Un diagnóstico de dislexia a los 7 años y el desafío de aprender de otra manera
El 8 de octubre es el Día Mundial de Dislexia. La psicopedagoga Mercedes De Lorenzis advierte que esta condición neurobiológica acompaña a las personas durante toda la vida y no se limita a las dificultades para leer y escribir. Plantea la necesidad de una detección temprana, acompañamiento adecuado y mayor capacitación en las escuelas para evitar que las personas transiten su escolaridad y su vida cotidiana sin los apoyos que necesitan.
La dislexia es un trastorno específico del aprendizaje que afecta la exactitud y la velocidad para leer y escribir palabras. Foto: archivo
Cuando tenía apenas 5 años, los médicos le diagnosticaron autismo a Uriel. Dos años después, mientras sus padres buscaban readecuar sus terapias, descubrieron que también tenía dislexia. Se estima que un 10% de la población mundial tiene esta condición.
“Detectaron la dislexia cuando empezó la primaria porque empezó a leer y escribir y tardaba mucho. Veía una letra y cuando volvía a verla, no sabía cuál era. Era una dificultad de aprendizaje, pero no entendíamos bien de dónde venía”, comentó Carolina Ojeda, su madre.
Reconocer el autismo, admite, fue más fácil al ser más visible: no fijaba la mirada, no respetaba órdenes. Lo que generaba la dislexia era una incógnita absoluta. Y como el comienzo de la primaria coincidió con la pandemia, sus padres creyeron que “como estudiaba en su casa, no podían darle lo que, en realidad, necesitaba”.
El neurólogo infantil le diagnosticó el cuadro de dislexia más severa. “No solo le dificulta el aprendizaje, es el día a día. Le afecta en todo lo que tenga que ver con un orden. Vestirse, por ejemplo. Primero va la ropa interior, después, el pantalón y la remera y luego, un buzo. Ese orden, para él, puede ser otro”, mencionó. Uriel logró vestirse solo entre los 9 y 10 años. Con 13 años, le sigue costando la lectura y la escritura. “Si un kiosco no tiene QR y debe poner un alias, se le complica”, explicó.
Como padres, admitió Carolina, transitaron “un pequeño proceso de duelo al obtener el diagnóstico. Con el tiempo, te das cuenta que es algo netamente tuyo. Lo que uno idealizaba, cambia, pero la persona sigue siendo la misma. Es algo que aprendés rápido. No te quedás mucho en ese duelo”.
El niño accedió a buenos profesionales que le indicaron las terapias que necesitaba. Hoy, cuenta con varias “adecuaciones” en la escuela rionegrina 16, especialmente en lectura y escritura. “En cuanto a la cantidad y calidad del contenido no hay problema. Porque no se trata de un problema de capacidad o de inteligencia sino de neurodivergencia”, aclaró.
Para una persona disléxica, la anticipación es fundamental. Uriel tiene en claro su cotidianeidad, sabe qué hacer todos los días y se siente cómodo con su rutina. Pero si algo cambia, es conveniente anticipárselo para que “tenga la capacidad de procesarlo y ordenarlo”.

Compartir la experiencia propia con otros que transitan lo mismo
Cuando el niño recibió el diagnóstico, tuvo un incidente con una docente. En ese momento, los padres de Uriel decidieron difundir mensajes por las redes sociales sobre su condición que se viralizaron. “Primero, pensamos en la posibilidad de concientizar y poco a poco, nos fuimos encontrando con mucha gente en la misma situación, que muchas veces, no sabía cómo actuar o llegar al diagnóstico”, subrayó. Al entrar en la adolescencia, Uriel prefirió no continuar con los videos.
Si bien las terapias lo ayudan en gran medida, su madre lamenta que no todos pueden acceder a ellas. “Hoy por ejemplo, el hospital público no tiene un neurólogo infantil. Así se limita llegar incluso al diagnóstico. Muchas veces, hay que tener obra social y saber tramitar las terapias”, esbozó.
Sin embargo, valoró que, en los últimos diez años, se ha avanzado mucho en relación a la dislexia. “En las escuelas, las adecuaciones suelen ser escasas y falta mucho para la integración de las personas neurodivergentes, pero tiene que ver con la falta de recursos”, sostiene. Relató también una experiencia en la guardia de salud: “Le expliqué al médico la condición de Uri y le pedí que no lo toque de inmediato. No me hizo caso y se avasalló arriba de él. El nene estaba con fiebre, malestar físico y en medio de una crisis”, contó.
Con orgullo, Carolina describió a Uriel como un niño «simpático, amable, para nada tímido y eso le ayuda a comunicarse con los demás. Sueña con ser actor. Lo difícil es integrar en la sociedad a las personas neurodivergentes”. De todos modos, no pierde las esperanzas. Confía que así como se logró avanzar en los últimos años, el acceso pueda mejorar poco a poco.

El mayor obstáculo está en lo anímico. Por eso, el 8 de octubre se usa el color turquesa para visibilizar la dislexia ya que representa la calma.
Más visibilidad, más diagnósticos
“Hoy hay más diagnósticos porque hay más visibilidad. A partir de la ley, no solo los profesionales, sino también los docentes, pediatras, clínicos, psiquiatras empezaron a reconocer los indicadores de riesgo. A la vez, muchas personas pudieron pedir ayuda y recibir apoyos”, especificó Mercedes De Lorenzis, la delegada de Disfam Río Negro, una organización civil que difunde la problemática de la dislexia y otras dificultades específicas del aprendizaje.
“Hoy sabemos mucho más sobre la dislexia que puede afectar el bienestar psicológico y las oportunidades académicas y laborales. Al ser una condición neurobiológica dura toda la vida, no solo en la etapa escolar”, describió la barilochense.
En 2025, la Asociación Internacional de Dislexia publicó una nueva definición: la dislexia es un trastorno específico del aprendizaje que afecta la exactitud y la velocidad para leer y escribir palabras, y que varía según el sistema ortográfico de cada lengua. Sus causas combinan factores genéticos, neurobiológicos y ambientales.
De Lorenzis lamentó que, a la vez, “hay muchos sobrediagnósticos. Es necesaria una evaluación neurocognitiva y de aprendizaje, no solo un ojo clínico”.
La especialista remarcó que hay personas que desarrollan ansiedad, depresión, trastornos del sueño o de la alimentación. O abandonan los estudios o tienen gastritis crónica o ataques de pánico. “Personas que anhelan hacer un montón de cosas, pero lo intentan y ante el primer error lo dejan. Y hay que derribar mitos: las personas con dislexia no son vagas ni distraídas, no se soluciona con anteojos y no es algo que se ‘cura´ en la infancia. Acompaña toda la vida”, indicó.
Consideró que “lo anímico es lo que más tenemos que cuidar, sin importar la edad. Son personas inteligentes, capaces de aprender y de lograr absolutamente todo lo que se propongan. Más allá del mito de que tienen un don especial, la dislexia es una manera distinta de aprender y de ver las cosas. Hay que reconocer esas fortalezas, pero también la dificultad, para que la persona pueda encontrar apoyo y no tenga que compensarla haciendo malabares hasta terminar sufriendo».
La dislexia, definió De Lorenzis, es una dificultad específica para aprender a leer y escribir, pero tiene que ver con el lenguaje, con el análisis que una persona tiene que hacer al escuchar, al hablar, al leer y al escribir. Por eso, se pueden detectar señales en el jardín de infantes en aquellos niños a quienes que les cuesta las rimas, encontrar qué palabras empiezan con el mismo sonido, separar los sonidos de una palabra, seguir pasos en orden, o nombrar los colores y los números.
El diagnóstico, añadió la especialista, se puede hacer a partir de mitad de primer grado. “De todos modos, seguimos encontrando adultos que nunca fueron diagnosticados. La incidencia es muy grande, y hay muchísimas personas que padecieron la escolaridad, o que siguen sosteniendo estas dificultades en la universidad, en el trabajo o en su vida diaria, sin haber sido acompañadas nunca”, relató. Muchos transitaron la escuela primaria, secundaria e incluso la universidad “como pudieron: evitando la lectura, o apoyándose en un amigo, la pareja, un hermano o un compañero de trabajo”.

El impacto de la ley
Disfam logró la sanción de la Ley Nacional 27.306, en 2016, que se propone tres objetivos: la detección temprana, la capacitación y las prestaciones de apoyo tanto desde el sistema de salud como desde el sistema educativo. Se reglamentó en 2018 y abrió muchas puertas, reconocen los mismos profesionales.
En 2019 se sancionó por unanimidad la ley provincial 5358 que garantiza la atención integral de las personas con dislexia en Río Negro. “Desde Disfam Río Negro, fuimos motores de esta ley: juntamos firmas de pediatras, profesionales, familias y personas con dislexia, y los legisladores, diputados y concejales lo llevaron adelante. Fue un trabajo interdisciplinario entre la sociedad, la salud, la educación y la política”, valoró De Lorenzis.
Puntualizó que “el Ministerio de Salud debería encargarse del diagnóstico y el tratamiento con equipos interdisciplinarios, cubrir las prestaciones; mientras el de Educación debe armar un trayecto pedagógico individual para cada estudiante. Ambos ministerios deben capacitar a los docentes en detección temprana”. De todos modos, De Lorenzis lamentó el «uso del potencial» e insistió en la necesidad de que “la ley se reglamente y se implemente en la provincia. Eso va a permitir que ninguna persona con dislexia tenga que tramitar un certificado de discapacidad, algo que nada tiene que ver con la dislexia, para recibir apoyos”.
Cuando tenía apenas 5 años, los médicos le diagnosticaron autismo a Uriel. Dos años después, mientras sus padres buscaban readecuar sus terapias, descubrieron que también tenía dislexia. Se estima que un 10% de la población mundial tiene esta condición.
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