Finalmente, el largo plazo de la ganadería llegó
Con menos ganado por habitante y una demanda global en alza, la ganadería argentina entra en una etapa de precios firmes y oferta ajustada. El impacto del ciclo productivo y las decisiones económicas en el mercado de la carne.
En los últimos meses, la ganadería argentina ha sido sacudida por muchas novedades importantes: un acuerdo comercial entre el Mercosur y la Unión Europea, otro acuerdo con Estados Unidos, una cuotificación de carnes declarada por China, etc. Quizás lo más importante de todo fue el cambio en la consideración de la pirámide nutricional en EE. UU., que colocó a las carnes y las proteínas en general en un lugar mucho más importante que antes, relegando a los carbohidratos (principalmente los ultraprocesados).
En el medio, el contexto local nos informa de bajas en el stock actual de bovinos, precios externos muy altos y demanda sobrecalentada de carnes bovinas especialmente. Asimismo, comienza a observarse una tendencia a la retención de ganado por parte de criadores y recriadores, más un alargamiento de las fases de corral por parte de los feedlots. Por tanto, los precios de la carne vacuna a nivel local parecen no encontrar techo, ya que la escasez de oferta es evidente.
Aquí es cuando comienzan los conflictos: lo que debería ser una enorme noticia (un producto emblema de la Argentina es altamente demandado en el mundo y se pagan altísimos precios por él) desata un problema social. Por imperio de la escasez, el precio local aumenta y la gente se queja. Los voceros del sector ganadero no suelen ser muy duchos en la explicación, y los medios de comunicación amplifican la queja, usando en general a honestos y trabajadores carniceros del conurbano bonaerense como analistas improvisados del mercado de carnes a nivel global. El resultado es una confusión total sobre las causas y, especialmente, sobre las formas posibles de salir airosos del atolladero.
Uniendo causas con consecuencias en la ganadería argentina
Comencemos a desandar el camino, destacando los hechos irrefutables. Primero comparemos stock de ganado vacuno versus población. En 1978, el stock ganadero argentino era cercano a los 60 millones de cabezas, y éramos (¿recuerdan la canción del Mundial?) 25 millones de argentinos. Bueno, ahora tenemos 51 millones de cabezas y somos 47 millones de argentinos, produciendo apenas un poco más de carne total por año que antes. Causa 1: hay menos carne disponible por habitante. Consecuencia 1: el precio debería, inevitablemente, subir.
Segundo, veamos el efecto de las intervenciones estatales sobre la producción ganadera. En agosto de 2005, por necesidad electoral de corto plazo, se intervino el mercado de las carnes con una restricción del peso de faena. Meses más tarde (marzo del 2006) se avanzó con una prohibición de exportaciones. Un stock ganadero que se había recuperado hasta el nivel de 58-60 millones de cabezas perdió precio y sobre todo expectativas, lo que sumado al avance de la agricultura y la tremenda sequía del 2007-2009 se tradujo en la pérdida de entre 10 y 12 millones de cabezas de ganado, algo equivalente al stock completo de Uruguay. Y, como los contrarios también juegan, tanto Uruguay como Brasil supieron aprovechar la oportunidad y se posicionaron como proveedores confiables de carne para el mercado internacional.

¿Quieren algo más nocivo que prohibir los embarques ya pactados de carne argentina para proveer al Mundial de Alemania en 2006? ¿Cómo se imaginan que reacciona un cliente si los dejamos en banda antes de un Mundial? Ya sé, estimado lector: usted estará diciendo “pero eso pasó hace 20 años”. Es cierto, pero la biología del vacuno es tan lenta que la raíz del problema actual se remonta a toda esa época.
Recién a principios del 2016 se retomó la senda de la exportación de carnes, y hubo que realizar ciclópeas gestiones para reabrir mercados desconfiados y hasta indiferentes frente a nosotros. De nuevo, entre 2022 y 2023 hubo restricciones a las exportaciones, lo que se sumó a una tremenda sequía en 2023-2024 y una inundación general en 2024-2025 que derivó en ventas aceleradas y mayor liquidación. A ver si soy claro: si nosotros ponemos un freno a la exportación de ganado, estamos bajando el peso promedio de faena, porque lo que se exporta es pesado, y si encima nos caímos en stock, la producción total se resiente. Causa 2: cerrar las exportaciones pensando que “nos queda más a nosotros”. Resultado 2: menor producción y escasez a futuro.
La lógica detrás de la escasez de carne en Argentina
Algunos dicen “pero somos el país de la carne” o “la carne debe ser accesible”, casi como asimilando a la carne vacuna como un bien público (pero con inversión y riesgo privado, claro está). Bueno, lamento desilusionarlos. La carne en Argentina no es cara, lo que son baratos son los salarios. Pretender que la carne no tenga precio alto cuando la escasez es declarada, es estar peleado contra el sentido común y la inteligencia.
Gracias a Dios, tenemos pollo y cerdo que complementan nuestra oferta proteica de carnes y nos permiten estar en el top 3 de países consumidores de proteínas cárnicas a nivel global. Recientemente, nos convertimos además en los mayores consumidores de huevos, desplazando a México. Nuestro problema, creo yo, es la mala distribución de ese promedio tan auspicioso de consumo. Esto no quiere decir que tengamos que ir a decirle a la gente “jorobate, comé pollo”, sino que esa gente que reclama debe entender que el ciclo biológico de producción del vacuno es muy lento, y que poder lograr un aumento en la producción de carnes que permita normalizar los precios internos llevará tiempo. De nada serviría insistir con dejar de exportar carne para volcarla al mercado interno, porque eso traería muchísimos más problemas y mucho más rápidamente que antes.
«De nada serviría insistir con dejar de exportar carne para volcarla al mercado interno, porque eso traería muchísimos más problemas y mucho más rápidamente que antes.»
Darío Colombatto, consultor ganadero.
Ejemplo corto de ciclo de producción: si yo tomo la decisión de entorar una vaquillona en octubre de 2026, ella parirá (con el 70% de chances a nivel país) un ternero en julio de 2027, que se destetará en marzo de 2028 para iniciar su recría de al menos un año si el objetivo es transformarlo en novillo de 500 kg a la venta. En febrero-marzo del 2029 ingresará a un feedlot, del cual saldrá rozagante de gordito en julio de ese año. O sea, 2 años y 9 meses desde la decisión inicial. Durante ese lapso, debe haber seguridad jurídica y sobre todo buenas expectativas de mercado para que el ganadero no venda la vaquillona recién preñada para frigorífico, no engorde el ternero a novillito liviano en lugar de novillo, y lo más importante de todo, no deje de renovar el ciclo de producción año tras año. Ah, y rezar para que no aparezcan sequías extremas o inundaciones en el medio.
Sin embargo, y lejos de pensar que los ganaderos somos inocentes en todo esto, diría que la autocrítica es muy necesaria. Durante años “no quisimos complicarnos” y nos encantó el negocio del ternero bolita, vendiendo animales antes de que expresaran su real potencial. Nos pasamos alegremente a agricultura, aun cuando las chances de pegarla con la cosecha eran mucho más bajas que sacar un margen decente con ganadería. Tenemos mucha responsabilidad también nosotros en no saber comunicar a la gente que no tiene por qué saber de la cadena de ganados y carnes, que el precio del lomo en una carnicería no depende pura y exclusivamente del precio del ganado en pie.
Allá por 2018, un periodista rural me hizo una nota en donde ya mencionaba alguno de estos inconvenientes. No hay caso, somos incorregibles y nos encanta tropezar varias veces con la misma piedra.
(*) Ing. Agr. Darío Colombatto. PhD. Profesor Titular Fauba. Investigador INPA-Conicet. Consultor Internacional en Ganadería de Carne.
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