Todo depende de Italia

Redacción

Por Redacción

Hasta hace muy poco, el consenso era que quienes vaticinaban el colapso definitivo de la moneda común europea eran especuladores motivados por el deseo de conseguir muchísimo dinero apostando en contra de ella o personas que por alguna razón querían ver fracasar la Unión Europea, de suerte que sus advertencias sobre lo peligroso de suponer que países muy distintos podrían compartir la misma divisa carecían de importancia, pero la semana pasada algo cambió. Al coincidir la canciller Angela Merkel y el presidente francés Nicolas Sarkozy en que “el derrumbe financiero y económico de Italia llevaría inevitablemente al fin del euro”, los dirigentes más influyentes de la Eurozona dejaron saber que, a su juicio, lo que siempre habían tomado por una eventualidad fantasiosa se había transformado en una posibilidad auténtica. Aunque Merkel y Sarkozy afirmaron sentir “plena confianza” en la capacidad del nuevo primer ministro italiano Mario Monti para prevenir el desastre así supuesto, sus palabras no lo han ayudado en absoluto. Antes bien, han hecho todavía más probable el desenlace que tanto temen, ya que “los mercados” las tomarán por evidencia de que en su opinión el euro tiene los días contados. Al fin y al cabo, si mandatarios tan comprometidos con la moneda común como Merkel y Sarkozy creen que su destino depende de la gestión de un gobierno conformado por tecnócratas poco representativos que se ha propuesto aplicar a rajatabla un ajuste insólitamente feroz, quienes se sentirán reivindicados serán los que ya estaban convencidos de que había llegado la hora para prepararse para la ruptura de la Eurozona porque sería inútil seguir procurando hacer funcionar un esquema que no es viable. Aunque los problemas económicos y financieros de Italia no fueron causados por el euro, a esta altura no cabe duda de que ha contribuido a agravarlos. Antes de adoptarlo, para mantenerse competitiva Italia, se había acostumbrado a devaluar la lira frente al marco alemán y otras divisas, lo que le permitía manejar la pérdida de terreno ocasionada por su escasa productividad al amortiguar el impacto social. Es que, lo mismo que la inflación en nuestro país, las devaluaciones esporádicas servían para que los ajustes fueran relativamente indoloros. En cambio, como miembro de la Eurozona, Italia se ve obligada a hacerlos sin la anestesia supuesta por una moneda débil, reduciendo los salarios nominales y las jubilaciones, haciendo más flexible la legislación laboral y echando a empleados públicos. Para una sociedad habituada al desorden y a arreglos corporativos, una en que, para más señas, los sindicatos siguen siendo muy poderosos, tener que someterse a fuertes dosis de disciplina alemana no puede sino ser traumático. Por lo demás, es de prever que los políticos y sindicalistas, humillados por su virtual marginación, reaccionen con virulencia creciente frente a las medidas decretadas por un “régimen de banqueros” que les fue impuesto por Alemania con el respaldo de Francia. Como aprendimos hace diez años, cuando los mercados pierden confianza en un “modelo” económico determinado es sumamente difícil convencerlos de que se han equivocado. Cambios que en otras circunstancias hubieran sido más que suficientes como para seducir a los inversores resultarán contraproducentes, al brindar la impresión de que la situación es aún más grave de lo que suponían. Lo mismo que la convertibilidad, el euro no podrá sobrevivir a menos que todos den por descontado que es imposible abandonarlo, pero al señalar que es concebible que caiga, el dúo Merkozy ha obligado a todos, incluyendo a los italianos, a pensar en alternativas. En efecto, muchos bancos grandes ya están difundiendo informes en que procuran prever las consecuencias del eventual derrumbe del euro; según algunos no serían tan apocalípticas como tienen que afirmar los emotivamente consustanciados con el proyecto. Sea como fuere, aun cuando los autores de los informes hayan subestimado los costos de resucitar viejas monedas como la lira, dracma, peseta y escudo, el mero hecho de que el tema haya surgido puede tomarse por una señal de que los europeos están pensando en “el día después”, insinuando así una profecía que, de no recuperarse muy pronto la economía italiana, acarreará su propio cumplimiento.


Hasta hace muy poco, el consenso era que quienes vaticinaban el colapso definitivo de la moneda común europea eran especuladores motivados por el deseo de conseguir muchísimo dinero apostando en contra de ella o personas que por alguna razón querían ver fracasar la Unión Europea, de suerte que sus advertencias sobre lo peligroso de suponer que países muy distintos podrían compartir la misma divisa carecían de importancia, pero la semana pasada algo cambió. Al coincidir la canciller Angela Merkel y el presidente francés Nicolas Sarkozy en que “el derrumbe financiero y económico de Italia llevaría inevitablemente al fin del euro”, los dirigentes más influyentes de la Eurozona dejaron saber que, a su juicio, lo que siempre habían tomado por una eventualidad fantasiosa se había transformado en una posibilidad auténtica. Aunque Merkel y Sarkozy afirmaron sentir “plena confianza” en la capacidad del nuevo primer ministro italiano Mario Monti para prevenir el desastre así supuesto, sus palabras no lo han ayudado en absoluto. Antes bien, han hecho todavía más probable el desenlace que tanto temen, ya que “los mercados” las tomarán por evidencia de que en su opinión el euro tiene los días contados. Al fin y al cabo, si mandatarios tan comprometidos con la moneda común como Merkel y Sarkozy creen que su destino depende de la gestión de un gobierno conformado por tecnócratas poco representativos que se ha propuesto aplicar a rajatabla un ajuste insólitamente feroz, quienes se sentirán reivindicados serán los que ya estaban convencidos de que había llegado la hora para prepararse para la ruptura de la Eurozona porque sería inútil seguir procurando hacer funcionar un esquema que no es viable. Aunque los problemas económicos y financieros de Italia no fueron causados por el euro, a esta altura no cabe duda de que ha contribuido a agravarlos. Antes de adoptarlo, para mantenerse competitiva Italia, se había acostumbrado a devaluar la lira frente al marco alemán y otras divisas, lo que le permitía manejar la pérdida de terreno ocasionada por su escasa productividad al amortiguar el impacto social. Es que, lo mismo que la inflación en nuestro país, las devaluaciones esporádicas servían para que los ajustes fueran relativamente indoloros. En cambio, como miembro de la Eurozona, Italia se ve obligada a hacerlos sin la anestesia supuesta por una moneda débil, reduciendo los salarios nominales y las jubilaciones, haciendo más flexible la legislación laboral y echando a empleados públicos. Para una sociedad habituada al desorden y a arreglos corporativos, una en que, para más señas, los sindicatos siguen siendo muy poderosos, tener que someterse a fuertes dosis de disciplina alemana no puede sino ser traumático. Por lo demás, es de prever que los políticos y sindicalistas, humillados por su virtual marginación, reaccionen con virulencia creciente frente a las medidas decretadas por un “régimen de banqueros” que les fue impuesto por Alemania con el respaldo de Francia. Como aprendimos hace diez años, cuando los mercados pierden confianza en un “modelo” económico determinado es sumamente difícil convencerlos de que se han equivocado. Cambios que en otras circunstancias hubieran sido más que suficientes como para seducir a los inversores resultarán contraproducentes, al brindar la impresión de que la situación es aún más grave de lo que suponían. Lo mismo que la convertibilidad, el euro no podrá sobrevivir a menos que todos den por descontado que es imposible abandonarlo, pero al señalar que es concebible que caiga, el dúo Merkozy ha obligado a todos, incluyendo a los italianos, a pensar en alternativas. En efecto, muchos bancos grandes ya están difundiendo informes en que procuran prever las consecuencias del eventual derrumbe del euro; según algunos no serían tan apocalípticas como tienen que afirmar los emotivamente consustanciados con el proyecto. Sea como fuere, aun cuando los autores de los informes hayan subestimado los costos de resucitar viejas monedas como la lira, dracma, peseta y escudo, el mero hecho de que el tema haya surgido puede tomarse por una señal de que los europeos están pensando en “el día después”, insinuando así una profecía que, de no recuperarse muy pronto la economía italiana, acarreará su propio cumplimiento.

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