Secretos de la visita de Antoine de Saint Exupèry a San Antonio

En la Patagonia le encontró el sentido a su viaje.

Contó que “nunca hubiera imaginado un cielo tan puro”.

25 abr 2010 - 00:00

SAN ANTONIO OESTE- El frío comenzaba a dejarle paso a un aire más benigno y la primavera reinante le ponía puntos suspensivos a un clima que establecía treguas cada vez más largas, para que nadie olvidara que el verano aguardaba en un recodo del camino.

Todavía no lo sabía Antoine De Saint Exupèry, Saint Ex, para sus amigos, que junto a ese viento que no podía imaginar más frío descubría la inmensidad de un paisaje que atesoraría para siempre, y que junto a las experiencias vividas desde ese 12 de octubre de 1929 en el que desembarcó a bordo de un transatlántico en Buenos Aires, para tomar posesión de su cargo como director de la compañía “Aeropostal Argentina”, formarían parte de la novela que ya presentía y en un tiempo más comenzaría a escribir.

Se llamaría “vuelo nocturno”, como la travesía que había emprendido ahora, deparándole la maravilla de encontrarse con una tierra en la que según diría luego, nunca hubiera imaginado ver “un cielo tan puro y estrellado”.

En los labios de un hombre que recorrió los cielos del mundo hasta desaparecer en ellos el 31 de julio de 1944 a bordo del avión Lightning P 38, durante una misión de reconocimiento en la segunda guerra mundial, eso era decir mucho.

Pero en ese momento promediaba noviembre de 1929 y Saint Ex había ingresado piloteando su avión a San Antonio Oeste, un pueblo perdido de esa Patagonia en la que finalmente le había encontrado sentido a su viaje.

Es cierto que en Buenos Aires había conocido a Consuelo Suncin, la salvadoreña con la que finalmente contraería matrimonio al regresar a su Francia natal, pero pese a ese flechazo y a la vida cultural que se respiraba allí siempre había detestado las ciudades y ésa no sería la excepción.

Sobre Buenos Aires

No por nada le había escrito a su madre: “En esta ciudad soy un prisionero”, o en otra carta “Buenos Aires, ciudad lúgubre, se diría un pastel mal cocido. Gentes tristes y ni un lugar donde pasear. Los arquitectos volcaron su genio en privarla de todas las perspectivas”.

Ahora todo era distinto, estaba surcando el aire patagónico y el día que se abría ante sus ojos le recordaba, a sus 29 años, aquel ignoto julio de 1912 en el que con sólo doce años había volado por primera vez.

“...Las alas temblaban bajo el soplo del atardecer, el motor con su canto mecía el alma adormecida, y el sol nos rozaba con su luz lívida...” había escrito después, rememorando el primer vuelo de su infancia.

Imágenes y sensaciones

En ‘Vuelo nocturno’, en tanto, donde quedarían plasmadas las imágenes y sensaciones de sus incursiones por la Patagonia, escribió: “A veces, después de 100 kilómetros de estepas más deshabitadas que el mar, cruzaba por encima de una granja perdida, que parecía arrastrar, hacia atrás, en una marejada de praderas, su cargamento de vidas humanas: con las alas, saludaba entonces aquel navío.”

Y eso pensaba hacer ahora, imaginar que su aeronave improvisaba una reverencia para esa majestuosa inmensidad que se abría ante él y aprontarse de a poco para aterrizar en el aeroclub de ese pueblito que pisaría por primera vez.

Sin embargo, la escasez de combustible lo obligaría a forzar el aterrizaje, en algún punto de esos campos que parecían interminables.

Desde el aire, “Las máquinas”, el establecimiento de Don Bruno Peirano, mostraba la postal que siempre lo caracterizó: a un lado, una precaria construcción de adobe con un pretencioso aire colonial, y cerca de allí esa superficie llana como la mejor pista de aterrizaje que en ese momento estaba completamente seca pero que en épocas de lluvias se convertía en una vasta laguna que atraía a las aves más diversas.

Nunca nadie imaginó que ese pajarraco mecánico que descendería allí sería una de ellas, y que su piloto, el autor de “El principito”, le terminaría dando su nombre al aeropuerto local, años después de su histórica estadía en el pueblo, que signaría el destino de más de un poblador de la zona.

El piloto francés forma parte, aunque sólo haya sido un visitante, de la historia misma de San Antonio Oeste, donde todos están orgullosos de contar lo poco o mucho que saben de su llegada, de su visión de la inmensa Patagonia y de la sensación de volar por estos cielos.

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