Sin tiempo para aburrirse
Los intentos opositores no llegan a acuerdos sólidos frente a un gobierno en dificultades
Arnaldo Paganetti arnaldopaganetti@rionegro.com.ar
El ombliguismo, eso de hacer girar todo alrededor de un solo cuerpo social, no es algo privativo de la Argentina. Cada país se emborracha con sus propios jugos etílicos y se ve sometido a constantes tensiones. La objetividad informativa sufre distorsiones en función de intereses que muchas veces no responden al bien común, sino a fines miopemente sectoriales. Visto desde afuera, el país parece reflejar una peligrosa bipolaridad, con histéricos estallidos de corrupción y problemas económicos y/o financieros. Aunque, en paralelo, se le reconoce gran potencialidad –que le ha permitido, está comprobado, caer al infierno y levantarse, una y otra vez, sin alcanzar nunca el paraíso– y habilidad de sus habitantes para “fumar toscanos debajo del agua” y riquezas naturales para satisfacer urgentes demandas planetarias. Las excentricidades y la falta de normas que perduren al sucederse los gobiernos, en general con traumas, y el desafío a seguir las recomendaciones de las naciones poderosas lo ponen bajo la lupa. Constantemente. Pero, cuando se comparan sus problemas –por caso, con, la violencia creciente en México producto del narcotráfico, la debacle europea o la inquietante situación en Medio Oriente–, se los reduce a una insignificancia constreñida a una convivencia irresuelta y eso que de sus filas acaba de surgir el papa Francisco, jefe de una iglesia con 1.200 millones de fieles. Los que recitan que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner está viviendo “un final de ciclo” encuentran varias dificultades para ofrecer una alternativa que permita ganar la confianza de la mayoría. Además de mantener intacta la iniciativa política que le permitió sorprender con el blanqueo de dólares –en el contexto de una pesificación culturalmente resistida–, la Rosada saca provecho de la desarticulación opositora. Con radicales y socialistas que no terminan de ponerse de acuerdo, el rechazo real se insinúa sin concretarse en fracciones peronistas, en las que conviven hombres que siempre batallaron contra el kirchnerismo con otros que lo alimentaron y contribuyeron a su éxito inicial y recién se convirtieron en críticos implacables cuando fueron expulsados del poder. El miércoles ensayaron una presentación pública televisiva. Sin el exministro Roberto Lavagna, explicaron el intento de transitar por una franja de centro (aspiración compartida por otros espacios moderados) el empresario Francisco De Narváez, el jefe de la CGT rebelde, Hugo Moyano, el gobernador de Córdoba, José Manuel De la Sota ,y la diputada Claudia Rucci, hija del asesinado sindicalista. A regañadientes, reconocieron que los avances en una construcción poskirchnerista tropiezan con dos grandes piedras, colocadas por los dubitativos Daniel Scioli, mandatario de Buenos Aires, hasta aquí dependiente fiel de la Rosada, y el intendente de Tigre, Sergio Massa, tironeado tanto por los que lo incitan a dar, sin más, la lucha frontal contra Cristina, como los que le recomiendan guardarse para el 2015. Como justicialistas, son tan incorregibles como sus compañeros. De hecho, las aspiraciones presidenciales de De la Sota chocan con las ambiciones de Adolfo Rodríguez Saá, fugaz titular del Ejecutivo en el 2001. Colateralmente, deben resolver la relación con el jefe de gobierno porteño Mauricio Macri, quien hizo decir a través de uno de sus voceros más confiables que la foto vista en el set televisivo formaba parte del “pasado”. Las definiciones –especialmente de Massa– se producirán a más tardar en diez días. Lo esperan para “un gran acuerdo”, aunque saben que su asesor norteamericano lo convenció (igual que Jaime Durán Barba a Macri) de que tiene más de perder que de ganar si se enreda en una disputa de trámite sucio, confuso y hasta caótico. No obstante, como ya se anticipó desde esta columna, el joven jefe comunal, de 41 años, podría hacer jugar a su esposa Malena Galmarini junto con Felipe Solá. “No está dicha la última palabra. Hay cuestiones que superar para lograr una recomposición creíble. Hay componentes que faltan y otros que sobran”, dijo manteniendo algún suspenso el diputado Alberto Assef, quien trabaja en un desplazamiento ordenado y pacífico del kirchnerismo. Cuestionada por “inconstitucional”, la ley aprobada por el Congreso para elegir por el voto popular a miembros académicos y profesionales del Consejo de la Magistratura abrió una brecha donde parecía haber sólo un bosque cerrado. Es que incapaces de aglutinarse en un bloque sólido para octubre (previas primarias el 11 de agosto), los dirigentes anti-K tendrían más posibilidades de conformar allí una lista única que desarticule el intento oficial de controlar ese órgano judicial. “Ahí la disyuntiva será muy clara: Justicia independiente, para garantizar un futuro de libertad y amplios derechos, o un sistema judicial sometido al gobierno de turno, lo que nos trasladará al siglo XVII”, exponen incluso legisladores como Alfonso Prat Gay (un mimado del papa Francisco) y María Eugenia Estenssoro. Obviamente que se reconocen las graves falencias en la administración de justicia actual, pero se acota que, si se le agrega una “sumisión al kirchnerismo, será de terror”. Lavagna, que iría por una senaduría por la capital federal, junto con Gabriela Michetti, del PRO, no resigna su propósito de ser presidente dentro de dos años. Las trabas las tendrá en el peronismo.
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