Tres historias, sol y cielo

Redacción

Por Redacción

HÉCTOR CIAPUSCIO (*)

En estos días nos deprimen muchas cosas que nos pasan, que vemos y leemos. Pero hay que tratar de no deprimirse. Es bueno poner los ojos, mientras transcurre y se consume este proceso que abruma, en realidades que nos circundan y son amables. La naturaleza, la familia, los amigos y el trabajo. Lo que nos pasa también puede aliviarse entreteniéndonos en recordar historias y personajes de otros tiempos que dieron testimonio de los valores que les valían. Podemos pensar en tres ejemplos de distinto tipo. El primero es una anécdota de Diógenes, un filósofo, y se refiere a integridad. Dirigió una escuela heredera de Sócrates que propiciaba el naturalismo, el ascetismo y el desprecio por los déspotas. Le gustaba irritar a los poderosos diciéndoles que los dados de la suerte se dan vuelta. Antes de morir le preguntaron cómo quería que lo enterraran y respondió: “Boca abajo”. “¿Por qué?”, le dijeron. Y él: “Porque de aquí a poco se volverán las cosas de abajo arriba”. Una vez tuvo un diálogo con Alejandro Magno, aspirante a un gran imperio. La famosa anécdota dice que estando Diógenes tomando sol en la plaza, casi desnudo y comiendo sobras de un tazón, se le acercó Alejandro, quien lo admiraba por su intelecto y sus ideas universalistas, y le dijo: “Pídeme lo que quieras”; a lo que Diógenes respondió: “Que no me hagas sombra”. Le resultaba indiferente la persona del conquistador y le gustaban, por sobre todas las cosas, el sol, el aire libre y que lo dejaran en paz. El segundo ejemplo es una página de Tolstoi y alude a lo realmente grande y bello. Napoleón había invadido Rusia y ganado en 1805 la batalla de Austerlitz. Oficial del ejército ruso en el combate, el príncipe Andrey cayó malherido. Casi inconsciente, vio el cielo sobre sí, un cielo insondablemente alto y con ligeras nubes blancas que marchaban a su través. Después de varias horas recobró el conocimiento. ¿Dónde estoy? No podía abrir los ojos y oyó jinetes. Era Napoleón que recorría a caballo el campo de batalla contemplando con sus ayudantes los muertos y los heridos. Se detuvo ante el cuerpo de Andrey tendido de espaldas en el barro, sangrante y sosteniendo todavía en el puño el asta de la bandera de su regimiento. “Voilá une belle mort”, dijo el emperador mirando el cuerpo. Él reconoció a su gran héroe de tantos años que en aquel momento le parecía, en comparación con el alto cielo infinito que pudo ver al desplomarse herido, un hombrecillo insignificante. Le era indiferente que lo mirasen o que dijesen lo que dijesen acerca de él en aquel momento. Pero sentía esperanza, quizá alguien lo asistiera para volver a la vida. Gimió un tenue lamento y movió algo la pierna. “¡Ah, vive!”, dijo Napoleón. “Llevadlo a la ambulancia”. Después, el hospital y, de nuevo, la conciencia. El emperador lo identificó en su lecho. “¿Et vous, jeune homme? –le dijo–. ¿Cómo se encuentra, mon brave?”. Andrey fijó su mirada en él pero no dijo nada. Su antiguo héroe le pareció definitivamente mezquino y miserable comparado con aquel hermoso cielo que había visto y aprendido a comprender. Pensó en lo fútil que era el orgullo humano y la vida misma frente a la maravilla del sol y la profundidad del cielo. El tercer ejemplo es una crónica de Javier Cercas sobre el fin y el ensueño de un poeta. El autor contó en la novela “Soldados de Salamina” el viaje final hacia el destierro del mayor poeta de España. Abandonando una Madrid casi vencida en 1938, Antonio Machado había llegado a Barcelona con su madre y su hermano José. Allí siguió escribiendo, viejo, fatigado y enfermo, en defensa del gobierno democrático. Ya no creía en la derrota de Franco y el triunfo de la República. “Esto es el final, cualquier día caerá Barcelona. Está claro: hemos perdido la guerra. Pero, humanamente, no estoy tan seguro… Quizá la hemos ganado”. (Según la historia posterior tal vez tuvo razón). Pocos días después debió partir con su familia en un convoy desolado hacia la frontera francesa. En viaje alucinante hicieron parada en varios pueblos y, por fin, en la noche del 27 de enero de 1939, después de caminar seiscientos metros bajo la lluvia, cruzaron la frontera. Perdieron sus maletas, no tenían dinero, pero llegaron a Collioure. Menos de un mes más tarde moría el poeta; su madre lo sobrevivió tres días. En el bolsillo del gabán de Antonio su hermano halló unas notas. Una de ellas era un verso, quizá el primer verso de un último poema. Decía: “Estos días azules y este sol de la infancia”. Azul de Sevilla y azul de Soria en la memoria del viejo poeta que mira el cielo y se arropa con un sol de frontera, guardando arrugado en el bolsillo de su abrigo, según se ha escrito en España, “el más hermoso verso inacabado de la historia literaria”. (*) Doctor en Filosofía


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