Señales de alarma
De tratarse de un dirigente opositor, el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, y otros voceros presidenciales lo acusarían de conspirar contra el “modelo” nacional y popular por motivos inconfesables, pero sucede que el gobernador misionero Maurice Closs es un kirchnerista leal, de suerte que no les resultó tan fácil atribuir su temor a que la gestión de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner termine “como Alfonsín o la crisis del 2001” a sus eventuales deseos golpistas. Aunque, luego de ser amonestado por Capitanich, Closs criticó a los medios por haber difundido sus declaraciones sin subrayar que nunca se le ocurriría trazar paralelos entre el estado actual de la economía con el de los meses finales del año del colapso de la convertibilidad, insiste en que lo que el país necesita para ahorrarse una transición traumática es más “diálogo social”, razón por la que dice que ha llegado la hora de celebrar una convocatoria multisectorial. Huelga decir que Closs dista de ser el único oficialista que sospecha que al gobierno de Cristina le costará mucho llegar intacto al 10 de diciembre del 2015. Los más realistas saben muy bien que “el ciclo” kirchnerista se agotó hace tiempo y por lo tanto están preparándose para la etapa siguiente, aunque la mayoría se limita a criticar en privado el desempeño del ministro de Economía, Axel Kicillof, y su equipo por temor a la reacción, previsiblemente airada, de la presidenta. Sea como fuere, parecería que, para los kirchneristas más lúcidos, “transición” ha dejado de ser una mala palabra. Desde el punto de vista del gobierno mismo, la propuesta del misionero no carece de méritos, ya que convocar a una reunión multisectorial, de emergencia, le brindaría una oportunidad para repartir responsabilidades por una crisis que ha provocado sin la ayuda de nadie pero que no está en condiciones de manejar. Así y todo, Cristina no podría sino tomar la celebración de una multisectorial de la clase sugerida por Closs por una maniobra destinada a privarla de partes del poder que se ha acostumbrado a monopolizar. No es que al país le falten instituciones, sino que los kirchneristas se han negado sistemáticamente a respetarlas. De funcionar como es debido el Congreso y servir para algo los encuentros frecuentes de miembros del gobierno de Cristina con líderes sindicales y representantes del empresariado, carecería de sentido pensar en suplementar los “diálogos” así supuestos con una especie de cumbre corporativa. Los defensores de la gestión de Cristina no se equivocan cuando dicen que la situación actual del país es muy distinta de la imperante cuando los radicales Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa estaban en la Casa Rosada y los peronistas militaban en la oposición, pero no es tan diferente como quisieran hacer pensar. Por lo demás, sólo estamos en la fase inicial de una crisis que, dentro de algunos meses, podría adquirir proporciones similares a las mencionadas por Closs. Como los radicales en su momento, Cristina ha visto esfumarse su capital político y se enfrenta a un desbarajuste económico que no le será dado superar a menos que emprenda un cambio drástico del rumbo que se ha fijado. Al comprometerse de forma apasionada con lo que llama su “modelo”, a la presidenta le sería sumamente difícil abandonarlo aun cuando entendiera que la alternativa sería condenar al país a una nueva frustración. Su drama personal, pues, se asemeja bastante a aquel de Alfonsín que, además de no saber y no poder encontrar una salida de la jungla económica en que se había internado, no quiso tomar las medidas que fueron recomendadas por sus colaboradores más realistas. Para el radical y, sería de suponer, para Cristina también, era una cuestión de principios. Según Closs, las crisis sucesivas de las décadas últimas, entre ellas la protagonizada por Alfonsín, terminaron tan mal porque “todos los actores no estuvieron a la altura” de las circunstancias. Si lo que quería decir es que en la actualidad los dirigentes políticos son reacios a ponerse a la altura, estará en lo cierto, aunque para hacerlo tendrían que enseñarles a Cristina y sus incondicionales que la Argentina no es una monarquía absoluta sino una democracia y que por lo tanto resulta necesario que el mandatario de turno comparta el poder con otros dirigentes representativos.
De tratarse de un dirigente opositor, el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, y otros voceros presidenciales lo acusarían de conspirar contra el “modelo” nacional y popular por motivos inconfesables, pero sucede que el gobernador misionero Maurice Closs es un kirchnerista leal, de suerte que no les resultó tan fácil atribuir su temor a que la gestión de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner termine “como Alfonsín o la crisis del 2001” a sus eventuales deseos golpistas. Aunque, luego de ser amonestado por Capitanich, Closs criticó a los medios por haber difundido sus declaraciones sin subrayar que nunca se le ocurriría trazar paralelos entre el estado actual de la economía con el de los meses finales del año del colapso de la convertibilidad, insiste en que lo que el país necesita para ahorrarse una transición traumática es más “diálogo social”, razón por la que dice que ha llegado la hora de celebrar una convocatoria multisectorial. Huelga decir que Closs dista de ser el único oficialista que sospecha que al gobierno de Cristina le costará mucho llegar intacto al 10 de diciembre del 2015. Los más realistas saben muy bien que “el ciclo” kirchnerista se agotó hace tiempo y por lo tanto están preparándose para la etapa siguiente, aunque la mayoría se limita a criticar en privado el desempeño del ministro de Economía, Axel Kicillof, y su equipo por temor a la reacción, previsiblemente airada, de la presidenta. Sea como fuere, parecería que, para los kirchneristas más lúcidos, “transición” ha dejado de ser una mala palabra. Desde el punto de vista del gobierno mismo, la propuesta del misionero no carece de méritos, ya que convocar a una reunión multisectorial, de emergencia, le brindaría una oportunidad para repartir responsabilidades por una crisis que ha provocado sin la ayuda de nadie pero que no está en condiciones de manejar. Así y todo, Cristina no podría sino tomar la celebración de una multisectorial de la clase sugerida por Closs por una maniobra destinada a privarla de partes del poder que se ha acostumbrado a monopolizar. No es que al país le falten instituciones, sino que los kirchneristas se han negado sistemáticamente a respetarlas. De funcionar como es debido el Congreso y servir para algo los encuentros frecuentes de miembros del gobierno de Cristina con líderes sindicales y representantes del empresariado, carecería de sentido pensar en suplementar los “diálogos” así supuestos con una especie de cumbre corporativa. Los defensores de la gestión de Cristina no se equivocan cuando dicen que la situación actual del país es muy distinta de la imperante cuando los radicales Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa estaban en la Casa Rosada y los peronistas militaban en la oposición, pero no es tan diferente como quisieran hacer pensar. Por lo demás, sólo estamos en la fase inicial de una crisis que, dentro de algunos meses, podría adquirir proporciones similares a las mencionadas por Closs. Como los radicales en su momento, Cristina ha visto esfumarse su capital político y se enfrenta a un desbarajuste económico que no le será dado superar a menos que emprenda un cambio drástico del rumbo que se ha fijado. Al comprometerse de forma apasionada con lo que llama su “modelo”, a la presidenta le sería sumamente difícil abandonarlo aun cuando entendiera que la alternativa sería condenar al país a una nueva frustración. Su drama personal, pues, se asemeja bastante a aquel de Alfonsín que, además de no saber y no poder encontrar una salida de la jungla económica en que se había internado, no quiso tomar las medidas que fueron recomendadas por sus colaboradores más realistas. Para el radical y, sería de suponer, para Cristina también, era una cuestión de principios. Según Closs, las crisis sucesivas de las décadas últimas, entre ellas la protagonizada por Alfonsín, terminaron tan mal porque “todos los actores no estuvieron a la altura” de las circunstancias. Si lo que quería decir es que en la actualidad los dirigentes políticos son reacios a ponerse a la altura, estará en lo cierto, aunque para hacerlo tendrían que enseñarles a Cristina y sus incondicionales que la Argentina no es una monarquía absoluta sino una democracia y que por lo tanto resulta necesario que el mandatario de turno comparta el poder con otros dirigentes representativos.
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