Tiempos tormentosos
Como ya es habitual cuando el país enfrenta una nueva ronda electoral, políticos de todas las tendencias están aliándose, separándose e intercambiando acusaciones tremendas que, en muchos casos, pueden justificarse, pero por motivos comprensibles son reacios a decirnos lo que harían a fin de alcanzar sus presuntos objetivos económicos, sociales y, huelga decirlo, judiciales. No sólo es cuestión del desafío planteado por las denuncias de corrupción que, de comprobarse, significan que un gobierno nuevo tendría que optar entre amnistiar a los integrantes del anterior u obligarlos a rendir cuentas ante la Justicia, alternativa ésta que muchos preferirían pasar por alto, sino también de la necesidad de prepararse para minimizar el impacto de la crisis económica, producto de la ineptitud realmente extraordinaria de los kirchneristas, que se nos viene encima. Tendrán razón quienes dicen que “el ciclo” kirchnerista ha entrado en su fase final, pero se equivocan si creen que no será problemática la transición que en tal caso ya habrá comenzado. Por el contrario, todo hace prever que será traumática. Las perspectivas ante la economía son sombrías. Mientras que funcionarios del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y quienes se han plegado al “proyecto” que a su juicio está en vías de concretar afirman que todo va viento en popa, que –como nos aseguró el jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina– el Poder Ejecutivo nacional no ha cometido errores, de suerte que no será necesario cambiar nada, los opositores se concentran en criticar a los kirchneristas por la corrupción que es una de sus características más notables y su desprecio por las normas democráticas. A los indignados por la gestión de Cristina no les faltan blancos fáciles y parecería que en octubre una mayoría votará en contra de un gobierno cuyos vicios son penosamente evidentes, pero aun cuando logren convencer al grueso de la ciudadanía de que es prioritario impedir que la presidenta y sus “soldados” sigan acumulando más poder y más recursos, ello no libra a los aspirantes a gobernar el país una vez terminada la etapa kirchnerista de la responsabilidad de aclarar, en cuanto sea posible, lo que a su entender sería necesario hacer para que el país reencuentre el camino del desarrollo sustentable. Por desgracia, frenar la inflación requerirá algo más que la reconstrucción del Indec. La experiencia propia, y la de todos los demás países, debería habernos enseñado que no se puede hacerlo sin tomar medidas muy ingratas que siempre suponen costos políticos abultados. Puesto que, gracias en parte a la demagogia oficial, está difundida la noción de que en última instancia la inflación es una consecuencia no de la emisión excesiva o de aumentos desmedidos del gasto público sino de la maldad de los “formadores de precios” que, según parece, son muchísimo más codiciosos aquí y en la Venezuela chavista que en el resto del mundo, el gobierno que suceda al kirchnerista no tardaría en verse acusado de favorecer a los “grupos concentrados” en desmedro del pueblo trabajador. Asimismo, hay motivos para prever que el famoso “viento de cola” que hizo posible los éxitos iniciales atribuibles al “modelo” kirchnerista sople con fuerza menor en los años próximos, lo que haría aún más difícil la labor de un gobierno decidido a reducir de forma gradual e indolora las distorsiones peligrosas que se han creado. Para complicar aún más el panorama, la corrupción dista de ser meramente anecdótica. Algunos observadores de la realidad nacional, como el excanciller Dante Caputo, temen que los kirchneristas, conscientes de que sus jefes sencillamente no podrían salirse con la suya si les toca rendir cuentas ante la Justicia no “democratizada”, reaccionaran ante una eventual derrota electoral adoptando una estrategia de tierra arrasada que, apostarían, serviría para que la mayoría llegara a la conclusión de que, a pesar de todo, cierta continuidad sería el mal menor. Puede que no sea para tanto y que no resulte profética la aseveración del kirchnerista José Pablo Feinmann, según la que Cristina, por “estar nucleando tantos odios de la derecha”, en cualquier momento decida que “se tiene que rajar de este país, y tiene que tener mucho dinero para hacerlo”, pero no cabe duda de que el futuro del oficialismo, y del país en su conjunto, se ha hecho muy incierto.