«La reina de las pasturas»: el cultivo de exportación que tiñe de verde el desierto de la Patagonia

La familia Núñez es de Viedma y representa fielmente a un sector cuya mirada está puesta en la calidad y el mercado externo. Las particularidades de una actividad que crece a la par de la próspera ganadería mundial y que emergió gracias al rol clave de una multinacional.

El domingo 18 de enero contamos en Río Negro Rural la inversión que Pablo Ríos puso en marcha en el Valle Inferior del río Negro. Lo de Ríos, verdulero devenido en productor, no se trata solo de una apuesta al potencial de una región, sino también al potencial de un cultivo que alcanza en el norte de la Patagonia su máximo esplendor productivo.

La alfalfa es conocida como “la reina de las pasturas” porque ninguna otra especie logra combinar, de manera tan equilibrada, altos niveles de producción, calidad nutricional, persistencia en el tiempo y aporte sistémico. En un contexto de fuerte crecimiento de la demanda mundial de proteínas animales, su rol se potencia: donde hay ganadería eficiente, casi siempre hay alfalfa detrás.

Ese protagonismo global encuentra en la Patagonia irrigada un escenario sinigual. En los valles del río Negro, donde las precipitaciones son escasas (por ejemplo, en Viedma no suelen superar los 300 milímetros anuales y en todo 2025 cayeron apenas 245), la alfalfa se consolidó como un cultivo capaz de transformar ambientes áridos en verdaderas fábricas de biomasa y proteína. Esta nota recorre ese proceso a través del caso de Rodrigo Núñez, productor del Valle Inferior del río Negro, cuya empresa familiar hizo de la alfalfa para exportación el eje de un sistema productivo que combina precisión, inversión y visión de largo plazo.

Una empresa familiar en Río Negro y con foco en la alfalfa para exportación


Rodrigo Núñez es productor agropecuario, presidente de la Sociedad Rural de Viedma desde hace dos años y parte de una empresa familiar que resume buena parte de la historia productiva reciente del Valle Inferior. La firma de la familia Núñez maneja tres chacras bajo riego en el área del Idevi (Instituto de Desarrollo del Valle Inferior), además de una legua de monte natural destinada a la cría bovina.

Antes de llegar a Viedma en 1980, la familia se dedicaba a la horticultura en el sur de Buenos Aires: tomate, morrón y cebolla. Más tarde, ya en Río Negro, fue el turno de la ganadería. “Hubo un momento en el que tuvimos que cambiar de actividad”, recuerda Núñez. Se refiere a la oportunidad que apareció a mediados de los 2000, cuando la empresa española Nafosa desembarcó en la región con un proyecto de compra y exportación de megafardos de alfalfa. En 2007-2008, los Núñez vendieron la hacienda y apostaron de lleno a la alfalfa.

Rodrigo Núñez es productor de alfalfa en Río Negro. Foto: Florencia Salta.
Rodrigo Núñez es productor de alfalfa en Río Negro. Foto: Florencia Salta.

Hoy la empresa maneja unas 600 hectáreas bajo riego, mitad propias y mitad alquiladas. La alfalfa ocupa entre 250 y 300 hectáreas según el año y es, sin discusión, el núcleo del sistema. El maíz, la cebada y la ganadería cumplen un rol complementario: rotar suelos, limpiar malezas, absorber producción que no va a exportación y agregar valor. Todo gira alrededor de la alfalfa, que marca los tiempos, las decisiones y la escala.

Alfalfa en Río Negro: un cultivo de reloj en el corazón del sistema


En la empresa de los Núñez, la alfalfa no admite improvisaciones. “Es un cultivo de reloj”, define Rodrigo, y la frase se repite como un mantra a lo largo de todo el manejo. La precisión empieza en la siembra y se sostiene hasta que el megafardo sale rumbo a Bahía Blanca, donde Nafosa posee una planta de recompactado de megafardos de alfalfa para su posterior exportación.

La densidad es alta: entre 20 y 21 kilos de semilla peletizada por hectárea, sembrada en línea con sembradora convencional a chorrillo, a 17,5 centímetros. La elección de la fecha depende del lote y de la rotación, pero se priorizan las siembras otoñales para reducir presión de malezas. Tras pasar la latencia invernal, el primer corte llega en octubre.

Cada lote puede dar cuatro cortes seguros por temporada y, si las condiciones acompañan, cinco. Entre corte y corte transcurren entre 21 y 25 días. Ese intervalo es crítico: permite capturar el máximo de proteína sin llegar a la floración y, al mismo tiempo, proteger el rebrote que ya está formándose debajo del material a cortar. “Cuando cortamos, abajo ya está el próximo corte”, explica Núñez. Por eso la altura de corte, el tránsito de las máquinas y el momento del riego posterior son decisiones quirúrgicas.

Desde el aire, cuadros de alfalfa en la Patagonia. Foto: Florencia Salto.
Desde el aire, cuadros de alfalfa en la Patagonia. Foto: Florencia Salto.

El riego es por manto, por gravedad, con lotes nivelados a láser. Entre un corte y el siguiente, la alfalfa consume uno o dos riegos. Pero después del enfardado hay que esperar: el pisoteo de la maquinaria lastima el rebrote y necesita entre dos y tres días de cicatrización antes de volver a largar el agua. Regar antes puede arruinar el lote por infecciones.

El clima manda. Para cortar se necesita piso seco y una ventana de al menos una semana sin lluvias. Para levantar el megafardo, en cambio, hace falta algo de humedad ambiental nocturna. En el Valle Inferior, esa humedad no siempre aparece, sobre todo en las zonas más abiertas y alejadas del mar. Núñez y su equipo trabajan de noche, monitoreando humedad relativa y humedad del fardo. Buscan levantar con una humedad del megafardo de entre 10 y 16-17%. Menos implica pérdida de hoja durante la recolección; más, riesgo de calentamiento y rechazo en exportación.

Todo se mide: el monitor de la enfardadora, el censo manual de los primeros fardos y los pronósticos meteorológicos. “A la tardecita siempre miramos el tiempo. Hay noches que ya sabés que no te tenés que levantar”, dice. El ambiente es una de las grandes ventajas competitivas de Río Negro: muchas horas de luz, alta heliofanía, aire seco para un deshidratado rápido y, al mismo tiempo, disponibilidad de agua de un río caudaloso y de buena calidad.

Megafardos de alfalfa para exportación, en Río Negro. Foto: Florencia Salto.
Megafardos de alfalfa para exportación, en Río Negro. Foto: Florencia Salto.

La escala también importa. El equipo de henificación que utilizan los Núñez puede absorber entre 300 y 400 hectáreas de alfalfa. Más que eso comprometería la logística, el riego y, sobre todo, la posibilidad de mantener la calidad exportable dentro del ciclo de 21 días. En total producen unas 3.600 toneladas anuales de alfalfa (rindes promedio de 12.000 kilos de materia seca por hectárea).

La infraestructura acompaña esa lógica de precisión. La empresa cuenta con seis tractores de distintas potencias, cortadora, rastrillo, megaenfardadora, palas cargadoras y galpones cerrados con piso de cemento para el acopio. Sacar los fardos del lote rápido y llevarlos bajo techo y sobre cemento es clave para conservar color, evitar humedad desde el suelo y prevenir hongos.

Exportar calidad: alfalfa de la Patagonia al mundo


La obsesión por el detalle tiene una razón clara: la exportación. Desde hace 17 años, los Núñez venden toda su alfalfa a Nafosa, una empresa de capitales españoles que compra, recompacta y exporta megafardos desde su planta industrial en Bahía Blanca. Nafosa fue, en palabras de Núñez, “la empresa que trajo la alfalfa para exportar al Valle Inferior”. Antes, toda la producción se destinaba al mercado interno.

Los requisitos son exigentes. La proteína es central (los lotes de los Núñez promedian entre 21 y 23%), pero no es el único factor. Color, contenido de hoja, presencia de malezas, fibra digestible y humedad definen la clasificación final. Las mediciones formales se hacen en la planta de Bahía Blanca, pero el productor ya sabe, por el estadio de la planta, cuándo está en su pico de calidad: el prebotón floral es el punto óptimo.

Alfalfa en la Patagonia. Megafardo de buen color y uniforme. Foto: Florencia Salto.
Alfalfa en la Patagonia. Megafardo de buen color y uniforme. Foto: Florencia Salto.

Hay riesgos exógenos difíciles de manejar. Por ejemplo, una lluvia de pocos milímetros puede arruinar el color de una alfalfa excelente. Frente a eso, la estrategia es conservadora: lo que genera dudas no se manda a exportación. Si un fardo llega a Bahía y no cumple, el castigo es en precio, y la alternativa de traerlo de vuelta es inviable por costos.

Entre el 40 y el 50% de la producción anual logra calidad de exportación. El resto encuentra destino en el mercado interno, principalmente feedlots de la región. Allí, el megafardo cumple otro rol: más que proteína, se usa para aporte de fibra. Para establecimientos grandes, incluso, resulta más práctico que el rollo tradicional, porque reduce tiempos de preparación de raciones en el mixer.

En el desierto de la Patagonia, la reina de las pasturas encontró su reino.

La ganadería propia también juega su parte. Surgió como una forma de absorber excedentes de alfalfa y terminó consolidándose como un complemento estratégico. Núñez engorda sus propios terneros y mantiene vacas madres en el campo de secano. “La ganadería volvió a tener protagonismo”, afirma, impulsada por la apertura exportadora y mejores precios. En ese contexto, la alfalfa vuelve a aparecer como insumo clave.

Así, en el desierto patagónico, la reina de las pasturas encontró su reino. Con agua, precisión y mercado, la alfalfa dejó de ser solo un forraje para convertirse en el motor de una transformación productiva que ya no es promesa, sino realidad.


 ¿Ya visitaste nuestro mapa interactivo? Hacé click AQUÍ para acceder al Atlas Productivo de la Patagonia. Todas las notas y videos de Río Negro Rural en un solo lugar.

 Seguí AQUÍ el canal de Whastapp del suplemento Rural de Diario RÍO NEGRO, donde recibirás novedades y material exclusivo sobre el agro de Río Negro, Neuquén y toda la Argentina.



El domingo 18 de enero contamos en Río Negro Rural la inversión que Pablo Ríos puso en marcha en el Valle Inferior del río Negro. Lo de Ríos, verdulero devenido en productor, no se trata solo de una apuesta al potencial de una región, sino también al potencial de un cultivo que alcanza en el norte de la Patagonia su máximo esplendor productivo.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora