Todo o nada

Redacción

Por Redacción





Para los kirchneristas, la manera más eficaz de “construir poder” siempre ha consistido en acusar a distintos individuos, grupos o sectores de ser los responsables de las penurias nacionales, para entonces concentrarse en castigarlos por su presunto aporte al derrumbe del 2001 y el 2002. Por algunos años, el método así supuesto funcionó muy bien. Al matrimonio santacruceño le resultó muy fácil movilizar a mucha gente en contra del expresidente Carlos Menem, los militares vinculados con la represión ilegal de los años setenta, los empresarios extranjeros –sobre todo los españoles– que habían invertido en el país, los economistas “neoliberales” y el FMI, pero entonces, cuando Cristina Fernández de Kirchner reemplazó a su marido Néstor en la Casa Rosada, la necesidad de contar con más chivos expiatorios comenzó a ocasionarle dificultades. Para indignación de la mandataria, pocos vieron en los chacareros “los oligarcas” o “piqueteros de la abundancia” de su retórica exaltada. Asimismo, a la mayoría le cuesta creer que el CEO del Grupo Clarín, Héctor Magnetto, fuera a pesar de las apariencias un “general mediático” resuelto a destituirla mediante un golpe de Estado virtual. Sin embargo, a partir del conflicto con el campo, la presidenta ha actuado como si en su opinión casi todos los problemas del país se debieran a la malignidad del grupo periodístico más poderoso que, según ella, se las ha ingeniado para instalar una especie de dictadura. Al parecer convencida de que sus propias teorías conspirativas reflejan la realidad, Cristina acaba de agregar otra “corporación” a la larga lista de entes destituyentes que le será necesario aplastar: la judicial. Desde el punto de vista de la presidenta, si la Justicia le impide desmembrar ya el Grupo Clarín, esto quiere decir que es forzosamente golpista y que por lo tanto no le queda más alternativa que la de intentar destruirla también. Para justificar tamaña pretensión, nos recuerda que en 1930 la Corte Suprema de aquel entonces cometió el error imperdonable de cohonestar el golpe que puso fin a la gestión de Hipólito Yrigoyen, dando a entender que la Corte actual es igualmente perversa, lo que es un disparate. Después de todo, hasta hace muy poco se consideraba la renovación, por medios prepotentes que aplaudió el grueso de los “progresistas”, de la Corte por Néstor Kirchner uno de los éxitos indiscutibles del gobierno de la pareja, pero parecería que últimamente Cristina ha llegado a la conclusión de que en aquella ocasión su cónyuge cometió un error muy grave. Acaso le convendría más verse acompañada por la vieja Corte menemista, la de la “mayoría automática”; al fin y al cabo, ha logrado hacer de Menem un aliado útil, de suerte que sería de suponer que los jueces que le respondían hubieran optado por ponerse a su servicio. Las embestidas furibundas de la presidenta contra la Justicia, además del Grupo Clarín, “el mundo”, los “fondos buitre”, el “colonialismo judicial” y así largamente por el estilo, no contribuyen en absoluto a atenuar los muchos problemas del país. A esta altura, apenas sirven para distraer la atención de la población de los estragos cotidianos causados por la inflación y por una gestión económica que ha resultado ser extraordinariamente torpe. Mal que le pese a Cristina, son cada vez menos los interesados en el a menudo extravagante show ideológico que está protagonizando y cada vez más los preocupados por el futuro inmediato del país. Está difundiéndose con rapidez la sensación de que el gobierno hiperpersonalista de la presidenta se ha ensimismado hasta tal punto que le importa mucho más su propia propaganda que los frutos concretos de su gestión. Aún le queda tiempo en que recuperarse, pero a juzgar por la forma desafortunada en que Cristina suele reaccionar frente a los reveses, lo más probable es que siga negándose a modificar un rumbo que, tal y como están las cosas, hará de los tres años que nos separan de diciembre del 2015 una auténtica carrera de obstáculos. Los kirchneristas se han acostumbrado a jugar a todo o nada, redoblando la apuesta toda vez que sufren un revés. Se trata de una metodología que plantea el riesgo de que, tarde o temprano, terminen con nada, creando de tal modo un vacío en que el país en su conjunto se precipitaría, lo que, huelga decirlo, no beneficiaría a nadie.


Comentarios

Para comentar esta nota debes tener tu acceso digital.
¡Suscribite para sumar tu opinión!

Suscribite

Logo Rio Negro
Todo o nada