De familia de viñateros, a los 72 años sigue apostando a la producción de peras y manzanas en la Patagonia

La historia de Osvaldo Verdecchia es la de un productor que volvió a la chacra para construir su propio camino, con trabajo, convicción y una mirada firme hacia adelante, incluso en tiempos complejos. Nacido en familia de viñateros reconocidos en Roca, en un tiempo se desempeñó como encargado en un negocio de un primo en Cutral Co, pero regresó y adquirió 20 hectáreas donde comenzó con la producción de peras y manzanas

Osvaldo Verdecchia, productor frutícola de Roca.

En el corazón del Alto Valle, donde la historia frutícola se entrelaza con las raíces familiares y los desafíos del presente, hay trayectorias que hablan por sí solas. Su riqueza radica en estar sustentadas en decisiones difíciles, en aprendizajes acumulados y en una certeza que no se negocia: la tierra, cuando se la quiere de verdad, siempre devuelve algo.

“Esto es propio mío, lo armé yo desde cero”, dice con una mezcla de orgullo y naturalidad el productor roquense Osvaldo Verdecchia.

La historia comienza mucho antes de esta chacra, viene de familia de productores. De abuelos inmigrantes que en la década del 30 levantaron una bodega muy conocida a la vera del canal grande en General Roca. De una infancia entre viñas, donde el trabajo era parte del quehacer cotidiano.

“De ahí nació todo, ahí nacimos todos”, recuerda Osvaldo sobre esa chacra que hoy alberga un barrio con el apellido familiar: el loteo Verdecchia.

Sin embargo, el camino no fue lineal. Hubo años lejos del campo, en otra provincia, al frente de un negocio.

Un paréntesis lejos de la chacra



Antes de volver a la chacra, hubo un período en el que la vida de Osvaldo tomó otro rumbo. A fines de los años 70 se trasladó a Cutral Co, donde un familiar abrió un comercio mayorista. Allí asumió un rol clave. “Me fui a vivir a Cutral Co con un primo que abrió un negocio y estuve de encargado”, recuerda sobre ese período.

Estar en la chacra en el día a día forma parte de la vida de Osvaldo Verdecchia.


El local en cuestión estaba orientado a la venta de artículos de almacén y abastecía no solo al pueblo, sino también a distintas localidades de la región. Aunque no era un mayorista de gran escala, tenía una dinámica intensa y una red de distribución activa. “Cubría toda la zona, con viajantes que salían a vender”, dice Osvaldo.

Durante esos años su tarea fue la gestión integral del negocio, una experiencia que lo alejó de la chacra pero le aportó herramientas en organización y manejo comercial.

“Hay que producir lo mejor posible, no mezquinarle nada a la planta”.

Osvaldo Verdecchia, productor frutícola de Roca.

Sin embargo, el vínculo con la tierra nunca se rompió del todo. Con el tiempo, y ya con la decisión de desarrollar su propio proyecto productivo, regresó al Valle para hacerse cargo de la chacra que había adquirido, unas 20 hectáreas en en blanco. “Yo las planté todas”, dice orgulloso el productor frutícola.

Lo que había en esa chacra eran restos de un pasado: parrales viejos, una estructura que el tiempo y una fuerte pedrada terminaron por borrar. A partir de ahí empezó de nuevo.

Elegir, aprender y sostener



La decisión productiva no fue al azar. El suelo mandó. “Esto es suelo para pera”.

Así, la chacra se fue poblando mayormente de perales, con algunas hectáreas de manzana. Variedades tradicionales, confiables, conocidas, sin grandes apuestas de riesgo, pero con conocimiento profundo del manejo. Hoy, cerca del 90% de lo plantado es pera. “Hay que producir lo mejor posible, no mezquinarle nada a la planta”, aconseja desde su experiencia.

Osvaldo Verdecchia en su chacra de 20 hectáreas, rodeado de unas filas de membrillos en la entrada al predio.


Esa es la lógica que sostiene el sistema. Porque en un contexto donde los números muchas veces no cierran, la calidad se vuelve el único margen de defensa.

Una actividad de extremos



Si hay algo que se aprende rápido sobre la fruticultura es que se trata de una actividad que no es pareja. “Tiene muchos altos y bajos, no es una actividad estable”, destaca el entrevistado.

Los costos, el clima, los mercados, todo influye. Y a veces, todo juega en contra al mismo tiempo. Como ocurrió el último año, con precios bajos y resultados que no acompañaron. Aun así, el enfoque no cambia. “Hay que buscar lo mejor de los resultados, aunque sean malos”, reflexiona Osvaldo.

Porque si algo queda claro en su recorrido, es que la resiliencia no es un discurso: es una práctica diaria.

El clima, un jugador cada vez más duro



Si antes el riesgo existía, hoy se volvió más impredecible. Las tormentas son más violentas, más cortas y más destructivas. “Hoy son muy agresivas, entran y rompen todo en minutos”, dice basado en su experiencia.

El granizo, el asoleado, las temperaturas extremas, todo suma presión. Y las soluciones, como el techado, implican inversiones que no siempre son posibles. “Endeudarse hoy es hipotecar la vida”, sostiene el productor.

Sin embargo, no se queda en la queja. Observa, analiza, espera respuestas estructurales. “En algún momento esto va a cambiar”, se esperanza.

El valor del trabajo diario



La rutina no se negocia. A sus 72 años Osvaldo está todos los días en la chacra. Aunque no haya tareas urgentes. “Estoy acá igual, aunque no esté haciendo nada”.

El productor explicando cuál es la idea de trabajo con las plantas, altura ideal, tipo de poda.


Ese vínculo cotidiano con el lugar es parte de la esencia. Porque la producción no se limita a la cosecha: es un proceso continuo, donde cada decisión impacta en el resto de la temporada.

Desde la fertilización otoñal hasta la poda, desde el control de plagas hasta el riego, todo forma parte de una cadena que no se detiene, con eslabones que no se pueden saltar.

“La cooperativa es muy seria para trabajar, es sana y tiene un buen equipo de gente”

Osvaldo Verdecchia, productor frutícola de Roca.

Uno de los cambios más notorios en los últimos años es la falta de mano de obra. “Cada vez hay menos gente para trabajar”, sostiene Verdecchia.

Los jóvenes migran hacia otras actividades, muchas veces más rentables o estables. Y eso impacta directamente en el funcionamiento de las chacras.

A pesar de todo -los costos, el clima, la incertidumbre- hay algo que permanece. el sentimiento hacia la tarea frutícola. “Esto hay que quererlo”, dice Osvaldo. No es solo un trabajo, es una forma de vida, una identidad construida a lo largo de décadas.

Aunque sus hijos hayan elegido otros caminos, no hay reproches. Al contrario, hay un apoyo sólido a una toma de decisiones: “Hay que darles la posibilidad de que hagan lo suyo”, destaca.

La cooperativa, una herramienta de respaldo



El ingreso a la Primera Cooperativa Frutícola marcó una nueva etapa en su forma de comercializar la producción. Después de años trabajando con distintas empresas, Osvaldo decidió integrarse como adherente, una decisión relativamente reciente pero significativa. “Hace cuatro años que entré a la cooperativa”, recuerda.

La chacra de 20 hectáreas que el productor tiene en la zona de Chacramonte.


La experiencia, según cuenta, ha sido positiva. Destaca especialmente el funcionamiento interno y el trato hacia el productor. “La cooperativa es muy seria para trabajar, es sana y tiene un buen equipo de gente”, destaca sobre la empresa.

Más allá de los resultados económicos -que dependen de múltiples factores-, valora el acompañamiento y la estructura que brindan tanto a él como al resto de los productores de la zona. “Tiene una forma de trabajar en la que te respetan y te ayudan”, rescata como fortalezas.

En un contexto complejo para la actividad, la cooperativa aparece como una herramienta que ordena, contiene y permite sostener la producción dentro de un esquema colectivo: “Funciona como cooperativa, y eso hoy es importante”.

Mirar hacia adelante, con realismo y esperanza



El futuro no es claro, pero tampoco su pensamiento está cerrado sobre lo que viene. Y si hay algo que Osvaldo Verdecchia tiene claro es que la fruticultura es lo suyo: “Voy a seguir hasta que el cuerpo resista”.

Esa frase resume mucho más que una decisión personal. Habla de una generación que sostuvo la fruticultura en condiciones difíciles, que sigue apostando, que no abandona. Y también deja una puerta abierta: “Siempre hay que esperar que las cosas mejoren”.

Porque en el campo, como en la vida, sembrar es un acto de fe. Y cada temporada, una nueva oportunidad.


¿Ya visitaste nuestro mapa interactivo? Hacé click AQUÍ para acceder al Atlas Productivo de la Patagonia. Todas las notas y videos de Río Negro Rural en un solo lugar.

Seguí AQUÍ el canal de WhatsApp del suplemento Rural de Diario RÍO NEGRO, donde recibirás novedades y material exclusivo sobre el agro de Río Negro, Neuquén y toda la Argentina.



Comentarios

Exit mobile version