Vicente Campenni, presidente del directorio de INVAP y la cultura del “se puede”
Vicente Campenni, presidente del Directorio de INVAP, recorre medio siglo de una empresa que convirtió conocimiento científico en reactores, satélites y radares. La soberanía tecnológica, la capacidad de reinventarse y una “cultura del se puede” aparecen como claves para entender su historia y pensar el futuro.
Hace medio siglo, pensar en una empresa capaz de desarrollar desde Bariloche reactores nucleares, satélites o radares y competir por contratos internacionales parecía improbable. INVAP nació en los años 70 a partir de las capacidades científicas construidas alrededor de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) y el Centro Atómico Bariloche. Cincuenta años después, Vicente Campenni, presidente del Directorio de la empresa rionegrina, encuentra una línea que conecta aquellos comienzos con el presente: transformar conocimiento en soluciones concretas.
De la actividad nuclear a los radares secundarios
“INVAP es una empresa que produce tecnología aplicada a proyectos productivos”, define. Esa lógica permitió que una compañía surgida alrededor de la actividad nuclear avanzara luego sobre campos muy diferentes. Uno de los ejemplos son los radares secundarios para el control de la aeronavegación comercial.
Ante una necesidad que el Estado no había conseguido resolver mediante licitaciones internacionales, recurrió a INVAP. “Nos preguntaron si podíamos diseñar ese sistema y dijimos que sí. Se desarrolló y hoy es toda un área de negocio a partir de esa pregunta”, destaca Campenni.
Soberanía tecnológica: decidir qué necesita el país
Generar conocimiento propio conduce a otro concepto central para Campenni: la soberanía tecnológica. No se trata, explica, de pretender fabricar absolutamente todo, sino de contar con las capacidades necesarias para decidir sobre tecnologías estratégicas y desarrollar soluciones adecuadas a las necesidades del país. “Soberanía no como algo romántico, sino como algo práctico, pragmático”, señala.
Una tecnología diseñada para otro lugar no necesariamente responde a las condiciones o necesidades argentinas. Por eso Campenni recupera una idea de Jorge Sábato: “Soberanía en tecnología no es hacer todo. Es justamente entender qué es lo que tenemos que hacer para que esa tecnología nos sea útil a nosotros como país”.
Esa concepción tiene raíces profundas en el desarrollo nuclear argentino y en las capacidades científicas construidas alrededor de la CNEA.
Campenni reconoce en esa historia una cultura dispuesta a asumir desafíos tecnológicos que muchas veces parecían reservados a países con mayores recursos. “Las capacidades que tenemos y que podemos desarrollar están. Solo hace falta la voluntad”, sostiene.
Una “cultura del se puede”
Campenni define esa forma de enfrentar los desafíos como una “cultura del se puede”. Conrado Varotto, uno de los fundadores y primer gerente general de INVAP, llevó esa concepción al terreno productivo. El conocimiento científico debía salir de los laboratorios y transformarse en soluciones con impacto concreto. La consigna de aquellos primeros años era sencilla: hacer “cosas que sirven”.
Pero para conseguirlo también había que encontrar clientes, desarrollar proyectos y construir una empresa capaz de sostenerse económicamente. “El objetivo de INVAP no es ganar plata, pero si no la ganamos no podemos cumplir el objetivo de INVAP”, resume Campenni.
Esa combinación entre conocimiento, capacidad tecnológica y lógica empresarial terminaría siendo decisiva cuando la compañía debió atravesar una de las etapas más difíciles de su historia.
Los años 90 y la necesidad de reinventarse
El modelo enfrentó una prueba decisiva durante los años 90, cuando la reducción del programa nuclear argentino obligó a INVAP a buscar nuevos caminos.
Campenni identifica dos grandes decisiones que permitieron atravesar aquel momento: ampliar el campo tecnológico hacia el sector satelital y apostar al mercado internacional.
Uno de los grandes puntos de inflexión fue el reactor construido para Egipto. INVAP tuvo que competir en una licitación internacional contra compañías con mayor trayectoria y recursos.
“Hubo que apostar, invertir en una propuesta que fuera superadora de lo que presentaban nuestros competidores. Y lo ganamos”, recuerda.
El proyecto demostró que la empresa podía competir fuera de Argentina en uno de los sectores tecnológicos más exigentes.
El reactor de Australia y la competencia internacional
Después llegó otro desafío todavía mayor: el reactor OPAL para Australia, destinado a investigación y producción de radioisótopos.
La propuesta argentina no fue necesariamente la más barata, recuerda Campenni. Pero consiguió algo más importante: responder mejor a las necesidades planteadas por el cliente.
La capacidad desarrollada durante décadas para analizar un problema y diseñar una respuesta específica se había convertido en una ventaja competitiva internacional.
Aquella empresa que había nacido en Bariloche para aplicar conocimiento científico demostraba que podía disputar proyectos frente a compañías provenientes de algunas de las principales potencias tecnológicas.
El legado de INVAP no es un reactor ni un satélite
Cuando Campenni piensa en el principal legado de estos 50 años, no elige un reactor, un satélite ni un radar. Elige una forma de trabajar.
Recuerda una frase que alguna vez escuchó sobre la empresa: “De INVAP no se conoce ningún nombre, pero se sabe lo que hacen, lo que logran hacer”. Esa construcción colectiva es uno de los aspectos que más valora.
“A mí me emociona ser parte de ese grupo ‘semi anónimo’ que en conjunto logramos impulsar, porque pone en valor la capacidad que tenemos si todos apuntamos hacia el mismo lado”, dice.
Detrás de los grandes proyectos aparecen equipos integrados por profesionales de distintas disciplinas y generaciones. Para Campenni, esa capacidad colectiva constituye una parte esencial del patrimonio construido durante medio siglo.
¿Cómo será la INVAP de los próximos 50 años?
La misma lógica guía su mirada hacia adelante. INVAP nació impulsada por profesionales que rondaban los 30 años. Campenni cree que serán nuevamente las generaciones jóvenes las que tendrán que imaginar qué empresa será necesaria para enfrentar los desafíos que vienen.
“Hoy necesitamos, para definir el INVAP del futuro, seguir trabajando con gente de 30 años que piense cómo va a ser. Va a ser distinto de lo que fue y de lo que es”, plantea.
Después de cinco décadas, el desafío no consiste en repetir los logros del pasado, sino en conservar la capacidad que permitió alcanzarlos.
Para Campenni, “imaginar lo posible” significa precisamente eso: mantener viva aquella cultura del “se puede”. “No darlo por cerrado, no darlo por alcanzado, no darse por satisfecho”, resume. Y volver a hacerse, después de 50 años, la misma pregunta que acompañó a INVAP desde sus comienzos: “cuál es el próximo posible”.
Hace medio siglo, pensar en una empresa capaz de desarrollar desde Bariloche reactores nucleares, satélites o radares y competir por contratos internacionales parecía improbable. INVAP nació en los años 70 a partir de las capacidades científicas construidas alrededor de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) y el Centro Atómico Bariloche. Cincuenta años después, Vicente Campenni, presidente del Directorio de la empresa rionegrina, encuentra una línea que conecta aquellos comienzos con el presente: transformar conocimiento en soluciones concretas.
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