«Argento Alfajores», la marca que nació en una playa de Bariloche y ahora, es furor en Canadá

Cuando Micaela García abandonó Bariloche para radicarse en el Hemisferio Norte años atrás, jamás imaginó que sus alfajores fascinarían a los canadienses.

Los alfajores fascinan a los latinos, pero también a los canadienses. Foto: gentileza

En la escuela secundario, Micaela García comenzó a elaborar vistosas tortas y huevos de Pascuas de chocolate para vender con una amiga en Belén de Escobar, provincia de Buenos Aires. Esa breve incursión por la pastelería la ayudó tiempo atrás, cuando no conseguía trabajo en Bariloche. Empezó a vender alfajores caseros en Playa Bonita, al oeste de la ciudad, sin imaginar que, poco después, lograría ampliar su producción y, su marca «Argentino Alfajores» generaría furor en Canadá.

Esta psicopedagoga de 30 años desembarcó en la Patagonia cuando Kevin, su pareja, obtuvo una beca para la carrera de ingeniería nuclear en el Instituto Balseiro en Bariloche.

«Como yo estaba recién egresada, no tenía el título en mano y tenía que esperar ese trámite para poder trabajar en escuelas públicas. Empecé con alumnos particulares, pero como no eran tantos -no conocíamos a nadie en un primer momento-, mi familia me sugirió que preparara algo para vender. Así empezó todo«, relató a diario RIO NEGRO.

Micaela cocina sola en la cocina que alquila. Foto: gentileza

Como siempre le fascinó hornear, arrancó con alfajores y al pensar en un punto de venta se le ocurrió la playa del kilómetro 8 que estaba frente a su casa. Le pidió a Nancy, su madrina, la receta de los tradicionales alfajores de maicena y así arrancó. «Practiqué varias veces porque la masa tiene un truquito para que no se pase. Cuando me salieron empecé a vender: me compraban alrededor de 70 por día en la playa. Ya tenía mis clientes, incluso los guardavidas», dijo.

Como las ventas aumentaban, junto a su pareja decidió trasladarse también a la playa de Bahía Serena. «Al principio, hacía 20 alfajores y los fines de semana, eran más de 100. Al principio, me manejaba sola, pero después Kevin me empezó a acompañar con un tupper gigante y para darme una mano con la plata», indicó.

A las clases que daba a alumnos particulares se sumaron dos cargos como maestra de integración y Micaela optó por abandonar la elaboración de alfajores. Además, con la llegada del otoño ya no había mucha gente en las playas.

Muchas veces, presenta sus productos en ferias. Foto: gentileza

Empezar de cero

Pero en 2022 su vida volvió a dar un vuelco inesperado. Cuando su pareja consiguió una beca de estudio para un máster en Ingeniería en Canadá, se establecieron en Ontario. La primera visa fue por dos años, pero ahora consiguieron la renovación por un año más.

Sin embargo, Micaela no podía ejercer su carrera como Psicopedagoga. «Tenía una visa de trabajo, pero no me permitía estudiar. Así que empecé de cero. Una nueva aventura. Conseguí trabajo como repositora en un mini supermercado y en otro local atendía al público. Por suerte, algo de inglés sabía», celebró.

Poco después, llegó un trabajo en una cafetería que le implicó regresar al «rubro dulce». Así, decidió volver a elaborar alfajores que ofrecía a sus amigos y allegados. Notó sorpresivamente que el producto deleitaba tanto a latinos como a canadienses. Eso la motivó a alquilar una cocina en la ciudad de Brantford, que contaba con la habilitación del Departamento de Salud, para fabricar un mayor volumen.

«Argento Alfajores» es el nombre de la marca. Foto: gentileza

Cada vez le iba mejor. A los alfajores de maicena sumó el «marplatense» de chocolate, con algunos «retoques» de la receta de su suegra. Incursionó en la mantequilla de maní, Nutella, mermelada casera de frutos rojos y pistacho, entre otros. Sumó nueve sabores que hoy vende en ferias y a varias cafeterías. Está abocada full time a la fabricación de «Argento Alfajores».

¿Cómo surgió el nombre de la marca? No sabe. Cada nombre que le gustaba lo anotaba en una pizarra de su casa. Las opciones eran varias, pero optó por el que más identificaba a sus raíces argentinas. «Les encanta a los canadienses. De hecho, armé un banner con la descripción del alfajor, el mapa para mostrarles de dónde es y los sabores. Se lo quedan leyendo. Les llama mucho la atención«, celebró.

Hoy, suele vender como mínimo 500 alfajores por mes aunque noviembre y diciembre es la época del año de mayor producción -llega a 1.000 al mes- ya que las compras aumentan por las fiestas de fin de año.

«Trabajo sola en esa cocina compartida en Brantford que está abierta las 24 horas y uno va agendando su turno. Hasta las etiquetas las hacemos nosotros. Kevin me ayuda a buscar opciones y presupuestos. Ahora armamos un packaging con una bolsita transparente para que el alfajor se mantenga mejor», destacó.

Micaela ofrece nueve sabores de alfajores. Foto: gentileza

Reconoció que el primer año en Canadá fue engorroso y más aun transitar una crisis existencial: «Uno tiene un chip y se plantea: ‘Para qué estudié todos estos años’; ‘Qué estoy haciendo de mi vida’. Pero son crisis normales, ahora encontré este camino que me encanta y disfruto».


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