¿Todos somos chinos?
La reciente suscripción de acuerdos comerciales, culturales, de infraestructura y científicos con la República Popular China, encuadrados en el Convenio Marco de Cooperación Económica y de Inversiones aprobado por el Congreso de la Nación en diciembre del 2014, ha sido la ratificación de una alianza estratégica integral con el dragón de Asia.
OPINIÓN
Se han alzado voces cuestionando esta asociación e insistiendo en que afectará a la industria local e incorporará mano de obra china bajo sus estándares laborales y criticando que las contrataciones del Estado podrán ser otorgadas a través de adjudicación directa, con los riesgos de corrupción o desplazamiento de otros actores económicos que ello conlleva, además de las exenciones impositivas que se concederán.
Es necesario remarcar primeramente el marco mundial e ideológico en el que se consolida esta alianza: China prácticamente se ha transformado en la nación con el mayor PBI mundial (a pesar de discusiones técnicas respecto de cuál es la metodología de cálculo del producto bruto interno para arribar a esta conclusión). Ha venido modificando las relaciones económicas y políticas globales que en el pasado regían con un enfoque absolutamente diverso al conocido hasta la fecha. No ejecuta una lógica militar de invasión de países, ni desestabiliza gobiernos que no aceptan políticas o relaciones económicas determinadas ni obliga a aplicar planes de ajuste para lograr estos objetivos. China ha avanzado en forma paciente durante años, empujada por un fuerte impulso productivo que mucho tiene que ver con las corporaciones de Estados Unidos, que aprovecharon su mano de obra barata para aumentar sus márgenes de ganancia y liquidar millones de empleos e industrias en el país del Norte. La nación asiática, con 1.300 millones de habitantes, sacó provecho de ello en los últimos 40 años y con un gran costo social y ambiental abordó el ensayo de inclusión social más asombroso de la historia humana: casi 40 millones de personas dejan la pobreza extrema cada año para ingresar a un régimen de empleo y consumo que resulta asombroso para quienes pudimos observar semejante proceso. La sensación es la de una topadora que avanza sin cesar en todos los rincones, con una lógica social, política, cultural y religiosa distinta de la nuestra que, cuestionable o no, es la de ellos, que en definitiva deberán decidir si la mantienen o la modifican. Esta lógica china fue la ejercida en la Provincia de Río Negro frente al proyecto de implementación de soja de miles de hectáreas en el 2011 y ante las críticas de diversos actores sociales y políticos por dicha iniciativa los asiáticos optaron por retirarse silenciosamente, sin amenazas ni intervención de su Embajada en operaciones mediáticas o de inteligencia o amenaza militar alguna.
El gigante de Asia necesita materia prima para su alimentación y desarrollo; tiene una gran superficie, pero recursos naturales muy limitados (sólo el 7% de su territorio es cultivable). En orden a ello, avanzó fuertemente en África en la ultima década y lo hace ahora en América Latina: Brasil, Venezuela, Ecuador y Nicaragua son algunos de los países donde sus inversiones alcanzarán en los próximos años cerca de 250.000 millones de dólares; incluso con Chile ha suscripto un tratado de libre comercio.
El acuerdo señala que se suscribirán “convenios específicos que se van a detallar en el plan de trabajo”, en un marco de igualdad, beneficio mutuo y respeto a la soberanía territorial de ambos (encabezado) de acuerdo con sus leyes vigentes (artículo 1), promoviendo las inversiones industriales entre ambos países (artículo 3) en sectores de la agricultura, la minería, la energía, las manufacturas (artículo 4) y el desarrollo de la infraestructura (artículo 5), teniendo los nacionales de cada país los mismos derechos del Estado receptor en tanto sean concedidos los permisos de residencia y trabajo (artículo 6). Se establece asimismo un mecanismo de diálogo estratégico para la coordinación y cooperación económica entre ambos Estados, instrumento que define el tipo de relación que lo sustenta.
Los acuerdos suscriptos en China hace pocos días prevén la construcción en Argentina de un rector de agua presurizada -una especie de central nuclear-, obras de infraestructura diversa, una asociación estratégica entre YPF y la estatal de petróleo Sinopec para la explotación de Vaca Muerta y la renovación integral del tren Belgrano Cargas que une los puertos del área productora de cereales más importante de la Argentina.
Vemos que China direcciona sus inversiones a la disponibilidad de materia prima y a que al país que la venda -el nuestro- cuente con infraestructura adecuada para producirla y exportarla. Ése es su negocio, pero además debemos considerar la cuestión geopolítica: asociarse con un país que evidencia solamente su intención de comerciar sin imponer modelos políticos o económicos que determinen el subdesarrollo nacional. Si bien el financiamiento provisto por China será afrontando mediante el pago del costo de las obras o proveyendo swaps -intercambio de monedas- para nuestras deprimidas reservas, lo cierto es que debemos preguntarnos qué haremos nosotros frente a China, qué tipo de desarrollo pretendemos.
El error histórico que reforzaría nuestro atraso sería avanzar en un esquema de proveedor mundial de alimentos incentivando la primarización de nuestra economía, extrayendo el plusvalor de nuestra tierra para que sea exportada por las cinco o seis multinacionales que desde hace más de 60 años monopolizan el comercio internacional de granos. China, a través de una empresa estatal, ha comprado una de las más grandes del mundo (Nidera), que opera en la Argentina, y con ella se asegura un vehículo comercial acorde con su esquema de expansión.
Sólo durante el 2013 la exportación de productos agroindustriales a China alcanzó el 82% del total, comercializados en su base por esos grandes monopolios, sin un desarrollo equitativo de empresas nacionales que en los últimos años hayan podido incorporar nuevos actores a este negocio.
Ahora, si dejamos atrás la relación productivista primaria y extractiva de recursos naturales y la combinamos con una intensa y promovida política industrial que mejore el valor de los productos exportados, con tecnología y “cerebro” argentino, el desarrollo y la independencia estarán al alcance de las próximas generaciones. Hay que aprovechar la alianza estratégica no para cambiar una potencia intervencionista por otra más amable pero manteniendo el atraso en tecnología, comercio e infraestructura que padecemos, sino para modernizar nuestra estructura productiva, que va más allá de la explotación intensiva de la tierra y los recursos naturales primarios y que alcanza a la calidad del trabajo, la elaboración creativa y el intelecto de la riqueza argentina.
Por ello, no somos ni seremos todos chinos, sino que iniciamos un camino a través del cual podemos retomar décadas perdidas en las que fuimos retrasados por culpas propias y ajenas -a no dudarlo, intencionadamente-. Resulta hoy vital llevar adelante políticas claras y universales no sólo en lo social sino también en el comercio, posibilitando el crecimiento de nuevas empresas nacionales con el Estado dirigiendo el proceso de desarrollo.
(*) Abogado. Docente de Economía de la UNC
DARÍO TROPEANO (*)