Sistema enfermo
Nuestro orden político parece concebido por individuos que quieren que el país sea ingobernable.
Lo mismo que el presidente Fernando de la Rúa en el curso de su gestión truncada, Eduardo Duhalde se ha granjeado la reputación de ser un mandatario sumamente vacilante, lo cual, en su caso particular, puede atribuirse a que por motivos bien concretos su gestión no ha guardado relación alguna con las propuestas generosas, que acaso hubieran resultado factibles en un país tres o cuatro veces más rico que la Argentina, en las que había basado su retórica como dirigente opositor. Sin embargo, aunque tanto De la Rúa como Duhalde hubieran sido personas de temperamento muy decisivo que se sintieran plenamente consustanciadas con sus respectivos programas de gobierno, no les hubiera sido dado desempeñarse con eficacia. Es que en su estado actual, nuestro orden político parece haber sido concebido por individuos motivados por el propósito de asegurar que la Argentina sea ingobernable y por lo tanto estructuralmente incapaz de afrontar con éxito los desafíos muy difíciles que le ha planteado la evolución continua de la economía internacional.
Por ser tan enorme el abismo que separa a las expectativas de buena parte de la ciudadanía de las posibilidades inmediatas reales del país y por estar tan dispuestos los políticos a aprovechar la frustración resultante en beneficio propio, las elecciones de los años últimos han engendrado un Congreso dominado por legisladores que se oponen «por principio» a cualquier medida que podría considerarse «liberal» o favorable al capitalismo, lo cual, en una época en la que las alternativas a las modalidades así supuestas escasean, constituye de por sí una desventaja muy grande. Asimismo, desde hace mucho tiempo los legisladores, sobre todo los integrantes del «ala política» del gobierno de turno, creen a pie juntillas que les convendría «diferenciarse» del Poder Ejecutivo, de suerte que el tiempo necesario para que un proyecto se convierta en ley suele medirse en meses, cuando no en años, lo cual, huelga decirlo, es una aberración para un país que se encuentra en una situación de emergencia.
Puesto que Duhalde se ha dado cuenta de que el futuro de la Argentina será capitalista y que de todos modos es necesario que reaccione con rapidez frente a una crisis que está desarrollándose a una velocidad vertiginosa, es comprensible que de vez en cuando se haya sentido tentado a tirar la toalla. Además de saberse constreñido a instrumentar medidas que desde su óptica peculiar son propias del mismo credo herético que meses antes había denunciado con pasión, tiene que luchar contra un Congreso comprometido con la extrema lentitud. Si bien Duhalde siempre ha podido confiar en que un día los legisladores aceptarían aprobar las leyes necesarias para que la Argentina «se integrara al mundo», a esta altura entiende que si los debates y las maniobras parlamentarias procedan a su ritmo habitual tendrían que transcurrir muchos meses antes de que contara con lo mínimo imprescindible para negociar en serio con el FMI. En cuanto a la alternativa de romper con el organismo, su atractivo se ha reducido porque, lejos de significar un alivio para la Argentina, la obligaría a emprender ajustes que serían incomparablemente más duros que los reclamados por Anne Krueger y Horst Köhler. Si éste no fuera el caso, la ruptura se hubiera producido hace muchos años.
En vista de las deficiencias manifiestas de Duhalde, su reemplazo por otro presidente interino no provocaría demasiados problemas si no fuera por el hecho dolorosamente evidente de que cualquier dirigente, por astuto, inteligente y vigoroso que fuera, se encontraría en seguida en una situación idéntica. Lo que es peor aún, no hay ninguna garantía de que, adelantadas o no, las próximas elecciones servirán para producir un panorama político que sea llamativamente mejor que el existente. Aunque la resistencia de muchos políticos a celebrarlas pronto se debe más a la conciencia de que significarían el fin de sus propias carreras que al temor a que posibilitaran la formación de un gobierno que fuera todavía más inepto que el encabezado por Duhalde, esto no quiere decir que no haya ningún riesgo de que sus pesadillas en tal sentido llegaran a concretarse. El país, pues, se ve atrapado en el laberinto político que se las ha ingeniado para construir y, por ahora cuando menos, no se dan motivos para creer que esté por encontrar la salida.