Diego, de Bariloche, quedó ciego hace cuatro años y encontró en la arquería un propósito: «Quiero ser el número uno en el mundo»

Le diagnosticaron diabetes a los 12 años y una insuficiencia renal a los 35 que le terminó ocasionando la pérdida de la visión. El barilochense que supo readaptar su vida y asumir nuevos desafíos, a través del deporte. El 3 de diciembre se conmemora el Día de las Personas con Discapacidad.

«Cada flecha que sale de un arco no se puede comparar con la anterior. Es como la vida misma: debe darse un paso a la vez«. Cuatro años atrás, cuando tenía 42 años, Diego Almonacid perdió la visión por completo. De un día para el otro, todo se volvió oscuridad. Su vida tuvo que reacomodarse a su nueva realidad y en ese proceso, casi de casualidad, encontró en el arco y la flecha un nuevo propósito de vida. Hoy, aspira a ser número uno en el mundo.

Diego se crió en el barrio Levalle, al sur de Bariloche, y desde pequeño se sintió fascinado por el mundo tecnológico. Su abuelo trabajaba en el Centro Atómico, de modo que, muy temprano, tuvo acceso a las computadoras. «Me dediqué a explorar, era muy toquetón y terminé envuelto en ese mundo, creciendo a la par de Bill Gates (salvando las distancias)», comenta risueño.

Cuando egresó del secundario, fue papá y debió salir al mercado laboral. Pasó por el rubro comercial y la gastronomía hasta que en el 2000, abrió un cyber para gamers. Tras el cierre de este local, se dedicó al servicio técnico de computadoras.

La arquería exige mucha concentración. Foto: Marcelo Martinez

«Con 12 años se me disparó una diabetes tipo 1. Lo cierto es que no me dediqué a cuidarme. Te concentrás en llevar el pan a tu casa y no le das bola a tu salud. A los 35 descubrí una insuficiencia renal casi de casualidad», recuerda Diego.

En ese momento, fue a buscar los resultados de un análisis de laboratorio al hospital Ramón Carrillo y se encontró con una amiga que trabajaba en la institución que, al ver los resultados, se alarmó. «No pueden ser tus resultados, me dijo. Le pregunté, en chiste, si estaba embarazado. Me agarró la mano y me dijo que mis riñones no estaban funcionando. Me llevó a la guardia, quedé internado y durante tres años me hicieron diálisis«, cuenta.

Tres años después de ese diagnóstico, se sometió un trasplante de riñón y páncreas -lo que revirtió su condición de diabético-. «El trasplante llegó rápido porque una persona con insuficiencia puede dializarse toda su vida -aunque el desgaste sea grande-, pero alguien con diabetes tiene el doble de riesgo de vida», acota.

El tránsito por el camino de «luz oscura»

Mientras Diego aguardaba el trasplante, se le reventó una vena en el ojo. «Sucede que el riñón regula la presión. Al no funcionar del todo bien, se me disparó la presión alta. En una mudanza, me explotó la venita de un ojo y empecé a ver todo rojo. Veía sangre adentro del ojo. Me senté un ratito hasta que decidí terminar la mudanza de todos modos. Al levantarme, me pasó lo mismo en el otro ojo«, recuerda. En los días siguientes, fue operado de los dos ojos. En uno perdió la vista por completo; del otro solo recuperó el 40% de la visión.

«Llevé adelante una vida normal hasta que en 2021, algo pasó con mi cuerpo: tuve una trombosis en el ojo. Arreglé la última computadora el 20 de marzo del 2021 y en abril estaba ciego. De ser una persona totalmente dependiente del sentido de la vista, sacar fotos durante 15 años, arreglar computadoras, dejé de ver», señala.

De inmediato tomó contacto con el Centro de Rehabilitación Integral Patagónico (CRIP), una organización civil que trabaja con personas con ceguera y baja visión. Se jubiló por discapacidad y consiguió un bastón para manejarse. Fue volver a empezar, reconoce: «Uno nace viendo y empieza a explorar, a descubrir el mundo. De pronto, empecé a transitar este camino de luz oscura. Hoy cuando no tengo el bastón, uso anteojos negros por una cuestión de seguridad para no golpearme con nada. Pero logré vivir solo, me cocino, hago mis compras y limpio todo».

La arquería exige mucha concentración. Foto: Marcelo Martinez

¿Lo que más costó?, se le consulta. «Sostener al resto. Era difícil afrontar esa pena del ‘pobre, Diego’. La parte social fue lo más difícil, pero soy una persona que nunca se limitó ante nada y acá estoy», responde este hombre de 46 años.

De repente, en el CRIP, una instructora sugirió una prueba piloto de arquería. «Ella estaba acostumbrada a tirar con personas convencionales y de golpe, se proponía realizar la actividad con gente que no veía. No había información de cómo adaptar el tiro a las personas con discapacidad», comenta. De todos modos, Diego y otros seis compañeros se lanzaron al deporte que lo atrapó por completo.

Recuerda ese instante en que agarró el arco y la flecha: «Se me abrió un universo de fantasías, de posibilidades, de volver a mi infancia y ver a Rambo con un arco. Me sentí super poderoso y no por tener un arma en la mano sino por hacer algo difícil demostrándome que podía«.

En estos casos, se usa una mira táctil. «No tenemos ojos que nos guíen, de modo que esta estructura es nuestra guía. Se requiere firmeza y estabilidad para que el cuerpo esté alineado y la flecha salga derecho», describe.

Diego sueña con representar a la Argentina. Foto: Marcelo Martinez

Asegura que al practicar el deporte, «la mente vuela. Hay un libro llamado ‘El camino del arquero’ de Paulo Coelho que muestra cómo el arco, la posición del arquero y el trayecto de la flecha se relaciona con la vida. Y es tal cual. De esta forma, encontré un enfoque, un motivo».

De pronto, me quitaron mi vida normal; pero la arquería me devolvió un propósito. Me abracé al deporte»,

Diego Almonacid, barilochense, 46 años.

Más allá de despertarle una nueva pasión, Diego fue descubriendo competencias de arquería a nivel internacional. Conoció a la entrenadora de la selección nacional y empezó a soñar con representar al país.

«Cuando arranqué, me propuse ser el mejor tirador ciego de Argentina sin saber que había posibilidades de competir a nivel internacional. Recién este año se hizo una preselección de tiradores ciegos y la idea es sumarnos en el 2026 al calendario internacional. Tengo claro que quiero ser el número uno del mundo«, dice convencido.

Dieg comenzó a practicar el deporte con otros seis compañeros. Foto: Marcelo Martinez

Hoy, Diego entrena dos veces por semana a través de ADAM (Actividad Deportiva Adaptada Municipal) y otras dos, con la organización Andina.

«¿Qué siento con el arco y la flecha? Es como preguntar a Messi que siente cuando tiene la pelota y no es que me compare. Pero te excluís del mundo, te transportás solo a ese momento. Con la concentración, te alejas de los problemas y te despeja. Es como meditar. Tenés que pensar cómo estás parado, cómo respiras. Es una flecha a la vez. Esa flecha, una vez que sale, no vuelve atrás», concluye.


"Cada flecha que sale de un arco no se puede comparar con la anterior. Es como la vida misma: debe darse un paso a la vez". Cuatro años atrás, cuando tenía 42 años, Diego Almonacid perdió la visión por completo. De un día para el otro, todo se volvió oscuridad. Su vida tuvo que reacomodarse a su nueva realidad y en ese proceso, casi de casualidad, encontró en el arco y la flecha un nuevo propósito de vida. Hoy, aspira a ser número uno en el mundo.

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