Temblores sísmicos
Israelíes, hindúes y rusos comparten fronteras con países islámicos que no quieren eliminar al terrorismo.
Desde que los terroristas vinculados con la red Al-Qaeda de Osama Ben Laden mataron a más de cinco mil personas en Estados Unidos, el gobierno del presidente George W. Bush está presionando a todos los demás para que suspendan sus propios conflictos bélicos o semibélicos con miras de permitirles a los norteamericanos emprender su «guerra mundial» contra el terrorismo de alcance internacional sin tener que molestarse por luchas a su juicio menores. Por lo pronto, los logros de la diplomacia norteamericana en este terreno resbaladizo han sido limitados. Aunque el gobierno de Pakistán y la Autoridad Palestina se han manifestado dispuestos a participar en «la coalición contra el terror» por entender que acercarse a Estados Unidos podría resultarles sumamente provechoso, los intentos de los norteamericanos de compensarlos por sus aportes, que en el caso de Pakistán por lo menos han sido muy valiosos, han enfurecido a Israel y la India, los cuales, huelga decirlo, son las únicas democracias y los únicos países no islámicos de la región, además de ser los más poderosos. Asimismo, la actitud cooperativa del general paquistaní Pervez Musharraf y el líder palestino Yasser Arafat no ha intimidado a sus compatriotas más belicosos. Por el contrario, muchos extremistas se han sentido estimulados por el clima de guerra que han desencadenado los atentados, de ahí el asesinato en un hotel de Jerusalén del ministro de Turismo israelí, Rahavam Zeevi, un halcón que reclamaba la virtual expulsión de todos los árabes de los territorios que conformarían «el Gran Israel» y las nuevas ofensivas de los islamistas en Cachemira. Como era de prever, Israel ha reaccionado con furia frente al primer asesinato por palestinos de un ministro desde la fundación de su Estado en 1948, mientras que la India ha movilizado tropas hacia la frontera con Pakistán.
Por desgracia, parece más que posible que los esfuerzos diplomáticos norteamericanos resulten contraproducentes, que el choque sísmico causado por la destrucción de las Torres Gemelas neoyorquinas y una parte del Pentágono en Washington, al romper el ya muy precario equilibrio que se había establecido en algunas de las regiones más inestables del planeta, frustre los intentos tardíos de Estados Unidos por hacer respetar la «pax americana». Además, de ser así lo haría de tal modo que se ensancharía de manera muy peligrosa la brecha ya existente entre el mundo musulmán y el resto. La lucha entre Israel y los palestinos no es sino la mejor conocida por los occidentales de una larga lista que incluye la guerra de Rusia contra los rebeldes chechenos, los enfrentamientos a menudo muy violentos entre musulmanes y cristianos en los Balcanes, Nigeria, Indonesia y Filipinas y, lo que bien podría provocar el mayor estallido de todos, la confrontación permanente de dos potencias nucleares, Pakistán y la India.
Puesto que las prioridades de países que también se consideran blancos preferidos del «terrorismo islámico» desde hace muchos años no coinciden con las de Estados Unidos, en algunos casos, sobre todo en aquellos de Israel y la India, a los gobiernos no les gusta para nada la idea de que mientras los norteamericanos y sus aliados británicos se encarguen de eliminar a Al-Qaeda, les corresponda quedar pasivos porque de lo contrario podrían «provocar» a sus enemigos mortales. Si bien es de suponer que los líderes de Israel y la India entienden perfectamente el deseo de Estados Unidos de concentrarse por ahora en castigar a los responsables directos de los atentados del 11 de setiembre, no es su intención pagar los costos políticos de lo que temen será una mera expedición punitiva destinada a satisfacer a la opinión pública estadounidense. A diferencia de los norteamericanos, israelíes e hindúes, lo mismo que los rusos, comparten fronteras con países islámicos cuyos gobernantes, por temor o por simpatizar en secreto con los objetivos a largo plazo de los grupos más combativos, no pueden o no quieren eliminar las células terroristas que se han establecido en los territorios que dominan y que, como es notorio, cuentan con el apoyo activo de muchas personas.
Desde que los terroristas vinculados con la red Al-Qaeda de Osama Ben Laden mataron a más de cinco mil personas en Estados Unidos, el gobierno del presidente George W. Bush está presionando a todos los demás para que suspendan sus propios conflictos bélicos o semibélicos con miras de permitirles a los norteamericanos emprender su "guerra mundial" contra el terrorismo de alcance internacional sin tener que molestarse por luchas a su juicio menores. Por lo pronto, los logros de la diplomacia norteamericana en este terreno resbaladizo han sido limitados. Aunque el gobierno de Pakistán y la Autoridad Palestina se han manifestado dispuestos a participar en "la coalición contra el terror" por entender que acercarse a Estados Unidos podría resultarles sumamente provechoso, los intentos de los norteamericanos de compensarlos por sus aportes, que en el caso de Pakistán por lo menos han sido muy valiosos, han enfurecido a Israel y la India, los cuales, huelga decirlo, son las únicas democracias y los únicos países no islámicos de la región, además de ser los más poderosos. Asimismo, la actitud cooperativa del general paquistaní Pervez Musharraf y el líder palestino Yasser Arafat no ha intimidado a sus compatriotas más belicosos. Por el contrario, muchos extremistas se han sentido estimulados por el clima de guerra que han desencadenado los atentados, de ahí el asesinato en un hotel de Jerusalén del ministro de Turismo israelí, Rahavam Zeevi, un halcón que reclamaba la virtual expulsión de todos los árabes de los territorios que conformarían "el Gran Israel" y las nuevas ofensivas de los islamistas en Cachemira. Como era de prever, Israel ha reaccionado con furia frente al primer asesinato por palestinos de un ministro desde la fundación de su Estado en 1948, mientras que la India ha movilizado tropas hacia la frontera con Pakistán.
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