Se olvidaron de la gente

Redacción

Por Redacción

La crisis económica mundial

RICARDO MATÍAS TADDEO (*)

En el 2008 el planeta se hallaba sobregirado financieramente, los créditos acordados para mantener en marcha una rueda de la economía cada vez más acelerada habían activado el tumor de su destrucción. Por otra parte, en el campo económico podíamos observar que, pese a enormes esfuerzos, planes de reestructuración y la intervención del Estado, en la mayoría de los países se manifestaba una merma del empleo productivo y un crecimiento del desempleo, del empleo superfluo y del subempleo. Gente que sufre. Las causas varían según sea el país que analicemos, pero siempre desembocan en la misma consecuencia: gente radiada del sistema. He tenido la oportunidad de visitar España dos veces en el último año. Los temas cotidianos son “los indignados”, los desahucios, la posible caída de Grecia en default y la salida del euro, los planes de ayuda financiera que pergeñaron Angela Merkel con Nicolas Sarkozy primero y con François Hollande después, los “ajustes” que reducen el empleo y los ingresos de la gente, las elecciones en las que predominó un voto castigo a José Luis Rodríguez Zapatero por no haber controlado la crisis y el voto de confianza a Mariano Rajoy, que al mes de ejercer el gobierno se encontró en las mismas condiciones que enfrentaba su antecesor sin tener ninguna solución para ellas. En la misma situación se encuentra Hollande a poco tiempo de asumir el gobierno de Francia. En los últimos meses se han producido en España y Grecia manifestaciones cada vez más violentas que llegaron a la agresión y a la represión, elevando la tensión en esos países y en el mundo; ahora con dolor nos informamos de un nuevo aumento del desempleo en España, que supera el 25% del total pero que en los más jóvenes alcanza al 50%, al mismo tiempo que las autonomías españolas aprovechan la circunstancia para intentar una vez más la separación. Mientras hay ciudadanos que caen en la peor pobreza y hasta se suicidan por esta causa, los gobiernos y los organismos supranacionales tratan de inyectar dinero en el sistema financiero sin resolver los problemas de la gente; sólo les preocupa garantizar la prevalencia de las grandes instituciones, como si así el sistema pudiera cerrar sus heridas y hacer que todo vuelva a funcionar con normalidad. La clase gobernante de los países afectados debiera pensar prioritariamente en la gente: en las personas sin empleo, por lo tanto sin medios para vivir; en quienes no pueden pagar sus créditos y son ejecutados por el banco acreedor quitándoles su vivienda tanto a ellos como a sus garantes, en la incapacidad del Estado para crear por sí solo los empleos que la sociedad necesita, en la imposibilidad actual y futura de la gente para pagar sus obligaciones y vivir dignamente. El error está en el remedio La sociedad se construye desde abajo; las raíces del sistema son las personas que van creando y sosteniendo el andamiaje político, jurídico y económico con su aporte y gracias al trabajo de cada una de ellas. Así surgieron los Estados, el sistema político, el cuerpo legal y el sistema económico de cada país, de cada región y del mundo en su totalidad. Tanto el sistema político como el financiero se vienen construyendo desde hace siglos, pero el económico que hoy rige en la mayor parte del planeta tiene apenas unos doscientos años, desde los albores de la Revolución Industrial hasta el presente. Uno de los problemas más graves se origina en la subversión de los valores; inicialmente lo importante fueron las personas que crearon las instituciones, pero luego estas instituciones burocráticas llegaron a ser tan importantes que se olvidaron de las personas que las crearon y que las sostienen con su productividad y con sus impuestos. Sus directivos tratan y acuerdan entre sí marginando la opinión y las necesidades de la gente. Cuando una crisis afecta las fuentes de trabajo y endeuda al Estado, esa crisis afecta a las personas, que son la raíz que sostiene todo lo demás, por ello debieran ser las personas las primeras en recibir la ayuda necesaria para que la sociedad pueda seguir operando armónicamente y así enfrentar y solucionar la crisis que originó el problema. Para interpretar mejor lo que acabo de expresar: esto no quiere decir dejar de ayudar y tratar de rescatar las instituciones, quiere decir que la gente debe ocupar un lugar prioritario, aún más importante que las instituciones, porque son la razón de su existencia. Cuesta creer que este sencillo razonamiento no haya estado en la mente de quienes tienen a su cargo solucionar la extraordinaria crisis que afecta al mundo occidental. Están muy ocupados en arreglar la copa del árbol, no en cuidar sus raíces: primero quieren cubrir el déficit fiscal de los gobiernos, luego los desencajes bancarios al no poder cobrar sus hipotecas y al haberse manifestado la falacia de los derivados, también desean moderar el efecto dominó del deterioro de los activos. Pregunto: ¿cuándo se hablará de resolver los problemas de la gente? ¿Por qué al entregar sumas increíbles a las instituciones con problemas no se rescataron simultáneamente las hipotecas de las personas que no podían pagar? Los Estados o el Banco Central Europeo pueden comprar todas las hipotecas impagas con el mismo dinero que se inyecta para salvar las entidades acreedoras, con lo que les resuelve el problema de su liquidez y patrimonio, pero a su vez pueden ayudar a la gente hipotecada, en lugar de quitarles la propiedad y de embargarles los ingresos; les puede refinanciar y hasta condonar lo que adeuden cuando la situación así lo justifique. Si los fondos con los que están auxiliando a los grandes actores financieros provienen en gran parte de los impuestos abonados por los propios ciudadanos, ¿por qué no utilizarlos también para resolver los problemas acuciantes de sus verdaderos dueños? ¿Por qué se apremia a los gobiernos deficitarios para que nivelen sus presupuestos despidiendo empleados cuando esto último destruye la vida de mucha gente? En la mayoría de los países el Estado ha tomado el rol de amortiguador del desempleo al crear puestos de trabajo innecesarios para absorber el excedente que la actividad privada no puede incorporar. El equilibrio social es más importante que un estado de cuentas. Este tipo de ajuste exigido a los países en problemas es generador de graves conflictos y disturbios sociales. El ejemplo de lo que está ocurriendo en Grecia, además de España, es suficientemente demostrativo. La única forma posible es desarrollar un plan macroeconómico a mediano y largo plazos con fuerte inversión inicial de cada Estado, que proyecte los planes de producción y las fuentes de trabajo posibles. Con una planificación que protegiera a los deudores hipotecarios en lugar de destruirlos, que moderara la aplicación de ajustes fiscales, que propendiera a la reinserción en lugar de al despido, se hubiera evitado la aparición de los “indignados”. Es cierto que se hubieran agravado algunas cuentas nacionales e institucionales privadas, pero no se hubiera caído en el caos social que hoy enfrentan los países más afectados. Paul Krugman (Nobel de Economía 2008) nos cuenta en su reciente libro “Acabemos ya con esta crisis” que el gobierno de Estados Unidos intentó un programa de refinanciación de hipotecas que fracasó por la falta de convicción en su ejecución. Recientemente el gobierno de Estados Unidos anunció la compra de paquetes de hipotecas por millones de dólares para sanear las carteras de los bancos y evitar las ejecuciones. Y el jueves pasado el gobierno español anunció una moratoria de dos años para parar los desahucios de aquellos que se encuentran en situación desesperada. Algunos están comenzando a pensar en la gente, “cuatro años después”. Queda el problema de la creación de empleo genuino y el de la disminución de la burocracia. En el marco del sistema socioeconómico que hemos generado en los últimos doscientos años el empleo para todos no tiene solución, pero los efectos de su falta pueden moderarse con buena administración y orden. Esto será motivo de otro análisis. Los Estados, sus gobiernos y las instituciones deben priorizar el bienestar de las personas, que son la razón de su existencia. (*) Consultor y empresario. Bariloche


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