Los imponentes cerezos “abuelos” que deslumbran en la Patagonia

Hace más de un siglo comparten su fruta en una chacra de la provincia de la Comarca Andina, en Chubut, custodiados por el viento y la inmensidad de las distancias. Su vitalidad y el vínculo con las familias que pasaron por su sombra hablan del profundo lazo con la naturaleza.

Con lo mejor de su apariencia, estos compañeros impactan a cualquier visitante. Foto: Gentileza Gabriela Porak.

Había una vez dos cerezos que alguien plantó juntos hace más de 100 años. Soportaron inviernos, veranos y hasta una tormenta feroz, la última en 2024, que logró quebrarles algunas ramas, pero aún resisten, allá en el sur, en la Comarca andina. La Patagonia, tierra cargada de mística, sigue dando sorpresas como estas, que hablan de historia y producción a la vez, reservadas para el viajero que se toma el tiempo de recorrer y charlar con los vecinos.

“Tierra Linda” es la traducción del nombre que ya tenía el hogar de estos árboles, cuando Gabriela Porak, su esposo Gerhart Osman y sus cuatro hijos empezaron a viajar desde Buenos Aires para instalarse allí. “Schönes land” decía en alemán la tranquera de ingreso, por lo que estos descendientes de las culturas austríaca y checa, sintieron que el lugar los estaba esperando. Así se empezó a construir un vínculo por elección, con la certeza desde el principio, de que estos seres vivos iban a ser protagonistas e inspiración para una nueva etapa de sus vidas. 

No eran las primeras personas que estos cerezos habían visto pasar sobre ese suelo fértil: por décadas, la familia de Juana Evangelista Aguilera llegó a cosechar de sus ramas unos 600 kilos de fruta, variedad “Corazón de paloma”, que vendían a compradores con destino a Bariloche. 

La floración, la época más linda en este rincón patagónico.

"Abuelos" cerezos, custodios del amor a la tierra


Mucho antes de que El Hoyo fuera reconocida como la Capital Nacional de la Fruta Fina en 1986, esta típica mujer de campo, nativa de Cushamen, sacó adelante allí a 13 hijos en total, sumando al cultivo la labor de la ganadería, con vacas, ovejas, pavos y lechones. 

“Cuando mi suegra vivía ya eran grandes los cerezos”, recordó hoy, en diálogo con RÍO NEGRO María Elda Figueroa, esposa de Jose Hugo, uno de los varones que Juana tuvo con su segundo esposo, Onofre González. Actual vecina de Gabriela, esta nuera sigue viviendo en la antigua casa familiar, que como los emblemáticos árboles “abuelos”, se mantienen en su lugar más allá de la sucesión y el reparto de tierras que se hizo entre los herederos de una extensa familia. 

En esa nueva división patrimonial, Gabriela llegó hace 18 años comprando cuatro hectáreas que la deslumbraron, por contener parte de un bosque y un arroyo que las atraviesa. Allí dio lugar a un nuevo ciclo de vida para este paisaje, pero siempre vinculado a la siembra. Actualmente sostiene un espacio de agricultura biodinámica, en el que conviven la huerta, el invernadero, el cuidado de las abejas, las girgolas y las plantas medicinales, con la ayuda de voluntarios.

La cabaña de los Osman - Porak junto a los cerezos.

Hermanados para siempre en un rincón de Chubut


Después de años viviendo en el partido bonaerense de San Isidro, desde que conoció a “Tierra Linda”, reparte su año para visitarlo al menos en dos temporadas, en verano y en otoño. Sus hijos, a los que buscaron criar en un entorno más tranquilo y conectado con la naturaleza, ya tomaron vuelo propio, pero tienen grabadas en la memoria las tardes en las que jugaron abrazados a la corteza de los gigantes que los cubrían con sus hojas o con sus delicadas flores, dando hogar y también alimento a cientos de aves. 

Plantados a una cierta distancia, los años y el crecimiento de sus troncos y ramas hizo que éstas se entrelazaran para siempre, generando la sensación de que se trata de un sólo cerezo, cuando en realidad son dos, abrazados. 

Eso sí, no son las únicas reliquias en esa propiedad chubutense: manzanos y álamos completan el cuadro más genuino, también con algo más de 100 años en su haber. Una sencilla muestra de lo que esconden los rincones del sur argentino, dónde la tierra comparte generosa todo lo que aún tiene para dar.

En cuatro hectáreas, hoy los cerezos custodian lo que se convirtió en una chacra agroecológica.
Manzanos y álamos centenarios completan los trazos de antigua naturaleza, junto a la huerta.

Exit mobile version