Volver al origen de Roca: “milagro” y paisaje que deslumbran desde la Prehistoria

No siempre existió el valle del río Negro, tal como lo conocemos hoy. Ya desde ahí hacia atrás en el tiempo, la ciencia viene reconstruyendo un pasado remoto de Roca, deslumbrante. En el medio, hubo otro clima, otra fauna y otra flora, todos pasos necesarios para lograr este presente, tal como lo disfrutamos.

Por Melina Ortiz Campos

El río Negro no siempre cruzó por este paisaje, que antes de un valle fue planicie. Foto: Diario Rio Negro.

El río Negro no siempre cruzó por este paisaje, que antes de un valle fue planicie. Foto: Diario Rio Negro.

Roca tiene una paleodiversidad distinta a la de Allen o a la de Cipolletti”, dijo en diálogo con RÍO NEGRO el paleontólogo Leonardo Salgado. Ya desde ahí es posible entender algo del interés científico que recibe esta parte del territorio y permitir que la curiosidad nos lleve a querer averiguar qué más se esconde debajo del suelo donde se delimitó el ejido de la ciudad. 

Como tal, Roca hoy cumple 147 años de vida institucional, pero la trayectoria de su paisaje se remonta a millones de ciclos previos, en una conjunción de circunstancias que se dieron de forma única, para que hoy las bardas y los restos fósiles les permitan a los académicos deducir las características de un pasado que jamás podremos volver a ver en vivo y en directo. 

Pero no se trata sólo de afirmar que el mar lo cubrió todo y que el clima que hoy es seco, supo ser húmedo y subtropical. Tampoco alcanza con decir que donde hubo grandes dinosaurios la extinción fue dando lugar a la evolución de distintas versiones de mamíferos, hasta constituir la fauna autóctona que hoy encontramos en la meseta. No es suficiente para dimensionarlo, porque eso deja de lado una serie de transformaciones fundamentales y fascinantes a la vez, que explican cómo el mismo entorno fue escenario de sucesivos procesos, sin que asomara siquiera la intervención humana que hoy parece soberana. 

Mar sin cordillera 


Para iniciar la descripción, podemos decir que el tipo de paisaje era directamente otro: una planicie en lugar de un valle, mientras la imponente Cordillera de los Andes era apenas una cadena de volcanes más bajos que no cumplía la función de “gran muralla”, como ocurre hoy.

Las bardas se fueron modelando recién mucho después, con la paciente acumulación de sedimentos y la erosión del agua que generó nuestro querido río Negro como continuación del actual “Neuquén”, sin el Limay todavía como afluente.

Esas características incipientes de la Cordillera permitieron dos grandes ingresos de agua de mar, que fueron posibles primero desde el océano Pacífico (Cretácico Inferior) y luego desde el Atlántico (a fines del Cretácico Superior), hasta que el movimiento de las placas tectónicas impulsó la elevación de ese cordón montañoso y todo comenzó a ordenarse a ambos lados: las corrientes, los vientos, la humedad o su ausencia, ríos que comenzaron a fluir junto con la pendiente y así hasta permitir la génesis de nuestro valle. 

Foto: Fragmento Infografía Jorge Portaz.

En el medio, sin embargo, en una zona transformada desde siempre por el efecto del agua, dulce o salada dependiendo de la época, esta dinámica que tardó millones de años, permitió la formación de un mar interno que hoy aparece ya marcando identidad local. Se lo conoce como el “Mar Rocanense” y fue un inmenso cuerpo de agua que dio paso a un mundo distinto: se extendió con forma de “lengua”, tocando algunos sectores que trascendieron las fronteras de las actuales provincias de Río Negro, Neuquén, La Pampa y Mendoza.

Al respecto, dijo otro apasionado por la temática, el docente Juan Carlos Salgado, en su trabajo titulado “Cuando General Roca fue mar”, que “la mayor profundidad se situó en Roca y algo más al noreste, estimada en 150 y 500 metros, en términos generales, un brazo de mar de aguas tranquilas, templadas, limpias y sin la afluencia de corrientes marinas frías”, afirmó. 

Todo este proceso global fue posible de entender gracias a la información que aportaron los fósiles marinos encontrados, “milagro” de la preservación que quizás parece generalizado, pero que en realidad sólo se logra en la conjunción de los factores necesarios para que la descomposición natural no borre esa parte de la historia. 

De hecho los científicos asumen que esto sí ocurrió con otras especies enteras, de las que no quedó registro y que jamás llegaremos a conocer, salvo que otro indicador permita deducir, de forma indirecta, alguna de sus características o huellas.

De plantas, animales y río 


Todo esto fue afectando la fauna y la flora local, que cambió a través del tiempo, como muestra la infografía que acompaña esta nota, porque se registraron no sólo una, sino varias extinciones en todo este camino

Esto no sólo fue por la caída de objetos del espacio exterior, como el famoso meteorito en Yucatán, sino también por el cambio en “las condiciones de vida, producto de modificaciones abióticas y bióticas, por fenómenos de origen biológico”, por epidemias, por senectud racial ó el envejecimiento evolutivo, que impidió a los cromosomas almacenar y transmitir la información genética, explicó Juan Carlos Salgado.

Así como la jarilla y el alpataco que hoy abundan, en algún momento tuvieron a las palmeras como antecesoras, las grandes bestias de sangre fría, herbívoras y carnívoras, fueron reemplazadas por otros ejemplares que derivaron en los animales de la actualidad. 

A medida que transcurría ese proceso, el avance de las aguas pendiente abajo y los movimientos de placas tectónicas que seguían su dinamismo, hicieron posible el surgimiento de nuestra cuenca y otra vida en este Valle. Como dijimos al comienzo, citando a este investigador, “el momento en el que se ubica el inicio de esta cuenca es durante el Plioceno, como continuación del río Neuquén únicamente. Recién en el Cuaternario recibiría como afluente al río Limay, que debe sus orígenes a los fenómenos ocurridos durante las glaciaciones de ese entonces, por la formación de grandes cuencas lacustres en sus nacientes».

Las terrazas que vos podés ver [en el Valle] en un corte imaginario, perpendicular al río, nos muestran un cauce ancestral mucho mayor, de barda Norte a barda Sur y más alto”, siguió Juan Carlos Salgado en su repaso. Y es allí, en los colores y capas de esas elevaciones, donde a un lado y al otro de las bardas roquenses quedaron almacenadas distintas épocas de una diversa trayectoria geológica.

Herencia de aluviones


Tiempos de aluviones en Roca: la violencia del agua fuera de la sede del DPA.

En ese escenario cambiante, miles de años después, los inicios de la ciudad como Fuerte en lo que hoy es Stefenelli, se encontraron con las consecuencias de ese gran empuje que tenía la naturaleza, acostumbrada a siglos y siglos de movimiento libre. 

Las crecidas de ese río Negro, potenciado por su historia y porque aún no estaban las represas, se volvieron así en parte central de los riesgosos acontecimientos que viviría esa comunidad, que si bien logró sobreponerse, los siguió sufriendo incluso, en su segundo asentamiento, el actual, donde los aluviones fueron la herencia recibida de millones de años traducidos en fenómenos que no conocían de organización municipal ni de soberanía. 

Valorando las recorridas del paleontólogo Walther Schiller en 1920 por esta región, Juan Carlos Salgado reconoció que ese experto ya se había dado cuenta que el “nuevo pueblo” se había edificado en “un enorme cono de deyección, en el lecho seco y desolado de un río, como de 100 metros de ancho”. “Por supuesto, dejaba de ser río seco cuando llovía”, agregó, ya que “esa llanura constituía el drenaje natural de las aguas que se acumulaban en las zonas próximas ubicadas al norte”, provenientes de las lluvias torrenciales estivales, que unen sus aguas como en un embudo. 

Lo que sí vale destacar de este proceso y que no hubiese sido posible sin cada una de las instancias que repasamos resumidamente en esta nota, es la fertilidad que logró esta tierra y que hoy, ayudada por el riego, siguen moviendo vida y economía local. 

“El subsuelo del Valle está formado en su parte más profunda por los sedimentos arcillosos cretácicos”, contó Juan Carlos Salgado. Sobre él descansan los materiales depositados por el río (arena, pedregullo) y el perfil se completa con una capa de suelo humífero (por el humus, tierra negra que retiene muy bien el agua y los nutrientes) con los depósitos que traía el viento y el agua desde las bardas a las zonas más bajas, junto a los depósitos limoarenosos que el río dejaba con sus crecientes en las costas.

Por eso, dicen los que saben, que son las zonas más elegidas por los agricultores, a partir de su permeabilidad, que la torna altamente productiva. 80 millones de años pasaron en el medio, pero valió la pena. Lo demás hacia nuestro presente ya es materia conocida. 


Roca tiene una paleodiversidad distinta a la de Allen o a la de Cipolletti”, dijo en diálogo con RÍO NEGRO el paleontólogo Leonardo Salgado. Ya desde ahí es posible entender algo del interés científico que recibe esta parte del territorio y permitir que la curiosidad nos lleve a querer averiguar qué más se esconde debajo del suelo donde se delimitó el ejido de la ciudad. 

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