Un CEO al poder
Lo mismo que en muchos otros países latinoamericanos, entre ellos el nuestro, en el Paraguay los partidos políticos se asemejan más a tribus urbanas que a las organizaciones a un tiempo pluralistas y coherentes del mundo desarrollado. No se basan en idearios consensuados o en intereses socioeconómicos compartidos sino en la adhesión emotiva a mitos determinados. El Partido Colorado, que acaba de reconquistar el poder que había perdido en el 2008 cuando su candidato fue derrotado por una alianza liderada por el exobispo católico Fernando Lugo, es el equivalente paraguayo del peronismo tradicional, ya que, además de ser producto de un régimen militar, el del general Alfredo Stroessner, cuenta con el apoyo de extensos sectores populares a pesar de la riqueza ostentosa de muchos dirigentes. Si bien a sus militantes no les gustan las definiciones ideológicas –como aquellos peronistas que dicen ser adherentes a “un sentimiento”, prefieren creerse custodios de las esencias patrias y por lo tanto contrarios a las ideas foráneas, en especial las reivindicadas por la izquierda–, el presidente electo Horacio Cartes, un tabacalero multimillonario, es considerado un derechista porque se afirma a favor de la empresa privada y espera atraer más inversiones extranjeras. Ello no obstante, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner tuiteó que quería que el Paraguay se reincorporara pronto al Mercosur, del que fue echado el año pasado al ser destituido Lugo en un trámite exprés pero así y todo constitucional. El ingreso per cápita del Paraguay es muy inferior al argentino, pero los dos países tienen bastante en común. Ambos se han visto beneficiados por “el viento de cola” procedente de China que desde hace aproximadamente diez años sopla con fuerza no sólo en América Latina sino también en África, posibilitando que economías antes letárgicas se anotaran tasas de crecimiento “chinas”. Sin embargo, en nuestro país se ha frenado el crecimiento, pero en el Paraguay no se ve señal alguna de ralentización: se prevé para este año una expansión de hasta el 13%, muy superior a la pronosticada para China misma, mientras que la inflación está por debajo del 4% anual. Cartes quiere que las buenas perspectivas macroeconómicas le permitan impulsar un proceso de desarrollo que serviría para incorporar a muchos pobres o indigentes a la parte relativamente moderna de la sociedad, pero la experiencia tanto de su propio país como de otros de la región hace pensar en que no le sería nada fácil lograrlo, ya que a menudo las oportunidades planteadas por una coyuntura excepcional sirven para ampliar aún más las grietas sociales ya existentes. Antes de postularse para la presidencia de su país, Cartes era tan apolítico que ni siquiera se daba el trabajo de votar en las periódicas elecciones. A juzgar por sus declaraciones, es un pragmático convencido de que lo que necesita el Paraguay es un sector público más eficiente y, claro está, menos corrupto. Su actitud, pues, es la de un hombre de negocios exitoso, CEO de una gran tabacalera, un banco y otras empresas, que cree que lo que le permitió erigirse en un magnate muy rico lo ha calificado para gobernar un país pequeño que es mundialmente célebre por la corrupción de sus políticos y funcionarios. Puede que quienes votaron a Cartes se hayan equivocado, pero en vista de las deficiencias patentes de tantos políticos “de raza” de la región, personas que en muchos casos nunca han trabajado en el sector privado y por lo tanto no entienden los problemas que enfrentan ni los empresarios ni los empleados, es comprensible que hayan optado por probar suerte con un hombre de su formación. Con todo, aun cuando la economía paraguaya siga creciendo a un ritmo más rápido que el alcanzado por cualquier otra, Cartes no tardará en chocar contra el gran problema que afecta a los países latinoamericanos cuyos éxitos recientes se han debido no sólo a sus propios esfuerzos sino también a una coyuntura internacional insólitamente favorable; para que la bonanza no sea meramente pasajera, tendría que aprovecharla de tal modo que se vea aumentado el capital humano paraguayo, desafío éste que exigirá mucho más que programas sociales que se limitan al reparto de subsidios que hacen más tolerable la extrema pobreza pero que no contribuyen a eliminarla.