simplemente no podría desarrollarse. Por eso, cuando José García vuelve a poner en marcha la máquina de esquila cada invierno, no solamente inicia una nueva temporada, también vuelve a poner en movimiento una cadena de trabajo que involucra productores, familias rurales, transportistas, clasificadores de lana y trabajadores especializados que mantienen viva una de las actividades más tradicionales de la Patagonia.

Y mientras la comparsa se prepara para otro día de trabajo, la estepa vuelve a escuchar el mismo sonido de siempre: el de una máquina que, desde hace dieciocho años, no deja de recorrer los campos rionegrinos, dando valor a una producción que es el sostén de infinidad de familias que hacen del trabajo rural su forma de vida y una manera de hacer patria.


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Todavía no amanece completamente cuando la compañía de esquila La Vasquita comienza a moverse. El mate pasa de mano en mano, el cocinero enciende el fuego y los primeros sonidos del motor rompen el silencio de la estepa. En unas horas empezarán a ingresar cientos de ovejas al galpón de esquila. Al caer la tarde, la cuadrilla habrá dejado atrás más de mil animales, y decenas de fardos de lana listos para continuar con el proceso de acondicionado. Una vez finalizado el trabajo en ese campo, todo comenzará de igual manera en el siguiente.

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