Salida parcial de Irak

Redacción

Por Redacción

Estados Unidos ganó de manera contundente la breve guerra contra los ejércitos supuestamente temibles del dictador iraquí Saddam Hussein. Lo que no pudo hacer fue ganar la posguerra transformando Irak en una democracia pacífica, empresa que, para frustración de los acostumbrados a éxitos inmediatos, resultó ser mucho más difícil que la democratización de Alemania y Japón después de la Segunda Guerra debido a las divisiones étnicas y religiosas de la sociedad iraquí, además, claro está, de la cada vez mayor intensidad que ha adquirido la militancia islamista en todos los países de cultura musulmana. Si bien aún es posible que terminen consolidándose las precarias instituciones democráticas que los norteamericanos y sus aliados ayudaron a construir, también lo es que la salida de las tropas de combate que se anunció la semana pasada se vea seguida por nuevas convulsiones internas, por una guerra civil confusa entre sunnitas y chiítas o entre fanáticos religiosos y laicos, hasta que surja otro “hombre fuerte” capaz de imponer un simulacro de paz. Conscientes de los riesgos que ahora enfrentan, muchos iraquíes están preguntándose si las fuerzas gubernamentales lograrán reemplazar a las de la coalición que, con el aval de la ONU, han estado procurando garantizar –con éxito meramente relativo– cierto grado de seguridad, aunque es legítimo señalar que, conforme a las estadísticas, hoy en día Irak es decididamente menos violento que Venezuela. De todos modos, aunque a pocos les gusta que haya soldados extranjeros en su país –los kurdos del norte autónomo constituyen una excepción, pero ocurre que no los necesitan– la mayoría parece entender que sin ellos Irak podría hundirse en un abismo de caos sanguinario. Cuando el entonces presidente George W. Bush ordenó la invasión de Irak fue respaldado por el grueso de sus compatriotas no sólo porque creía que el régimen de Saddam representaba un peligro estratégico sino también porque suponía que, una vez eliminado un dictador excepcionalmente brutal los iraquíes aprovecharían la oportunidad para instalar una democracia viable. Puede que fuera ingenua y hasta irresponsable la confianza así supuesta en la voluntad y capacidad de lo que quedaba de la clase dirigente iraquí de hacer funcionar un sistema político que en muchos países occidentales, incluyendo el nuestro, tardó décadas en establecerse, pero también lo es la alternativa, favorecida por muchos “progresistas” en Estados Unidos y otros países occidentales, de dar por descontado que ciertos pueblos, comenzando con el árabe, tendrán que resignarse a ser gobernados por déspotas brutales ya que ningún extranjero tiene derecho a entrometerse en sus asuntos. A raíz de las dificultades enfrentadas por Estados Unidos en Irak, Afganistán y Pakistán, muchos que se consideran conservadores realistas han llegado a la misma conclusión que los progresistas de que sería más sensato que en adelante los occidentales desistieran de intentar “exportar” la democracia a países habituados a regímenes dictatoriales. Se trataría de la opción más fácil, y más barata, lo que no quiere decir que a la larga resulte ser la mejor. Parece que Estados Unidos, como las potencias europeas a mediados del siglo pasado, ha abandonado el intervencionismo en defensa de los valores que sus líderes reivindican. La mayoría siente que son excesivamente altos los costos humanos, materiales y éticos de intentar difundirlos por medios militares. Muchos que festejan la retirada que está en marcha esperan que como consecuencia el mundo se haga más tolerante y, desde luego, más pacífico, pero es probable que resulten decepcionados. Los más beneficiados por el repliegue de Estados Unidos en el “Gran Medio Oriente” luego de aprender que construir democracias viables requeriría esfuerzos decididamente mayores que los previstos no serán los habitantes comunes de dicha región sino los equivalentes locales de quienes se comprometieron con las peores dictaduras que hemos conocido en América Latina. Para los norteamericanos, el eventual fracaso de la aún frágil democracia iraquí sería un golpe severo al orgullo nacional; para centenares de miles, tal vez millones de iraquíes, sería una tragedia sin atenuantes.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 860.988 Director: Julio Rajneri Co-directora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 29 de agosto de 2010


Estados Unidos ganó de manera contundente la breve guerra contra los ejércitos supuestamente temibles del dictador iraquí Saddam Hussein. Lo que no pudo hacer fue ganar la posguerra transformando Irak en una democracia pacífica, empresa que, para frustración de los acostumbrados a éxitos inmediatos, resultó ser mucho más difícil que la democratización de Alemania y Japón después de la Segunda Guerra debido a las divisiones étnicas y religiosas de la sociedad iraquí, además, claro está, de la cada vez mayor intensidad que ha adquirido la militancia islamista en todos los países de cultura musulmana. Si bien aún es posible que terminen consolidándose las precarias instituciones democráticas que los norteamericanos y sus aliados ayudaron a construir, también lo es que la salida de las tropas de combate que se anunció la semana pasada se vea seguida por nuevas convulsiones internas, por una guerra civil confusa entre sunnitas y chiítas o entre fanáticos religiosos y laicos, hasta que surja otro “hombre fuerte” capaz de imponer un simulacro de paz. Conscientes de los riesgos que ahora enfrentan, muchos iraquíes están preguntándose si las fuerzas gubernamentales lograrán reemplazar a las de la coalición que, con el aval de la ONU, han estado procurando garantizar –con éxito meramente relativo– cierto grado de seguridad, aunque es legítimo señalar que, conforme a las estadísticas, hoy en día Irak es decididamente menos violento que Venezuela. De todos modos, aunque a pocos les gusta que haya soldados extranjeros en su país –los kurdos del norte autónomo constituyen una excepción, pero ocurre que no los necesitan– la mayoría parece entender que sin ellos Irak podría hundirse en un abismo de caos sanguinario. Cuando el entonces presidente George W. Bush ordenó la invasión de Irak fue respaldado por el grueso de sus compatriotas no sólo porque creía que el régimen de Saddam representaba un peligro estratégico sino también porque suponía que, una vez eliminado un dictador excepcionalmente brutal los iraquíes aprovecharían la oportunidad para instalar una democracia viable. Puede que fuera ingenua y hasta irresponsable la confianza así supuesta en la voluntad y capacidad de lo que quedaba de la clase dirigente iraquí de hacer funcionar un sistema político que en muchos países occidentales, incluyendo el nuestro, tardó décadas en establecerse, pero también lo es la alternativa, favorecida por muchos “progresistas” en Estados Unidos y otros países occidentales, de dar por descontado que ciertos pueblos, comenzando con el árabe, tendrán que resignarse a ser gobernados por déspotas brutales ya que ningún extranjero tiene derecho a entrometerse en sus asuntos. A raíz de las dificultades enfrentadas por Estados Unidos en Irak, Afganistán y Pakistán, muchos que se consideran conservadores realistas han llegado a la misma conclusión que los progresistas de que sería más sensato que en adelante los occidentales desistieran de intentar “exportar” la democracia a países habituados a regímenes dictatoriales. Se trataría de la opción más fácil, y más barata, lo que no quiere decir que a la larga resulte ser la mejor. Parece que Estados Unidos, como las potencias europeas a mediados del siglo pasado, ha abandonado el intervencionismo en defensa de los valores que sus líderes reivindican. La mayoría siente que son excesivamente altos los costos humanos, materiales y éticos de intentar difundirlos por medios militares. Muchos que festejan la retirada que está en marcha esperan que como consecuencia el mundo se haga más tolerante y, desde luego, más pacífico, pero es probable que resulten decepcionados. Los más beneficiados por el repliegue de Estados Unidos en el “Gran Medio Oriente” luego de aprender que construir democracias viables requeriría esfuerzos decididamente mayores que los previstos no serán los habitantes comunes de dicha región sino los equivalentes locales de quienes se comprometieron con las peores dictaduras que hemos conocido en América Latina. Para los norteamericanos, el eventual fracaso de la aún frágil democracia iraquí sería un golpe severo al orgullo nacional; para centenares de miles, tal vez millones de iraquíes, sería una tragedia sin atenuantes.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora