Triunfos costosos

Lejos de servir para acelerar la modernización del país, los créditos, que los gobernantes exhiben como trofeos, contribuyeron a frenarla.

Redacción

Por Redacción

Lo mismo que a tantos otros, al presidente Fernando de la Rúa le gusta decorar sus discursos con pequeños toques demagógicos, de ahí su alusión a «los vivos que nos endeudaron» en la breve alocución que pronunció por la cadena oficial al comprometerse con lo que se espera será el ajuste definitivo. Puesto que menos de un año antes el propio De la Rúa había intentado tratar el en su momento célebre «blindaje financiero» como si fuera un triunfo político-económico magnífico, debería entender mejor que nadie que «los vivos» a los que se refería incluyen a virtualmente todos los integrantes de la clase política nacional. Desde hace varias generaciones, los líderes del país, fueran éstos militares o civiles, liberales o populistas, se han acostumbrado a tomar los préstamos por evidencia de la confianza extranjera en sus propias dotes administrativas, lo cual, huelga decirlo, les dio un pretexto adicional para dedicarse a buscar nuevas fuentes de «dólares frescos» en los mercados internacionales. Tal actitud contó con la aprobación general: en nuestro país no se ha dado ningún movimiento político que siempre haya insistido en la necesidad de depender exclusivamente de los recursos genuinos existentes, aunque según las circunstancias todos están dispuestos a «denunciar» la deuda externa resultante atribuyéndola a la corrupción de sus adversarios y, en ocasiones, proclamándola «ilegítima».

Como entenderá cualquier persona sensata, los créditos no sirven a menos que el deudor sepa aprovecharlos. De haber logrado la Argentina continuar creciendo a un ritmo rápido, a nadie le preocuparía la deuda externa porque su peso relativo estaría disminuyendo, tal como ha sucedido en países antes fuertemente endeudados como Irlanda. Sin embargo, ocurre que virtualmente todos los gobiernos nacionales y provinciales han recurrido al crédito no porque estuvieran resueltos a impulsar el cambio sino, por el contrario, por querer aferrarse al statu quo, negándose a emprender las reformas necesarias para que la economía sea más productiva. He aquí el motivo fundamental de la crisis que acaba de ingresar en su fase culminante: lejos de servir para acelerar la modernización del país, los créditos que en su momento nuestros gobernantes festejaron como trofeos han contribuido a frenarla.

Durante la primera gestión del presidente Carlos Menem, muchos lograron convencerse de que después de décadas de batirse en retirada la Argentina había iniciado una época expansiva en la que sus representantes, los empresarios, saldrían para conquistar nuevos mercados en el exterior. A partir de 1995, empero, el país está a la defensiva al concentrarse los distintos sectores en intentar recuperar el terreno que a su entender habían perdido en los años que siguieron al estallido hiperinflacionario. Por supuesto que el clima derrotista así generado ha incidido mucho en la conducta de casi todos, hasta hacer parecer fantasioso insinuar que el país aún tiene los recursos no sólo para sobrevivir sino también para prosperar. Sin embargo, de ponerse en orden de una vez y para todas las finanzas del sector público, la Argentina debería de resultar perfectamente capaz de abrirse camino en el mundo tal como es y como con toda probabilidad seguirá siendo.

Por cierto, no se equivocan por completo los que afirman que la crisis es «psicológica». Tiene mucho que ver con la mentalidad rentista, contraria a la producción, del grueso de una clase política de tradiciones clientelistas y de quienes le proveen sus ideas. Para que su actitud comenzara a modificarse ha sido necesario el tratamiento de choque que le están suministrando «los mercados», al rehusarse a continuar prestando dinero para que puedan conservar un sistema que es estructuralmente letárgico por estar dominado por personas reacias a afrontar los desafíos planteados por el mundo actual. ¿Ha sido lo bastante violento como para surtir el efecto deseable? Aún es imposible saberlo, pero hasta ahora cuando menos las reacciones de la mayoría de los líderes políticos han brindado motivos para cierto optimismo, lo cual no era el caso antes de que Domingo Cavallo confesara que ya nadie estaba dispuesto a prestarnos un centavo más.


Lo mismo que a tantos otros, al presidente Fernando de la Rúa le gusta decorar sus discursos con pequeños toques demagógicos, de ahí su alusión a "los vivos que nos endeudaron" en la breve alocución que pronunció por la cadena oficial al comprometerse con lo que se espera será el ajuste definitivo. Puesto que menos de un año antes el propio De la Rúa había intentado tratar el en su momento célebre "blindaje financiero" como si fuera un triunfo político-económico magnífico, debería entender mejor que nadie que "los vivos" a los que se refería incluyen a virtualmente todos los integrantes de la clase política nacional. Desde hace varias generaciones, los líderes del país, fueran éstos militares o civiles, liberales o populistas, se han acostumbrado a tomar los préstamos por evidencia de la confianza extranjera en sus propias dotes administrativas, lo cual, huelga decirlo, les dio un pretexto adicional para dedicarse a buscar nuevas fuentes de "dólares frescos" en los mercados internacionales. Tal actitud contó con la aprobación general: en nuestro país no se ha dado ningún movimiento político que siempre haya insistido en la necesidad de depender exclusivamente de los recursos genuinos existentes, aunque según las circunstancias todos están dispuestos a "denunciar" la deuda externa resultante atribuyéndola a la corrupción de sus adversarios y, en ocasiones, proclamándola "ilegítima".

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