Sociedad bloqueada
En la raíz de la crisis argentina está un déficit intelectual de magnitud insospechada.
A comienzos de los años noventa, cuando se instaló la convertibilidad, incluso los que cuestionaban la viabilidad a largo plazo de un esquema tan extraordinariamente rígido daban por descontado que, siempre y cuando fuera bien administrada, la economía argentina sería capaz de crecer a un ritmo decididamente mayor que el habitual en las ya desarrolladas. Durante algunos años, parecía que quienes pensaban de aquel modo tenían razón, pero una vez agotado el subsidio virtual supuesto por la venta de las empresas públicas y por el optimismo que sentían los inversores extranjeros por el futuro del país, sobrevino la recesión que acaba de desembocar el un colapso generalizado que dista de haber culminado. Aunque no cabe duda de que ciertos sectores son más productivos ahora de lo que eran diez años atrás, la economía en su conjunto se encuentra aún más lejos de las avanzadas y, no obstante las palabras alentadoras de los voceros gubernamentales, no existen motivos para creernos en vísperas de un período signado por el progreso. Por el contrario, todo hace prever que en los próximos años la brecha que nos separa del «Primer Mundo» se ampliará.
¿Sería posible revertir esta situación? Aunque la mayoría quisiera suponer que sólo se trata de encontrar el «modelo» apropiado, es llamativa la falta de propuestas concretas. No es meramente cuestión del desconcierto manifiesto de la clase política nacional, sino también de la perplejidad de expertos de otras latitudes. A pesar de sus esfuerzos, ni el FMI ni los académicos de las universidades más prestigiosas de América del Norte y Europa occidental han logrado confeccionar un plan convincente, de ahí sus alusiones frecuentes a lo «enigmático» que a su entender es el caso argentino. El fracaso intelectual tanto de los dirigentes locales como de los economistas y politicólogos del exterior puede atribuirse a la propensión compartida a subestimar las dificultades planteadas por el desarrollo económico, aquéllos porque están comprometidos con un orden ya vetusto, éstos porque viven en países en los que «la modernidad» es considerada natural.
Sin embargo, el crecimiento económico no es consecuencia de un proceso automático sino de una multitud de cambios que, en un país atrasado e inseguro, no pueden sino ser mucho más traumáticos que en aquellos que fijan las pautas que los demás se ven obligados a respetar. Puesto que, por motivos comprensibles, en la Argentina casi todos los sectores que conforman la sociedad están tratando de defender sus intereses creados, la resistencia al cambio tiende a hacerse más fuerte justo cuando la necesidad de cambiar es cada vez mayor. Desde los meses finales del año pasado esta realidad se ha hecho patente. Mientras que la sociedad entera reclama cambios drásticos inmediatos, sus distintas partes están movilizándose para bloquear cualquier cambio que podría resultarles perjudicial, planteando el riesgo de que se produzca un «estallido» autodestructivo que, huelga decirlo, no ayudaría a nadie.
Para superar este trance, será preciso que los dirigentes y los que influyen en su forma de pensar y de actuar conciban un «proyecto» que sea a la vez realista y esperanzador. No podrá ser ni hipercapitalista ni colectivista sino «moderado», afín a los elaborados por los europeos después de la Segunda Guerra Mundial. Si como juran sus líderes la Unión Europea quiere ayudar a la Argentina, podría hacerlo enviando una multitud de «técnicos» sin vínculos con las grandes empresas que han invertido aquí para que colaboren con la reconstrucción del Estado, la renovación jurídica y el «aggiornamento» de los distintos movimientos políticos. En la raíz de la crisis argentina está un déficit intelectual de magnitud insospechada. A menos que logremos eliminarlo, el país continuará sufriendo todas las desventajas del capitalismo, del colectivismo y del dirigismo corporativo, sin percibir ninguno de los beneficios que en teoría les son propios: por «salvaje» que fuera, el capitalismo criollo seguirá siendo un animal más parecido al perezoso que al tigre, el colectivismo no dejará de ser una manera de privilegiar a un puñado de oportunistas y el corporativismo una modalidad que sólo servirá para enriquecer a quienes tengan acceso al poder político de turno en desmedro de todos los demás.