Un científico y las religiones
HÉCTOR CIAPUSCIO (*)
Richard Dawkins, biólogo inglés famoso desde la publicación de “El gen egoísta” hace más de un cuarto de siglo, es un líder del ateísmo religioso, un movimiento que congrega a prominentes científicos neoevolucionistas empeñados en una negación de las religiones y la defensa de ideas racionales para mirar el universo y a nosotros mismos. En el origen de este movimiento estuvo la confrontación ideológica con el fundamentalismo religioso, la explicación de la complejidad del cosmos y de los seres vivos por el “diseño inteligente” de un Creador, una doctrina popular y poderosa en Estados Unidos particularmente en tiempos de predominio de teleevangelistas y gobiernos republicanos. Dawkins (1) culminó su campaña con la publicación, en el 2006, de “The God Delusion” (El espejismo de Dios), que se constituyó en best seller y ha sido desde entonces materia de enconadas discusiones. En este trabajo insiste en que no pretende explicar todo a través de la ciencia sino más bien “elevar las conciencias” con la demostración de la irracionalidad de la creencia en un Dios; más aún, de “la suprema improbabilidad de un Ser Supremo”. Se empeña en mostrar cómo las religiones fomentan el odio, la guerra, el genocidio y los abusos infantiles, físicos y psicológicos (el infierno, los terrores de una vida después de la muerte). Ilustra un recuento de los sufrimientos que todas y cada una de las religiones han infligido a la humanidad a lo largo de la historia: persecuciones, masacres, guerras, violencias de todo tipo, torturas y odios, frustraciones inmensas, destinos irremediablemente consignados al miedo y la ignorancia. El Antiguo Testamento está plagado de ejemplos espantosos y el islamismo ha recorrido una trayectoria de intolerancia y fanatismo. Todas las religiones han sido, en ese sentido, lo mismo. La idea de la existencia de Dios es no solamente equivocada sino mortífera. Esa creencia no es más que un espejismo, una ilusión. Ser un ateo, en cambio, es el logro de una aspiración espléndida de adultez y libertad. Este apasionado difusor del ateísmo criticó en ese libro, al pasar, a un conocido físico de Princeton por haber aceptado el Templeton, un premio que tiene una recompensa económica superior a los Nobel (supera ahora el millón de libras esterlinas) y que se otorga a personalidades que hayan hecho “una contribución excepcional a la explicación espiritual de la vida humana”. Aunque dejando clara la consideración profesional y humana que le merece el premiado, comenta que el gesto y las palabras de Freeman Dyson –que es el físico respetuosamente cuestionado– proveen un respaldo intelectual a la religión y que, lo haya querido o no, había enviado una señal al mundo científico, algo que sería tomado como un respaldo a la superstición oscurantista. Anotada esta crítica, vale la pena comentar, por sugerente, el discurso de aceptación cuestionado. Dijo Dyson que ciencia y religión son dos ventanas a través de las cuales la gente trata de entender el gran universo que está afuera y de entender por qué estamos aquí. Las dos ventanas dan diferentes visiones, pero miran al mismo universo. Ambas visiones son de un solo lado, ninguna de ellas es completa. Ambas dejan afuera aspectos esenciales del mundo real y las dos son merecedoras de respeto. La dificultad se produce cuando la ciencia o la religión reclaman jurisdicción universal, cuando el dogma religioso o el dogma científico reclama que es infalible. Los creacionistas religiosos y los materialistas científicos son igualmente dogmáticos e insensibles. Su arrogancia trae una disputa entre ambas visiones que los medios tienden a exagerar en cuanto a número y diferencias. Raramente éstos mencionan el hecho de que la gran mayoría de las personas religiosas reconoce a la ciencia con respeto, así como la mayoría de los científicos, en tanto la religión no reclame jurisdicción sobre materias científicas, tiene igual actitud respecto de ella. Mirando la religión desde adentro, Dyson llega a la conclusión de que allí el bien supera ampliamente al mal. Las gentes forman comunidades a través de ella, uniéndolas en el trabajo, la caridad, la educación o la música. Sin religión, la vida de su país se empobrecería enormemente. “Yo veo la religión, afirma, como una parte preciosa y antigua de nuestro patrimonio humano”. Y recuerda que su madre, que era una cristiana escéptica como él, decía: “Puedes echar a la religión por la puerta, pero siempre volverá a entrar por la ventana”. El año pasado se publicó un libro que ha sido juzgado trascendente y tiene ya traducciones en veinte lenguas extranjeras. El título es “A Universe from Nothing” (Un universo desde la nada) y el autor es Lawrence Krauss, un físico teórico por el MIT y cosmólogo por especialización. Puede leerse en la presentación editorial que las preguntas a que responde el libro son capitales. Por ejemplo, ¿de dónde vino el universo?, ¿qué había antes de eso?, ¿qué traerá el futuro? Y ¿por qué existe algo más bien que nada? A esta última pregunta, la más filosóficamente trascendente, se refiere el encargado del posfacio del libro, que es precisamente Richard Dawkins quien, según su estilo, expresa crudamente que las respuestas de Krauss son “un golpe de knock out” a las afirmaciones tradicionales sobre la existencia de Dios. Afirma, evocando a Darwin, que “Si en ‘El origen de las especies’ fue la biología la que aplicó el mayor golpe mortal al supernaturalismo, podríamos llegar a ver ‘A Universe from Nothing’ como su equivalente desde la cosmología. El título significa exactamente lo que dice. Y lo que dice es devastador”. Genio y figura del autor de “El espejismo de Dios”. (*) Doctor en Filosofía (1) El “Prospect Magazine” publica (14/4/13) su lista de votados popularmente (10.000 votos de 100 países) como “Top World Thinkers 2013” (mayores pensadores mundiales del 2013) y le asigna a Richard Dawkins el Nº 1. Entre los diez primeros figuran otros conocidos: Steven Pinker, psicólogo (3), Paul Krugman, economista (5), Slavoj Zizek, filósofo (6), Amartya Sen, economista (7) y Peter Higgs, físico (8).
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