Sistema caído
En los países avanzados, es normal que la gente se maneje con la bancarización. Pero sucede que la Argentina no es un país avanzado.
En teoría, la idea oficial de obligar a la población a bancarizarse de golpe tiene muchos méritos. Además de frenar una corrida peligrosísima, las medidas tomadas en tal sentido suponen que en adelante casi todas las transacciones que se realicen se concretarán bajo el ojo vigilante de las autoridades impositivas, lo que les permitiría blanquear una economía que está medio negra. En la práctica, empero, tanto los frutos de esta iniciativa como los de tantas otras que a primera vista parecían lógicas amenazan con ser decididamente más amargos de lo previsto por los funcionarios desesperados del Ministerio de Economía. Para muchos, en especial para los millones que nunca se han familiarizado con el mundo bancario, operar con dinero plástico y electrónico resultaría sumamente engorroso aunque los sistemas informáticos de todos los bancos y de las redes Banelco y Link funcionaran a la perfección. Puesto que éste dista de ser el caso, que, por el contrario, llevar a cabo operaciones supuestamente sencillas a menudo resulta imposible debido a las fallas que los plagan, la confusión crece día a día. Si bien la ciudadanía reaccionó con tranquilidad ante el anuncio de que durante noventa días tendría que acostumbrarse a vivir virtualmente sin efectivo, al darse cuenta de que abonar impuestos, pagar cuentas y comprar bienes imprescindibles le supondrán una pesadilla prolongada, la irritación que tantos sienten podría convertirse en ira incontrolable, lo que no mejoraría las perspectivas frente al país.
El problema de fondo es, cuando no, la ineficiencia generalizada que afecta a casi todos los sectores. Como el ministro de Economía, Domingo Cavallo, y otros voceros oficiales no se cansan de recordarnos, en los países avanzados es normal que la gente se maneje de acuerdo con una versión del esquema que, para sorpresa de todos, fue introducido entre gallos y medianoche a inicios del mes. Sin embargo, sucede que la Argentina no es un país avanzado. Dar a entender que la única diferencia entre nuestro país por un lado y Francia o Estados Unidos por el otro consiste en que aquí el ingreso per cápita es tres o cuatro veces menor es, para decirlo con cortesía, muy engañoso. Mal que les pese a los resueltos a minimizar la brecha que nos separa del desarrollo, tratándola como si sólo fuera una cuestión de dinero, aquellas cifras tan antipáticas reflejan una serie de diferencias que son muy pero muy importantes, entre ellas las planteadas por el nivel educativo promedio y, vinculado con éste, la eficiencia relativa de una multitud de organizaciones públicas y privadas, a raíz de las cuales el país no está en condiciones de hacer funcionar un esquema que acaso no ocasionaría demasiadas dificultades en las partes más avanzadas de Europa y de América del Norte. Que sea así no debería sorprender a nadie: si el Estado y el sistema bancario argentino realmente fueran tan eficaces como sus equivalentes del Primer Mundo, el país disfrutaría de un nivel de vida similar porque desde hace muchas décadas el ingreso per cápita de un país determinado depende estrechamente de la productividad, es decir, de la eficiencia económica, de sus habitantes.
Para que «la nueva economía» que, es de esperar, pronto será reemplazada por otra más nueva todavía aunque menos improvisada, resulte ser algo más que una etapa caótica más de un viaje accidentado hacia la miseria, el gobierno tendrá que tomar muchas medidas destinadas a simplificar a más no poder las transacciones que, gracias a la disponibilidad de billetes y monedas, en otros tiempos eran rutinarias pero que en la actualidad pueden suponer trámites grotescamente complicados. Además, tendrá que actuar muy pronto. Si no lo hace -y, desafortunadamente, no es nada probable que logre galvanizarse antes de que sea tarde- verá mermar sus propios ingresos impositivos porque transferirlos desde los bancos a sus arcas es trabajoso, mientras que una proporción cada vez mayor del comercio, seguido por la industria, irá muriendo de inanición, lo cual, desde luego, no ayudaría en absoluto a superar los muchos problemas económicos y sociales del país.