Sin salida

Entre "lo político" y "lo económico", Duhalde -o un eventual sucesor- tendrá que privilegiar lo último.

Por Redacción

El gobierno del presidente Eduardo Duhalde se encuentra entre dos fuegos. Por un lado está la realidad política local: legisladores peronistas, radicales e izquierdistas, sindicalistas y jueces están resueltos a luchar sin tregua en defensa de sus intereses. Por el otro, está el FMI y los líderes de los países ricos, los únicos que están en condiciones de ayudarlo, que esperan que un día los sorprenda anunciando un programa económico realista. Desde que el Congreso lo nominó presidente de la República, Duhalde está tratando de complacer a estas dos fuerzas antagónicas, pero el tiempo corre en su contra. A menos que logre frenar muy pronto el deterioro constante de la situación económica, su gestión resultará ser peor que inútil. Ni él ni el país pueden darse el lujo de limitarse a marcar el paso.

A la hora de optar entre «lo político» y «lo económico», Duhalde – o un eventual sucesor – tendrá que privilegiar lo último. Si se niega a hacerlo, la dinámica inherente a los acontecimientos se encargará de solucionar el dilema privando a los políticos, al Estado y a una proporción muy grande de la población de los recursos materiales a los que están acostumbrados. Así, pues, a todos salvo los expertos en aprovechar las tragedias ajenas les conviene que actúe cuanto antes, enfrentándose con vigor a la alianza de agrupaciones e intereses creados que están demorando las reformas imprescindibles. Como han dicho el presidente norteamericano George W. Bush y su homólogo brasileño, Fernando Henrique Cardoso, éstas tendrán que ser drásticas y con toda seguridad serán dolorosas. Que sea así es lógico: si los cambios necesarios para salir de la fase actual de la crisis no chocaran contra la voluntad de los comprometidos con un statu quo ruinoso, la Argentina nunca se hubiera permitido precipitarse en un abismo sin fondo.

La alternativa de continuar apaciguando al establishment político-sindical con la esperanza de que el FMI, apesadumbrado por el espectáculo brindado por un país que parece estar determinado a suicidarse, decida aflojarse, sencillamente no existe. Aun cuando el FMI y los gobiernos del Primer Mundo quisieran ser «generosos», «humanos» y «heterodoxos», el único beneficio que recibiríamos sería la postergación breve de un desenlace previsible. Ciertos estatales, políticos y empresarios cortesanos aparte, a nadie le serviría que el «modelo» que efectivamente se da – que no se asemeja para nada a la máquina «neoliberal» de las fantasías de los populistas y de sus circunstanciales aliados de la izquierda -, siga con vida mucho tiempo más. A esta altura, lo que Duhalde y sus colaboradores deberían estar debatiendo es cómo mejor desmantelarlo para que la Argentina pueda convertirse en un país capitalista «normal» sin perjudicar más de lo ya inevitable a la mayoría de los habitantes del país.

Con todo día que transcurra, el desafío que enfrentan los responsables de gobernar el país se hace más imponente. Medidas que Duhalde pudo haber tomado a comienzos de su gestión ya no serían viables. He aquí la razón por la que el presidente y el ministro de Economía, Jorge Remes Lenicov, tienen la impresión de que el FMI insiste en exigirles cada vez más. Están en lo cierto, pero ocurre que el país actual no es aquel de enero o de febrero. Asimismo, si pierden mucho tiempo más, medidas «duras» que hoy en día serían más que suficientes como para conformar al FMI, a Bush y a los europeos parecerán patéticamente inadecuadas. Aunque les sea casi imposible entenderlo, el grado de «dureza» de las reformas que están esperando quienes se afirman dispuestos a darnos el respaldo necesario no refleja la voluntad de los políticos o economistas extranjeros sino las circunstancias concretas. Es una lástima que sus equivalentes locales nunca hayan pensado de la misma manera: en tal caso, el país hubiera conseguido evolucionar a un ritmo comparable con el logrado por otros a primera vista similares, ahorrándonos muchas calamidades atribuibles a dirigentes de mentalidad muy similar a aquella de Duhalde, de sus simpatizantes y de los muchos que se resisten a entender que la alternativa a reformas profundas no será la restauración de una situación edénica que imaginan existía en el pasado sino el descenso a un infierno que, hasta hace poco, parecía apenas concebible.