Svampa: “En la región se mueven placas tectónicas sociales, no sabemos hacia dónde”



La socióloga Maristella Svampa ha recorrido la mayor parte de América Latina estudiando los movimientos sociales y los problemas ligados al desarrollo de cada región. En su opinión, América Latina no es ajena a los fenómenos globales, como la crisis socioambiental reflejada en el cambio climático, el aumento de las desigualdades sociales, las regresiones políticas en favor de movimientos de ultraderecha y los cambios en el mundo del trabajo. Sin embargo, aquí los procesos toman dinámicas propias, como se ha visto en las últimas semanas “con levantamientos sociales y movilizaciones y su contracara: estados de excepción y represión estatal”, asegura.

Pregunta-¿Cómo analiza lo que está ocurriendo hoy con este ciclo de revueltas e inestabilidad en varios países de la región?

Respuesta-En América Latina vivimos una regresión política. Durante mucho tiempo se pensaba que la región estaba a contramano de procesos globales como la emergencia de populismos xenófobos, derechas conservadoras y autoritarias. Pero hubo un giro conservador en toda América Latina, Brasil es el caso más emblemático. Por un lado hay revueltas, actos de desobediencia civil, protestas masivas contra políticas neoliberales y de ajuste como en Ecuador y Chile. Pero por otro lado hay pocas expectativas de que estas revueltas se acoplen a partidos o liderazgos progresistas. Más bien, ante el agotamiento de los progresismos realmente existentes emerge una derecha reaccionaria, muy autoritaria y radical. Es muy complicado el panorama porque hay un movimiento de placas tectónicas sociales en alguna dirección, pero no sabemos hacia dónde.

P-¿Una derecha como la que tomó el poder en Bolivia?

R-Bolivia muestra el final casi catastrófico de este ciclo progresista, que preocupa por distintas razones. Primero porque muestra la persistencia de la histórica brecha racista en ese país. Uno pensaría que 14 años de gobierno de Evo Morales, con el crecimiento económico que benefició enormemente incluso a los sectores de Santa Cruz de la Sierra, había atenuado esa brecha racista y clasista. Lejos de ello, vemos la emergencia de esas derechas autoritarias donde el catolicismo ultramontano o las corrientes evangélicas tienen un rol fundamental y están buscando una traducción político-electoral. Es la imagen de Luis Camacho o la presidenta interina Jeanine Áñez con la biblia gigante.

Por otra parte, era evidente que había un agotamiento del progresismo boliviano y descontentos sobre prácticas y formas del gobierno de Morales, ya desde el 2015.

Los esquemas binarios de la “grieta” para hacer las lecturas sobre lo que pasa en Bolivia impiden ver la complejidad de la situación.

P-¿Cómo se expresaban?

R-Yo he trabajado mucho sobre Bolivia, he viajado allí desde 2003, cuando cayó el presidente Sánchez de Lozada. Conocí al grupo Comuna de Álvaro García Linera, a Felipe Quispe y otros líderes de movimientos sociales. Es el país latinoamericano que más expresó desde el 2005 una articulación entre los movimientos sociales y nuevos liderazgos políticos. A partir de la hegemonía del Movimiento al Socialismo (MAS) se consolida el de Evo Morales. En esa línea hay que señalar que la promesas de plurinacionalidad y respeto a la madre tierra quedaron inconclusas: el episodio del Tipnis (las protestas de 2011 contra la construcción de una autopista en territorio indígena) fue un parteaguas porque implicó represión del gobierno a movimientos sociales. Hubo una división entre Evo y varias organizaciones campesinas, indígenas y clases medias urbanas y rurales. Eso se vio en segundo lugar en el referéndum de 2016 que buscaba habilitar otro mandato de Morales y que éste desconoció para buscar otras alternativas. Esto hizo que sectores medios que lo apoyaban quedaran descolocados y descontentos, porque la alternancia política era una parte importante del pacto entre Morales y esos sectores sociales. De ahí que las protestas, que en Bolivia siempre tienen un componente insurreccional por historia, contra las irregularidades cometidas en los comicios del 20 de octubre van a congregar a jóvenes urbanos, clases medias, indigenistas, además de la derecha de Santa Cruz. Luego éstos se apropian del discurso democrático y lideran la movilización que desembocan en la renuncia forzada y el golpe de Estado.

El reconocer que se rompió el orden constitucional en Bolivia no puede hacernos desconocer que hubo arbitrariedades y abusos del poder de Morales… acá en Argentina ha surgido una cantidad sorprendente de bolivianólogos que dan opiniones rápidas y ligeras, desconociendo los factores endógenos en estos procesos. Entonces se enfatiza en conspiraciones externas, ligadas a EE.UU. o a la cuestión del litio. Yo no dudo que influya lo geopolítico y la disputa sobre los recursos naturales, pero no creo que haya jugado un rol central aquí, aunque aprovechen la situación en su beneficio. Los esquemas binarios de la “grieta” para hacer las lecturas sobre lo que pasa impiden ver la complejidad de la situación.

En Chile 30 años de sometimiento, de aceptación de las desigualdades, estallaron en mil pedazos. La sociedad no será la misma, aunque no sepamos bien adónde se dirige.

P-¿Y en el caso de Chile?

R- Sobre Chile, lo inesperado es el carácter abrupto de las transformaciones, que defino como mutaciones, porque en poco tiempo suceden cambios centrales. Es cierto que en Chile había descontento y movilizaciones en 2011 2015 de estudiantes, o el movimiento mapuche. Y siempre fue un progresismo débil que alternó con gobiernos conservadores, cuya principal respuesta a las movilizaciones fue la represión. Pero me sorprende el proceso de “liberación cognitiva”: sectores sociales que hasta hace poco tiempo atrás no participaban, en muy poco tiempo y por hechos casi fortuitos como una protesta estudiantil por el precio del metro, desnaturalizan situaciones de desigualdad y abuso que vienen desde la época de Pinochet y exigen aquello que hasta hace poco tiempo parecía utópico: una asamblea constituyente o la plurinacionalidad del pueblo mapuche, eso es impactante.

Me hace recordar a lo que ocurrió en Argentina en 2001 y 2002, con las diferencias del caso, con la emergencia de asambleas barriales, la valoración de la experiencia piquetera, fábricas recuperadas, etc. Ese año la sociedad argentina se liberó del miedo a la represión, ligada al régimen militar. En Chile es similar: son 30 años de sometimiento, de aceptación de las desigualdades que estallaron en mil pedazos. La sociedad chilena no será la misma, aunque no sepamos bien adónde se dirige aún.

P-Se habló en varios países de la desconexión entre élites dirigentes y las demandas sociales.

R-Los movimientos sociales son de por sí disruptivos, marcan distancia con el sistema político, son repuestas al sistema policial, a la incompetencia y las promesas incumplidas de los partidos políticos. Plantean demandas claras al Estado, pero hay que ver que alcance tienen en cada país. Por ejemplo, en Ecuador la revuelta contra Lenin Moreno puso de nuevo en el centro de la escena al Conaie, la Confederación de Naciones Indígenas, que en la década de los 90 tuvo un rol central y que fue castigada y perseguida durante los diez años de Rafael Correa. Surgen nuevos liderazgos claros y las revueltas pusieron de manifiesto el protagonismo y centralidad de los colectivos de mujeres y los jóvenes urbanos. En Chile es más complicado, los movimientos de protesta no tienen organizaciones consolidadas ni liderazgos claros, son más emergentes, dinámicos y autonómicos en su rechazo al Estado. Por eso desacomodaron a todos los partidos, incluido al Comunista. Es más difícil tramitar esas demandas, que han corrido el horizonte.

Con el foco en América Latina y el ambiente

Maristella Svampa obtuvo el Premio Nacional al Ensayo Sociológico.

Maristella Svampa es socióloga, escritora e investigadora. Nacida en Allen. Entre otros premios recibió en 2016 el Kónex de platino en Sociología y este año el Premio Nacional de Ensayo Sociológico por su libro Debates latinoamericanos. Indianismo, Desarrollo, Dependencia y Populismo. Sus últimos libros son Chacra 51 (2018) y Las fronteras del neoextractivismo en América Latina (2018).


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