Soberbia

Redacción

Por Redacción

por CLAUDIO ANDRADE

candrade@rionegro.com.ar

No se puede aspirar a la felicidad sin ser a la vez un total impertinente. No se puede buscar el conocimiento sin una inmensa dosis de soberbia. No se puede ganar en nada a menos que aceptemos nuestras más dulces mentiras nocturnas en las que nos recordamos una y otra vez: soy el mejor del planeta Tierra.

No se puede llegar a ningún lado si, antes de emprender la carrera de la vida, no nos hacemos entrevistas a nosotros mismos donde recordamos como fueron nuestros humildes comienzos.

Justo viene a mi mente el filme de Alan Parker, «The Commitments», en el que el manager de un incipiente grupo de soul daba conferencias en la bañera.

No resulta elegante ir por la calle sin sentir como el aire se repliega al ritmo de «Sobreviviendo», mientras nuestro andar es un homenaje al bamboleo sexy de John Travolta.

No se puede amar despojado odio. Tampoco se puede escribir un libro a menos que supongamos que tenemos algo para decir, no importa si no poseemos siquiera un recuerdo emocionante apuntado en una libreta. Ya lo ha advertido Haruki Murakami, a él nunca le sucedió una sola cosa digna de un relato a lo largo de su existencia, sin embargo, ahí va escribiendo una novela apasionante tras otra.

Necesitamos ser muy estúpidos o muy sinceros o muy hipócritas o unos desaforados para intentar descubrir un nuevo mundo, para deshacer lo establecido y con un huevo demostrar, ahora, que la tierra es un gran abismo que termina donde llegan los ojos.

¿Para qué viajar a menos que sepamos que un horizonte soñado nos aguarda del otro lado del espejo? Porque mientras el conejo corre con su reloj en mano la zanahoria de las ilusiones, los lúcidos y los locos van detrás suyo por si matan dos pájaros de un tiro.

¿Si no fuéramos a conquistar Orión porque habríamos de movernos de la cama? (¿o es casual que la última frase del androide en «Blade Runner» sea: «He visto cosas que ser humano alguno ha visto jamás»?)

¿Si no somos capaces de dar amor hasta que al otro le duela el alma porque deberíamos insinuar un «te amo» o incluso un «te quiero»? ¿Si por una vez no nos creemos Pablo Neruda cual sería el sentido de escribir los versos más tristes esta noche?

La modestia, la falsa modestia y la humildad son los pecados capitales de quienes rompen los esquemas y no se cansan de husmear más allá de la línea de cal. ¿No son hombres y mujeres, primos lejanos de las estrellas, partículas de moribundos cometas, los que se suponen eternos, más aun, primordiales?

¿Por qué desdeñar la osadía, el aroma de las flores, la intensidad y la lujuria sabiendo que de todos modos vamos a morir? ¿O no es esta la más preciada, la más exquisita, la única vida de la que somos dueños y administradores?

Un hombre subirá el Everest con sus piernas ortopédicas, las mismas que perdió en la montaña. Una mujer unirá nuevamente dos costas del extremo norte ahí donde sólo las ballenas se atreven. Otro hombre, un noruego, ha cometido la estupidez de caminar a solas el polo norte. Alguien ha empezado el libro de su vida.

Un joven le confiesa su amor a su novia con un beso robado. Un loco con dos pesos en el bolsillo emprende un minúsculo negocio que un día será una compañía internacional. Un niño mira las estrellas preparándose para colonizar una constelación. Una pareja tiene su primer hijo, otra el tercero, y cuenta pañales. Un abuelo sube su blog a Internet. Un bebé se para junto a la cuna. El desafío es su propósito y su método.

Porque ahorita mismo, déjame confesarlo: voy a formar una banda de rock punk, voy a derrochar mi fortuna de palabras, voy a realizar mi travesía, mi voltereta máxima, voy a pedir tres deseos y con cada uno voy a cambiar una pequeña parte del mundo. Aun a sabiendas de que perderé apuraré las riendas del caballo. Tiraré los dados. Reencarnaré de aquí hasta fin de los días.


por CLAUDIO ANDRADE

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