Schoklender, rey de Tebas

LUIS FRONTERA (*)

En el año 429 a.C. un hombre con los ojos arrancados maldice su destino: “Nací de quien no debería hacer nacido y maté a quien no debería haber matado”. Ese hombre, que es un “hipocritai” (actor, en griego), acaba de confirmar que mató a su padre y cometió incesto con su madre. Y está representando “Edipo Rey”, de Sófocles, ante la multitud que lo sigue acongojada desde el proscenio. Veinticuatro siglos después, el 29 de mayo de 1981, Sergio Schoklender (23), en el día de su cumpleaños, y junto con su hermano Pablo (20) asesinaron a su madre primero y luego a su padre. Para consumar los crímenes, destrozaron las cabezas con una barra de hacer pesas y “mediante una carnicería que no hubiera hecho un experto más prolijo” (palabras del sumario). La historia de Edipo (que no sabía que Layo era su padre y Yocasta su madre) es más fácil de resumir que la de Sergio Schoklender, a quien hoy, los que hasta ayer lo amaban, lo menos que le dicen es “hipócrita” (impostor, en español). Para los griegos, el héroe debía ser vulnerable, poseer una fragilidad que lo condujera al error siendo bueno, ya que su castigo tenía que conmover. Pero en el caso de Schoklender, por el contrario, fueron muy pocos los que alguna vez dejaron de verlo como a un perverso. Primera pregunta: ¿pueden los perversos amar? Sí, pueden. La historia de la gran literatura está amasada con el comportamiento de estas personas. Para un perverso, el tipo simple, común, es alguien sin imaginación, un palurdo. El perverso es aquel que te atrapa en tu propia telaraña y la usa en beneficio propio. Por eso, para algunos, es apasionante observar al bombero que se enamora de la incendiaria, al presidiario que seduce a la monja piadosa y a la adolescente ingenua que se entrega al anciano vicioso. Si la historia de Edipo es la de un hombre que intenta sin suerte escapar al destino, la de Schoklender es más sinuosa. Porque primero mata a sus padres y luego, insistente y feroz, atenta contra la mujer que vuelve a decirle “hijo” y a quien él llama “mamá”. Es posible que los sentimientos no logren ser explicados mediante el Código Penal. Porque no siempre producen sentido a los que los miran desde afuera. Y es probable, también, que para acercarse a cierta comprensión haya que recurrir al Código del Penar. O sea: el código de los padecimientos y los misterios del vínculo amoroso. En ese punto, dos datos son presumibles: 1) los presos mienten y hay personas vulnerables ante ellos. 2) Schoklender es un seductor: envolvió en sus propias redes más sensibles al periodista Enrique Sdrech, a Raúl Zaffaroni, al noble Alfredo Bravo y sedujo, también, a varias mujeres dentro del penal: María Belén Schneer y Viviana Sala. Hebe y Sergio se conocieron en la cárcel y la relación fue fulminante. Durante la huelga de hambre, en 1994, ella estaba a su lado amparándolo (para amparar primero hay que desamparar), sosteniendo su mano entre las suyas. Después de todo, para el Código del Penar, Sergio era un hombre que había desaparecido como hijo (al matar a sus padres) y Hebe era la madre de dos hijos desaparecidos. Habla Sergio: “Ella no te da chances. Se mete y es tu mamá. Al salir de la cárcel me fui a su casa, yo llevaba catorce años y medio cocinándome, lavándome mi ropa… y ella quería hacer por mí todo lo que cualquier madre hace por su hijo”. Escribe Hebe en “Desde afuera” (libro de Sergio): “…A veces es muy tierno… Sergio tiene tanto amor a la vida, y a la libertad, que su entrega no tiene límites”. Hay varias coincidencias entre el proceder de Yocasta y el de Hebe de Bonafini: ambas trataron de desculpabilizar a “su hijo”. Cuando Edipo sospecha que tiene relaciones sexuales con su madre, la misma Yocasta (poco convencida) lo consuela: “No quieras saber más, todos los mortales, en sueños, se acuestan con su madre, no hagas caso”. Cuánto habrá hecho Hebe para enmascarar el hecho de que su “hijo del corazón” era alguien que venía de asesinar a sus padres. Juntos, además, rechazaban a los representantes de la Justicia. Hebe llamaba “turros” a los integrantes de la Corte Suprema y Sergio, como muchos hombres del Derecho Penal actual, consideraba que el delito callejero es una réplica al capitalismo, la respuesta social más avanzada. Se puede, finalmente, y para entender algo más, recurrir a la filosofía y a la literatura. Para la primera de las disciplinas y, tal como lo expresa Michel Foucault, a Edipo le preocupa mucho más conservar el poder que haber asesinado a su padre. Y cualquiera que conozca la relación de Schoklender con Hebe de Bonafini verá claramente la lucha de Sergio por alcanzar el poder tanto como su pasión lujuriosa por el dinero. Friedrich Nietzsche, por su parte, llamó a Edipo “hombre sabio” y escribió que “el sabio no viene al mundo para comprender, sino para hacer tajos”. Pero fue Milan Kundera quien halló una clave que calza justo en la historia de Schoklender: “A pesar de su inocencia, Edipo se arranca los ojos cuando cobra conciencia de lo que ha hecho”. Y, en “La insoportable levedad del ser“, el autor escribe que la falta de arrepentimiento es el mejor criterio para detectar la maldad”. Si Kundera tiene razón, sólo resta agregar que, lo que es por aquí, nadie vio a nadie arrepentido de nada. Y que, mientras tanto, todavía, sigue brillando (por ausente) la respuesta a una antigua pregunta de Vicente Zito Lema, exfundador de la Biblioteca de las Madres de Plaza de Mayo: “¿Cómo es posible que personas que llegaron a matar en forma monstruosa vengan a un centro de derechos humanos y uno los tenga que ver manejar la economía?” Sergio Schoklender, estando preso, cometió la hazaña de rehacer la ley 24390 sobre Prisión Preventiva. Pero, al igual que Edipo, no pudo doblegar la ley del destino. Si no que, por el contrario, primero mató a su madre, luego atacó a la mujer que lo recibió como hijo y, finalmente, cuestionó a la institución que es un símbolo mundial de todas las madres. (*) Periodista


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