Último tren a Londres
opinión
“Solemne como pedo de inglés”, fueron las vulgares palabras con las que un grande de la literatura como Leopoldo Marechal decidió finalizar su novela ‘Adán Buenos Ayres’. La descripción desnuda con despojo el reprimido y flemático temperamento del británico. Seguramente en beneficio propio el diccionario Webster adicionó como sinónimo de “flema” el de la frialdad intrépida, característica que llevó a los londinenses a darse un baño de practicidad para encarar el negocio organizativo de los Juegos Olímpicos. Desde que dejaron atrás las candidaturas de Madrid, Moscú, Nueva York y París, los ingleses pusieron en práctica la promesa de realizar los Juegos más sustentables de la historia. Diseñaron estadios desmontables, que disminuirán su capacidad tras la competencia, y planificaron recuperar 75 centavos por cada libra gastada (se aprovecharán las instalaciones de Wimbledon, el río Támesis y el mítico Wembley). El Parque Olímpico cuenta con una superficie de 250 hectáreas en el antiguo barrio industrial de Stratford, a tres kilómetros al Este del Centro de Londres, un lugar que se había convertido en un verdadero basurero. El ochenta por ciento de la demolición de dicho sector, que incluyó 220 edificios industriales, fue reutilizado en el lugar. Una vez concluida la fiesta olímpica tal espacio se convertirá en el mayor parque público inglés de la historia con cursos de aguas y ciclo vías que darán lugar a festivales y eventos masivos. Nada ha sido dejado librado al azar y en Stratford ya hay una estación de trenes de alta velocidad que aliviará el dificultoso transito automotriz. Aquel himno de la década del 80 que eternizó la Electric Light Orchestra con su “Last train to London”, seguramente será uno de los menos escuchados a partir de julio, cuando millones de personas vayan hacia Londres. Entre ellos, una embajada de atletas argentinos deseosos de dar algún batacazo. Nada seria más emocionante que ver alzar la bandera nacional en aquellas tierras, aunque no sea tiempo de grandes expectativas. Según la opinión de un histórico del periodismo olímpico como Gonzalo Bonadeo, las chances van de las cero a las seis medallas, con posibilidades ciertas del básquet masculino y el hockey femenino, y algunas disciplinas individuales como el yudo, el taekwondo o de algún otro “tapado”. Hace unos días, el voley masculino consiguió su pasaje, al igual que -ya ticket en mano- esperan los varones del handball y del hockey, quienes aparecen aún muy jóvenes como para intentar socavar las estructuras híper profesionales del primer mundo. Lo cierto es que los sueños olímpicos de nuestro país están posados en Río de Janeiro 2016, cuando el Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo haya tenido mayor recorrido y roce internacional -apoya desde el 2009, y aún no tuvo siquiera un ciclo olímpico-. Es lamentable de reconocer que medidas como las de restricción de las importaciones implementadas por Guillermo Moreno, han conspirado contra la preparación de nuestros deportistas, quienes por meses han debido resignar la posibilidad de entrenar con bicicletas, remos o demás implementos gestionados para la ocasión. Ello aún cuando los mismos se encontraban varados en la aduana de nuestro país y a pesar del tan pregonado spot de apoyo al atleta que se prepara para competir en suelo ingles. Seguramente los próximos Juegos mostrarán para las cámaras y por espacio de 30 días el costado menos apático de un pueblo. En tal sentido, fue una verdadera sorpresa observar escenas de enorme contenido emotivo en la final de la Premier League, cuando uno de los nuestros – el Kun Agüero- desató una euforia inusitada, al convertir un gol inolvidable y dar el título al Manchester City. Un pellizco de humanidad. Muchos reconocen en el perfil inglés a sujetos conversadores pero callados, trabajadores pero ociosos, fanáticos pero reservados, frenéticos pero sin prisa, y que a casi todos les encantan los chismes sobre la familia real y las vidas privadas de funcionarios públicos y políticos. El ser centro del firmamento universal por un mes posiblemente exhiba a personas menos introspectivas y más humanitarias. El libreto así lo exige. Por que, al fin y al cabo, el inglés sabe como nadie del abandono de las formas cuando las circunstancias así lo requieren. Y estos no son tiempos de solemnidades, sí de buenos negocios. (*) Abogado. Prof. nac. de Educación Física. marceloangriman@ciudad.com.ar
Marcelo Antonio Angriman (*)
Faltan 64 días para que comience la fiesta.
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