Sanas costumbres

Por Redacción

jorge vergara jvergara@rionegro.com.ar

El último día, la última noche, el día de partir, aparecieron unos cantores del pueblo por casa. Y no había nada para invitarles, estaba todo cargado en el camión de mudanzas. Hasta la heladera. Y era lamentable no tener ni un vaso de vino para ofrecerles como se estila. Pero era entendible, el viaje empezaría unas horas después y sólo quedaban colchones en casa. Ese día empezamos el interminable viaje a la Patagonia, por entonces la desconocida Patagonia. Y nos despidieron con una serenata que nos llenó de música el corazón, nos cargo el alma para el viaje y nos desbordó de lágrimas. Fue distinta porque habíamos tenido las visitas de cantores en otras oportunidades y los sentimientos eran otros. Claro, el viaje, la mudanza eran también una razón más para sentir que dejábamos la casa, pero también la música y los afectos. Las serenatas todavía existen, aunque algunos ridículos se empeñan en ponerles trabas y reglamentarlas. Sería como reglamentar lo que siente el corazón, porque la serenata no es otra cosa que una expresión de genuinos sentimientos traducidos en música. El relato de la mudanza tiene más de treinta años, en el año 79 más o menos, plena dictadura, que como era de esperar directamente las prohibió. Los cantores andaban en las sombras porque cantar de noche y a domicilio era casi un delito. Los cantores, generalmente de folclore, no podían callar su voz ni contener el deseo de regalarle a alguien una serenata. Una sensación indescriptible es despertar una noche con cantores en la puerta de casa, que a la voz de “permiso, serenata”, empiezan a cantar una zamba, una canción y a veces hasta se puede armar una guitarreada. Depende del grado de aceptación del homenajeado, pero si los cantores son bienvenido tal vez la ronda termine ahí o sume un integrante más a la recorrida por el pueblo. Porque los que se levantan y reciben a los folcloristas, invitan un vaso de vino para refrescar las gargantas y se tientan. Se suman, salen y suman canciones y zambas por las puertas de las casas. Las serenatas son parte del pueblo, las cantan profesionales y no tanto, las disfrutan los vecinos, las escuchan hasta los perros. Pasaron varias décadas desde que escuché la última serenata en mi querido Andalgalá. Los Cuatro del Fuerte, reconocido grupo del pueblo cantaron El Antigal para despedirnos. Por acá no son frecuentes, más bien diría que son desconocidas, pero en el norte del país, sobre todo en los pueblos, están vivitas y coleando, como dicen algunos. Feriados largos, viernes y sábados por la noche algunos sonámbulos salen a caminar el pueblo y de tanto en tanto golpean la puerta para cantar. Pero muy a mi pesar, la magia de las serenatas se va apagando, lentamente están desapareciendo de las noches tranquilas. No sé si la inseguridad o las nuevas generaciones, o tal vez la modernidad fueron mas fuertes para ir lentamente desplazándolas. Lo real es que cada serenata incluye una pizca de calidad para cantar, pero una buena dosis de afecto para elegir al homenajeado y unos cuantos amigos, solteros o en vías de soltería, que no tienen horario para volver. Cuánto se añoran estas sanas costumbres, cuánto se extrañan los sonidos de la guitarra y el bombo en las oscuras noches, cuánto habrá que hacer para que nuevos exponentes desinteresados salgan a las calles a cantar, porque no es desorden ni violación de normas, es simplemente cantar por las casas. Claro, las ciudades están por este tiempo tan a la defensiva que nadie se atrevería a cantar en la madrugada. Pero existen, todavía existen, sólo hay que encontrar el lugar adecuado para volver a sentirlas, porque no sólo se escuchan, se sienten.


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