Sobre cómo pensamos
HÉCTOR CIAPUSCIO (*)
Daniel Kahneman, psicólogo israelí-norteamericano, obtuvo el Nobel en Economía del 2002 por sus trabajos pioneros sobre el modelo racional en la toma de decisiones, convirtiéndose en el primer no economista receptor del premio. Su aporte principal a la ciencia económica consiste en el desarrollo de la llamada “teoría de las prospectivas”, según la cual los individuos adoptan corrientemente, frente a entornos de incertidumbre, decisiones que se apartan de los principios de probabilidad de la economía clásica. Su empeño, desarrollado por décadas con su compatriota Amos Tvesky, analiza particularmente las bases cognitivas para errores humanos comunes que ocurren por prejuicios. Esta yunta de psicólogos –dijo el “New York Times”– se propuso desmantelar una entidad muy querida por los teóricos de la economía: el archirracional decisor llamado “homo economicus”. La “economía del comportamiento” o “psicoeconomía” se convirtió en la última década en una rama teórica de moda. Sus libros se hacen best sellers y hay varios países que han establecido organismos públicos para aplicar sus descubrimientos. En nuestro país ha comenzado a ser reconocida entre economistas. Martín Tetaz, un investigador de la Universidad del Noroeste, publicó hace poco un libro donde afirma que la “behavioural economics” derribó el supuesto de racionalidad defendido por la teoría neoclásica. Entrevistado por “La Nación” hace unos días, fundamentó la importancia de la nueva disciplina para analizar problemas que tienen un alto componente psicológico como la inflación, la fiebre por el dólar y la formación de expectativas. Y, como dice el cuento en latín, en la cola estuvo la picardía (“in cauda venenum”). Cuando el periodista le preguntó intencionadamente sobre “el número excesivo de psicólogos en nuestro país”, opinó que es una abundancia relativa, porque la mayor parte de estos profesionales se dedica al psicoanálisis. Pero, a modo de ironía familiar, expresó: “Si vos les planteás hacer un experimento, te miran con pánico”. El último libro de Kahneman titulado “Thinking, Fast and Slow” (Pensamiento, rápido y lento), cubre diversas fases de sus trabajos relacionados con ilusiones cognitivas, creencias falsas que nosotros aceptamos como verdades. Su tesis supone la existencia en nuestro cerebro de dos sistemas interdependientes para organizar el conocimiento a los que llama “sistema 1” y “sistema 2”. El primero es notablemente rápido y nos permite reconocer rostros y entender frases en una fracción de segundos. “Intuición” es el nombre que les damos a juicios, a menudo erróneos, basados en la rápida acción de este sistema. El segundo es el proceso lento de formarse juicios basados en pensamientos conscientes y examen crítico de evidencia. Corrige las acciones del otro, nos da la chance para revisar opiniones. Pero es un modo haragán de pensamiento y activarlo cuesta esfuerzo mental. Nuestra vida, siendo así, está organizada para economizar pensamiento y en razón de ello generalmente el sistema 1, el más vulnerable a las ilusiones, es el que está casi siempre a cargo. Este hombre de inteligencia excepcional que recibió la Presidential Medal of Freedom en el 2013 de manos de Obama, al festejar en marzo sus 80 años fue objeto de un homenaje colectivo de investigadores líderes en múltiples actividades científicas –desde física a filosofía, ciencias cognitivas, economía, derecho y medicina – que respondieron a una encuesta sobre cómo los trabajos de Kahneman habían influido en los suyos y en qué aspectos de sus investigaciones reconocían una deuda intelectual con él. Las respuestas mostraron, con amplia riqueza explicativa, la gravitación que su obra ha ejercido en investigadores de los más diversos campos de la ciencia. De todas las respuestas, recortamos aquí como ilustración la de Steven Pinker, profesor de Psicología en Harvard, quien se refirió al impacto de los trabajos de Kahneman, particularmente los relacionados con su tesis sobre los sistemas 1 y 2 en los suyos publicados en el libro del 2011 “The Better Angels of our Nature” sobre la violencia en el mundo. Recordemos que la conclusión de este trabajo señala que nuestra época es menos violenta, menos cruel y más pacífica que cualquiera anterior de la existencia humana. La gente que vive ahora tiene menos probabilidades, en comparación con las que tenían quienes vivían en cualquier tiempo pasado, de hallar una muerte violenta o de sufrir violencia a manos de otros. La prueba de ello surge del análisis de una monumental base de datos confeccionada según documentos que la arqueología forense, la historiografía y los gobiernos han ido dejando desde la antigüedad. Pinker sabe que la gente casi seguramente ve poco creíble esta conclusión y él, preguntándose el motivo de tal discrepancia entre datos y creencias, hace notar en su declaración de homenaje a Kahneman (en la que dice que la suya “es la contribución número uno, o al menos la primera entre las dos o tres que están al tope” a la psicología moderna) que los trabajos científicos de su colega ofrecen lúcidas explicaciones para varios problemas, por caso la tipificación de un sesgo mental que llama “availability bias” (prejuicio de disponibilidad). Hallamos que un evento es probable a partir de nuestra facilidad de recobrar ejemplos vivos desde la memoria. Es un juicio prejuiciado que se basa en recuerdos rápidamente disponibles. Pinker comenta que explica cómo escenas de crímenes y actos de violencia alojados en nuestra memoria son temas muy probables de atención en nuestros hogares, obviando una conciencia estadística de lo que es normal; por ejemplo, la innumerable cantidad de seres humanos que mueren naturalmente. Es común la sobreestimación de la posibilidad de eventos (por ejemplo, accidentes de aviación, secuestros, actos terroristas, etcétera, etcétera) como consecuencia de recuerdos dramáticos que pueblan la memoria. No importa cuán pequeño sea el porcentaje de hechos violentos en números absolutos, siempre habrá suficientes para llenar los noticieros de la tarde, de modo tal que las impresiones de la gente sobre la violencia estarán muchas veces desconectadas de sus reales proporciones. (*) Doctor en Filosofía