Maquinchao, el corazón lanero de una Patagonia que busca recuperar sus majadas

Después de años de sequía, las lluvias renovaron las expectativas en la Región Sur rionegrina. Con una tradición merinera que se remonta a más de un siglo, la zona concentra buena parte del stock ovino provincial y sostiene una economía ligada a la producción de lana fina. Héctor Zamborain, presidente de la Sociedad Rural de Maquinchao, analiza los precios, la comercialización, los problemas sanitarios y el desafío de mantener gente en el campo.

Por Miguel Vergara

Ganado ovino en la Patagonia.

En la Región Sur de Río Negro, la lluvia no es solamente una buena noticia para el campo: es la posibilidad de recuperar pastizales, mejorar las condiciones de las majadas y volver a mirar la esquila con expectativas. Después de una prolongada sequía, el agua regresó a una zona donde la producción ovina no es una actividad más, sino la base de la economía, la identidad y la historia de numerosas familias rurales.

“Yo te diría que de parabienes, un año que ha llovido bien”, resume Héctor Zamborain, presidente de la Sociedad Rural de Maquinchao, al describir el panorama productivo de esa zona a Río Negro Rural. El dirigente destaca que las precipitaciones llegaron después de más de una década de dificultades, aunque aclara que la recuperación debe sostenerse en el tiempo. En una región donde las condiciones climáticas determinan buena parte de los resultados, una buena temporada abre oportunidades, pero no elimina de un día para otro los problemas acumulados.

La expectativa se apoya en una característica central de la zona: la especialización en ovinos Merino y la producción de lana de calidad. Maquinchao y su área de influencia conservan una concentración de establecimientos, productores y majadas que distingue a este sector de la provincia. Allí, el conocimiento de la oveja pasa de generación en generación y organiza el trabajo anual alrededor del manejo de los animales, la sanidad, la esquila y la venta del producto.

Sin embargo, el futuro no depende únicamente de que llueva o de que la lana consiga buenos precios. La caída del stock, la falta de mano de obra rural, el avance de depredadores y las dificultades para sostener la presencia cotidiana en los establecimientos conforman una agenda que atraviesa a toda la actividad.

Una región hecha para la lana



La historia productiva de Maquinchao está estrechamente vinculada con la expansión de la raza Merino en la Argentina. Zamborain recuerda que las primeras cabañas y los antecedentes de la tradición lanera local se remontan a 1914 y 1915. Desde entonces, la selección de animales y la búsqueda de calidad de fibra formaron parte de la identidad de la zona.

Héctor Zamborain con Río Negro Rural, en el marco de la Expo Rural del Alto Valle celebrada en General Roca a principios de octubre.


El dirigente señala que el ambiente también contribuyó a consolidar esa especialización. La altitud, el frío, la aridez y los vientos característicos de la Región Sur forman parte de las condiciones en las que se desarrolló históricamente la producción merinera. En ese contexto, la lana se convirtió en el principal producto comercial y la organización de los establecimientos se adaptó a las exigencias de una explotación que requiere conocimiento específico y atención permanente.

“Es la única zona que queda con cantidad y calidad, siempre lo recalco: cantidad y calidad de hacienda y de lana”, afirma Zamborain al referirse al lugar que ocupa Maquinchao dentro del mapa ovino rionegrino.

La especialización tiene una consecuencia económica concreta: la rentabilidad no depende solamente del número de animales esquilados, sino también de las características de la fibra obtenida. La calidad del lote, su finura y la posibilidad de reunir volumen comercial son factores decisivos para acceder a mejores condiciones de venta.

“Es la única zona que queda con cantidad y calidad, siempre lo recalco: cantidad y calidad de hacienda y de lana”.

Héctor Zamborain, presidente de la Sociedad Rural de Maquinchao.

En los establecimientos orientados a la lana, cada decisión de manejo puede repercutir en el resultado final. La alimentación, el estado corporal, la sanidad, la selección de reproductores y la organización de la esquila forman parte de un sistema productivo en el que el producto se construye durante todo el año.

Zamborain lo expresa desde la experiencia de quien conoce tanto la producción bovina como la ovina: “Para tener ovejas y para ser productor tenés que vivirlo y sentirlo”. No se trata solamente de una actividad económica, sino de un oficio que exige dedicación y continuidad.

El stock ovino, una riqueza que necesita sostenerse



Las estimaciones compartidas por el presidente de la Sociedad Rural permiten dimensionar el peso de la región. Zamborain recuerda que, en sus mejores momentos, el área llegó a reunir alrededor de 900.000 ovejas y a producir aproximadamente cinco millones de kilos de lana. Actualmente, calcula que el stock ronda las 700.000 cabezas en la zona de influencia de Maquinchao.

Ganadería ovina en la región sur rionegrina.


Son cifras aproximadas aportadas por el dirigente y no un relevamiento estadístico oficial actualizado, pero reflejan la magnitud de una actividad que conserva un lugar central en la estructura económica local.

La reducción del número de animales no es un fenómeno aislado. El dirigente menciona las sequías prolongadas, los problemas sanitarios, la presión de los depredadores y las transformaciones sociales que fueron alejando trabajadores y familias de los establecimientos. En otras áreas de la Patagonia, esos factores se combinaron con cambios en el uso de la tierra y con la aparición de actividades alternativas.

En Maquinchao, en cambio, la matriz ovina continúa siendo dominante. “Es un pueblo que, si no vive de la oveja, no va a vivir de nada”, sostiene Zamborain, al describir las limitadas alternativas productivas de una zona donde la agricultura intensiva, la minería y la actividad petrolera no tienen el mismo peso que en otras regiones.

Esa dependencia convierte a la recuperación de las majadas en una cuestión que excede los resultados de cada establecimiento. El movimiento económico asociado a la esquila, la compra de insumos, el mantenimiento de instalaciones, los servicios rurales y la comercialización repercute sobre el conjunto de la comunidad.

Por eso, recomponer el stock no significa simplemente volver a contar con más animales. También implica recuperar capacidad de trabajo, mejorar las condiciones de manejo, sostener la sanidad y garantizar que las nuevas generaciones encuentren motivos para continuar en la actividad.

La lluvia devuelve expectativas, pero no resuelve todo



La mejora de las precipitaciones representa un alivio después de temporadas marcadas por la falta de agua. Zamborain recuerda que los años con lluvias favorables fueron excepcionales durante un período prolongado y que, aun cuando hubo temporadas mejores, no siempre alcanzaron para recomponer las condiciones productivas.

Héctor Zamborain en la inauguración de la Expo Rural del alto Valle 2026, junto al gobernador Weretilneck y otros dirigentes provinciales y del sector ganadero.


En una explotación ovina extensiva, el agua influye sobre la disponibilidad de forraje y, por esa vía, sobre la condición de los animales. Un campo con mejores recursos alimenticios puede ofrecer un escenario más favorable para sostener las madres, afrontar los períodos críticos y preparar la majada para el siguiente ciclo productivo.

No obstante, el efecto de una buena temporada depende de la distribución de las lluvias, de la respuesta de los pastizales y de la situación previa de cada campo. La recuperación de la vegetación y del stock requiere tiempo, especialmente después de años en los que las restricciones forrajeras condicionaron los resultados.

El panorama que describe Zamborain es de optimismo prudente. Las lluvias llegaron sin provocar, según su evaluación general de la zona, daños importantes y alimentan la esperanza de una campaña mejor. Pero la experiencia de los productores indica que una temporada favorable no alcanza para compensar automáticamente las pérdidas de los años anteriores.

En ese contexto, la planificación del manejo y el cuidado de las majadas siguen siendo fundamentales. La oportunidad está en aprovechar la mejora ambiental para fortalecer el sistema productivo, sin perder de vista que la actividad continúa expuesta a la variabilidad climática.

La calidad marca la diferencia en el mercado



En el negocio lanero, producir más no siempre significa ganar más. La posibilidad de obtener un precio favorable depende de las características de la lana, del volumen comercializado y de las condiciones de la demanda internacional.

La calidad de la lana de la zona sur rionegrina es reconocida a nivel mundial.


“Siempre estuvo bien en la medida que vos tengas calidad y cantidad”, afirma Zamborain. Su planteo resume una de las principales ventajas competitivas de la producción merinera de la región: los lotes que reúnen buena calidad y volumen pueden diferenciarse de los productos de menor valor.

Durante la entrevista, el dirigente menciona valores de entre 5 y 7 dólares para lanas finas y lotes de buena calidad, aunque esos precios corresponden a su referencia del momento y no deben interpretarse como una cotización uniforme para toda la producción. El valor efectivo depende de las características de cada lote, las condiciones de venta y el mercado al que se destina.

La lana es un producto ligado al comercio internacional. Los cambios en la demanda, la disponibilidad de fibra, la actividad de los grandes compradores y las variaciones cambiarias pueden modificar los precios en períodos relativamente cortos.

“Los mercados internacionales son fluctuantes, hoy vale cinco y mañana vale ocho, porque depende de la oferta y la demanda”, explica Zamborain, al describir la incertidumbre que acompaña las decisiones comerciales.

La demanda china, en particular, puede incidir sobre el comportamiento del mercado. La entrada o salida de grandes compradores modifica el equilibrio entre oferta y demanda, con efectos que llegan hasta los establecimientos patagónicos.

“Los mercados internacionales son fluctuantes, hoy vale cinco y mañana vale ocho, porque depende de la oferta y la demanda”.

Héctor Zamborain, presidente de la Sociedad Rural de Maquinchao.

A esa dinámica se suma el tipo de cambio. Para una producción con destino exportador, una relación cambiaria favorable puede mejorar los ingresos expresados en pesos, aunque también debe analizarse junto con los costos de producción, los insumos y los servicios vinculados con la actividad.

Zamborain considera que el escenario comercial que describe es positivo para la lana de calidad. Sin embargo, advierte que el buen precio por sí solo no garantiza el resultado económico: la rentabilidad depende de cuánto se produce, qué calidad se obtiene y cuánto cuesta sostener la explotación.

La comercialización colectiva como herramienta



Uno de los desafíos de los pequeños productores es reunir un volumen suficiente para negociar en mejores condiciones. Cuando cada establecimiento vende por separado una cantidad reducida, los costos de acondicionamiento, logística y comercialización pueden tener una incidencia mayor sobre el resultado.

La lana es un producto cuya comercialización depende de la oferta y la demanda y puede alcanzar buenos valores según la temporada.


En ese escenario, las cooperativas y los mecanismos de venta conjunta cumplen una función relevante. Al agrupar la producción de varios establecimientos, permiten reunir lotes más grandes y acercarse a compradores que demandan volumen y uniformidad.

Zamborain distingue dos herramientas que funcionan de manera complementaria. Por un lado, las cooperativas participan directamente en la comercialización. Por otro, la Sociedad Rural de Maquinchao organiza licitaciones de lana y actúa como intermediaria entre vendedores y compradores, reuniendo kilos de diferentes productores para facilitar las operaciones.

“No es lo mismo juntar 30.000 kilos en cinco campos diferentes que juntar 300.000 kilos en un solo lugar”, ejemplifica el dirigente, al explicar las ventajas de concentrar el volumen.

La escala permite distribuir costos y mejorar la capacidad de negociación. También puede facilitar la organización logística y la presentación de lotes con características más homogéneas, un aspecto importante para los compradores que evalúan la calidad de la fibra.

“No es lo mismo juntar 30.000 kilos en cinco campos diferentes que juntar 300.000 kilos en un solo lugar”.

Héctor Zamborain, presidente de la Sociedad Rural de Maquinchao.

En paralelo, la difusión de información a través de internet y de los medios de comunicación modificó la relación de los productores con el mercado. Hoy resulta más sencillo seguir las referencias de precios y consultar alternativas de venta, aunque el acceso a la información no elimina las diferencias de escala entre los establecimientos.

La comercialización asociativa aparece así como una herramienta para fortalecer a los productores más pequeños y mejorar su acceso a los circuitos comerciales. En una región donde la lana continúa siendo la principal fuente de ingresos de numerosos campos, la organización colectiva puede resultar tan importante como el volumen obtenido en la esquila.

PROLANA: calidad, acondicionamiento y trazabilidad del producto



La calidad comercial de la lana comienza mucho antes de que el lote llegue al comprador. La forma en que se realiza la esquila, la separación de las distintas calidades, el acondicionamiento y la identificación de los lotes inciden en la presentación final del producto y en las posibilidades de comercialización.

Zamborain junto a dirigentes ganaderos y políticos acompañando en la Expo Rural del Alto Valle.


En ese proceso, el Programa de Asistencia para el Mejoramiento de la Calidad de la Lana (PROLANA) constituye una herramienta para promover buenas prácticas de esquila y acondicionamiento, mejorar la presentación del producto y favorecer la obtención de lana de calidad.

Zamborain destaca que el programa continúa funcionando con el respaldo de la provincia de Río Negro, aunque recuerda que la desaparición de la Ley Ovina representó un retroceso para el sector. En su evaluación, aquella herramienta había permitido canalizar recursos hacia una actividad que necesita inversiones sostenidas para mejorar sus resultados.

El dirigente también diferencia el trabajo del PROLANA de la tarea comercial de las cooperativas. Mientras el programa se relaciona con la calidad y el acondicionamiento de la lana, las entidades asociativas cumplen un papel directo en la organización de las ventas.

La distinción es importante: un mejor producto necesita también canales de comercialización capaces de reconocer sus atributos. La calidad de la fibra, el acondicionamiento adecuado y la posibilidad de reunir volumen son eslabones de una misma cadena.

En un mercado donde los precios pueden variar según la finura, la presentación y las condiciones internacionales, cuidar el producto desde la esquila constituye una parte central de la estrategia productiva.

Sanidad: una amenaza que exige prevención y presencia



La sanidad animal es otro de los factores que pueden condicionar el futuro de la producción ovina. Durante la entrevista, Zamborain recuerda las dificultades que provocó la sarna ovina en distintos establecimientos y advierte sobre el riesgo de reaparición o dispersión de problemas sanitarios cuando disminuyen los controles.

La sanidad de la majada, fundamental para mantener los mercados.


El dirigente menciona antecedentes de comienzos de la década de 2000 y señala que todavía hay productores jóvenes que no conocen por experiencia directa algunas de las herramientas utilizadas históricamente para combatir la enfermedad.

Su preocupación se vincula con las condiciones actuales de numerosos establecimientos: menos trabajadores, dificultades para recorrer los campos y limitaciones en la infraestructura necesaria para atender las majadas.

“Ahora no tenemos gente, no hay caballos, no hay alambre, no hay vecinos”, enumera al describir los obstáculos que, a su juicio, dificultan el control sanitario en determinados sectores.

La sanidad requiere vigilancia, tratamientos adecuados, coordinación entre productores y seguimiento de los animales. Cuando una enfermedad se instala y se propaga, los costos no recaen solamente sobre el establecimiento afectado: también pueden comprometer la producción de los campos vecinos y perjudicar la comercialización.

En este sentido, el trabajo preventivo y la comunicación entre productores son fundamentales. La detección temprana de problemas, la consulta con profesionales veterinarios y el cumplimiento de las medidas sanitarias correspondientes ayudan a reducir riesgos y a preservar el valor de las majadas.

El problema de los depredadores y el costo de los campos sin gente



El avance de los depredadores aparece entre las preocupaciones que más inquietan a los productores de la Región Sur. Zamborain menciona la presencia de pumas y el crecimiento de las poblaciones de jabalíes en sectores donde, según recuerda, años atrás eran mucho menos frecuentes.

El impacto no se limita a las pérdidas directas de animales. También obliga a reforzar recorridas, vigilancia y tareas de manejo, en una actividad que depende de la presencia cotidiana de las personas en el campo.

«El productor ovino es optimista por naturaleza, siempre apuestan a que va a mejorar”.

Héctor Zamborain, presidente de la Sociedad Rural de Maquinchao.

A diferencia de otros sistemas ganaderos extensivos, la producción ovina necesita un seguimiento cercano. Los animales pueden quedar inmovilizados por lesiones o dificultades de parto, sufrir ataques o requerir atención sanitaria. Si no hay alguien que los encuentre y actúe a tiempo, una situación que podría resolverse puede terminar en la muerte del animal.

“Por eso, la oveja sin gente no funciona”, sintetiza Zamborain.

La frase expresa uno de los problemas estructurales de la actividad: mantener un establecimiento en producción exige mucho más que disponer de tierra, alambrados y agua. La presencia de un trabajador rural capacitado sigue siendo decisiva para sostener la majada, atender contingencias y evitar pérdidas.

El dirigente contrasta esa realidad con la percepción de que otras especies pueden mantenerse con una intervención cotidiana menor en determinadas condiciones. En el caso ovino, la vigilancia y la atención individual resultan esenciales para el funcionamiento del sistema.

La reducción de personal, el despoblamiento rural y las dificultades para mantener infraestructura y servicios conforman, por lo tanto, un problema productivo de primer orden. No se trata solamente de una cuestión laboral o social: la falta de presencia humana puede repercutir directamente sobre el stock y los resultados económicos.

Una producción que se sostiene por vocación



Detrás de los números de animales, kilos de lana y precios de venta existe una cultura productiva que ha atravesado generaciones. Para Zamborain, la continuidad de la actividad no se explica únicamente por la rentabilidad inmediata.

El productor ovino convive con ciclos de buenos resultados y temporadas adversas. Debe tomar decisiones bajo condiciones climáticas variables, afrontar costos que no siempre puede trasladar al precio de venta y sostener una estructura de trabajo que demanda atención permanente.

“Son optimistas por naturaleza, siempre apuestan a que va a mejorar”, describe el dirigente.

La ganadería ovina, como el resto de las producciones agropecuarias, funciona como una empresa a cielo abierto. Las decisiones de manejo pueden ser acertadas y, aun así, el resultado verse afectado por una sequía, un problema sanitario o una caída del mercado.

Zamborain compara esa realidad con la de los productores frutícolas del Alto Valle, que después de sufrir una helada o una granizada vuelven a invertir y a preparar la campaña siguiente. En ambos casos, la continuidad depende de la capacidad de sostener la actividad y de conservar la expectativa de una temporada mejor.

El dirigente resume esa lógica con una definición que forma parte de su experiencia: “El campo de la oveja, si no te da, no te pide”. La frase alude a la posibilidad de sostener una explotación aun cuando no genere ingresos suficientes para realizar grandes inversiones o cubrir todos los gastos de una familia, aunque esa capacidad de resistencia tiene límites.

La producción puede sostener la subsistencia del establecimiento, pero no necesariamente asegurar una rentabilidad adecuada ni permitir la renovación de instalaciones, vehículos y equipamiento. Para que una empresa rural se mantenga en el tiempo, la vocación necesita acompañarse de resultados económicos.

El desafío generacional



La continuidad de las familias rurales es otra de las cuestiones que atraviesan el diagnóstico de Zamborain. El dirigente reconoce que, incluso entre productores con una larga historia ovina, no siempre está asegurado que los hijos o nietos continúen con la actividad.

Las oportunidades educativas, el acceso a la tecnología y la búsqueda de mejores condiciones de vida impulsaron durante décadas el traslado de población desde el campo hacia los pueblos y ciudades. Esa transformación modificó la organización de los establecimientos y redujo la disponibilidad de trabajadores con experiencia.

El problema es especialmente sensible en una producción que depende de conocimientos prácticos, recorridas permanentes y capacidad de respuesta ante situaciones imprevistas.

Recuperar el stock, entonces, no será solamente una cuestión de disponer de mejores condiciones climáticas o de aprovechar precios internacionales favorables. También habrá que sostener equipos de trabajo, facilitar el acceso a servicios rurales y generar condiciones para que las nuevas generaciones encuentren viable continuar con la producción.

Para Maquinchao, la tarea tiene una dimensión económica y otra social. La lana moviliza una cadena que involucra a productores, trabajadores, esquiladores, transportistas, cooperativas, comerciantes y servicios técnicos. Cuando se reduce la actividad, el impacto se extiende mucho más allá de los límites de cada establecimiento.

Un futuro ligado a la recuperación ovina



La perspectiva de Zamborain combina el alivio por las lluvias con una mirada realista sobre las dificultades pendientes. La región conserva una tradición merinera, productores especializados y una calidad de lana que puede encontrar oportunidades comerciales. También cuenta con herramientas de organización y comercialización que permiten mejorar la posición de los establecimientos de menor escala.

Pero la recuperación exige trabajar sobre varios frentes al mismo tiempo: sostener la sanidad, mejorar el manejo, aprovechar los recursos forrajeros, cuidar la calidad de la fibra, fortalecer los mecanismos de venta y recuperar la presencia humana en los campos.

El desafío no consiste únicamente en volver a los niveles históricos de producción, sino en construir un sistema capaz de resistir las variaciones climáticas y comerciales sin seguir perdiendo animales ni productores.

En una región donde la oveja forma parte de la identidad colectiva, la actividad continúa siendo mucho más que una fuente de ingresos. Es una forma de vida, una especialización construida durante generaciones y una de las principales posibilidades económicas de numerosas familias.

Por eso, cuando las lluvias mejoran y el mercado ofrece señales favorables, la esperanza vuelve a instalarse en los establecimientos. Sin embargo, como advierte el presidente de la Sociedad Rural de Maquinchao, el futuro de la producción ovina depende de una condición que no puede reemplazarse con inversiones, tecnología ni buenos precios: la gente que vive y trabaja en el campo.

La lana de Maquinchao tiene historia, calidad y potencial comercial. El desafío es transformar esas fortalezas en una recuperación duradera de las majadas, del trabajo rural y de la economía regional.


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