Todos los rostros
la peña
Sólo tenía que esperar que uno de mis hijos saliera de la escuela. Faltaban unos 20 minutos más o menos. Y la imponente sombra de la plaza me invitó a esperar allí. Esperar y mirar sería la cuestión, porque las plazas tienen algo especial que no sé explicar, pero son una suma de atractivos para que muchos confluyan en ese lugar. En esos 20 minutos, que pareciera que fueron muchos más, vi tantas caras, tantos rostros que decían cosas sin hablar, que pensé en cuánto pasa cada día en una plaza. Chicos que juegan, otros que hacen gimnasia en una especie de gimnasio techado por los árboles, madres que sacaron a pasear a sus bebés, estudiantes que planean tirarse a la fuente de agua de la esquina el día del egreso o del final del año. Una mujer que mira hacia el cielo y saca fotos no sé a qué, unos cuantos lavacoches que se pelean ante cada vehículo que se estaciona, un jardinero, un cura y decenas de personas que en ese lapso pasaron apuradas por allí. Todo eso es apenas un rato de la plaza de la ciudad, en este caso la de Roca, pero que se repite con más o menos número en cada plaza de cada ciudad. Y con cada uno de los personajes que vi pasó una historia viva, una felicidad en pie o una tristeza andando, porque con cada persona pasa algo que a veces podemos adivinar y otras tantas no. Hay rostros de felicidad, de tristeza, hay rostros de alegría, de preocupación, de éxito, de fracaso, hay un adolescente que salió del colegio y tiró una carpeta al aire, como diciendo terminé. Las plazas son un centro donde caen todas las historias de la gente, donde también se notan las ausencias de los que iban y ya no van, las plazas encierran eso que tomamos como propio, lo que es de todos. Un paseo, una corta estadía servirá para ver cómo viene el ánimo de muchos. En las plazas también confluyen los reclamos, las movilizaciones, las concentraciones más simples y más complejas, porque siempre resulta fácil y es el lugar que todos conocen. ¿Dónde nos juntamos?, en la plaza. Esa parte de cada ciudad está muy instalada en la gente y más aún en los pueblos donde además están ubicadas en el centro comercial. Una plaza y los comercios en todas las cuadras que la rodean, dan el marco a ese escenario donde tampoco faltan los enamorados ni los que tienen un trámite bancario por resolver. Pasa la vida misma por allí y hasta se convierten en el espacio para el paseo. En las provincias del norte, sobre todo en las capitales, las plazas están en los centros comerciales y eso hace que funcionen confiterías y restaurantes alrededor. Eso les da vida durante las 24 horas del día y suma movimiento. La gente sale al centro, en este caso las plazas y gira alrededor como un tradicional paseo, hecho muy tradicional y llamativo para quienes no lo conocen. ¿Qué hace la gente que da vueltas y vueltas a la plaza cada día?, se preguntan quienes no están acostumbrados. Y no es más que un simple paseo, es una salida a la plaza, como quien dice que salió a pasear al centro, a ver vidrieras. Las plazas son ese verdadero pulmón verde de cada ciudad, unas mejores que otras, pero convertidas en centros donde la gente va sin pedir permiso a nadie, sin la necesidad de comprar nada, sin que deba vestirse distinto. Gente, triciclos, bicicletas, carritos de bebé, perros, y una amplísima gama de gestos confluyen en esos lugares tan públicos como la gente decida que sean. Un pueblo donde la plaza es apagada es un pueblo apagado. Dígame si las plazas no son parte de los lugares tradicionales de cada ciudad. Son testigos de mil sucesos, de mil cosas que pasan, de mil sentimientos, de mil expresiones, son testigos de la vida.
jorge vergara jvergara@rionegro.com.ar