Un corralito accidental



Para los bancos, el año pasado fue el mejor de los diez últimos. Parecería que todos están rebosantes de dinero, pero por desgracia sólo se trata de números, puesto que les faltan billetes y monedas, de ahí el corralito informal que está provocando tantos problemas a lo largo y lo ancho del país. Aunque los especialistas discrepan en torno a las causas de la escasez, coinciden en que se debe por lo menos en parte a la negativa de las autoridades a introducir billetes que valen más de 25 dólares, un monto irrisorio en un país en que el costo de vida supera el de Estados Unidos, acaso por miedo a que la gente lo tome por una forma de reconocer que la inflación es algo más que una “sensación” propagada por economistas ortodoxos despechados. Si bien dicha explicación parece lógica, suena pueril, ya que el impacto psicológico de poner en circulación billetes de 500 pesos, 1.000 pesos o más no sería necesariamente negativo; antes bien, el gobierno podría aprovechar una oportunidad así brindada para proclamar que gracias a sus esfuerzos la Argentina ha ingresado en una etapa de prosperidad sin precedentes. De todos modos, muchos están atribuyendo la sequía a la inoperancia administrativa de los encargados del Banco Central. Conforme al diputado nacional de Coalición Cívica y ex presidente de la entidad, Alfonso Prat Gay, la gran culpable del desaguisado que se ha producido es la presidenta actual, Mercedes Marcó del Pont, ya que a su juicio “no tiene ni idea de cómo gestionar”. Concuerda, si bien de manera indirecta, con el vocero opositor el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, que ha confesado que “la falta de billetes puede ser una falta de previsión del Banco Central”, aunque asegura que el problema “está resuelto”. Asimismo, se conjetura que también ha incidido el Rally Dakar; según parece, aviones que debieron haber transportado desde Brasil cantidades inmensas de billetes nuevos dieron prioridad a las máquinas usadas por los deportistas. Otros, más caritativos, insisten en que ha contribuido a agravar la situación la resistencia de demasiadas personas a hacer uso de tarjetas de crédito, de débito o medios de pago electrónicos. En el 2001, Domingo Cavallo procuró defender el corralito presentándolo como un paso hacia la bancarización de la economía; en aquel entonces, pocos se sintieron reconfortados por tales afirmaciones, ya que una cosa es optar libremente por prescindir de los medios de pago tradicionales, cuando no primitivos, y otra muy distinta tener que hacerlo de la noche a la mañana bajo presión. Es evidente desde hace años que muchos integrantes del gobierno kirchnerista están más interesados en abstracciones ideológicas que en aquellos pequeños detalles concretos que suelen calificarse de “los problemas de la gente”, pero a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner le convendría que sus acompañantes les prestaran mayor atención. Caso contrario, correrá el riesgo de reconciliarse con la ciudadanía sin por eso asegurarse un triunfo en las elecciones presidenciales fijadas para octubre porque se habrá difundido la impresión de que el gobierno que encabeza resulta extraordinariamente ineficaz. Por cierto, las dificultades ocasionadas por la escasez de billetes y monedas no pueden sino afectar el estado de ánimo de muchísima gente, sea cuestión de empleados públicos y jubilados que a pesar de aguardar horas en colas bajo el sol estival no han podido cobrar, turistas que para su disgusto descubren que los cajeros automáticos en la costa o las sierras están tan vacíos como los de las grandes ciudades, y quienes en diversas provincias han tenido que resignarse a pagos escalonados. Aunque a diferencia de lo que sucedió en el 2001 el sistema bancario parece disfrutar de muy buena salud, para cada vez más personas que se ven separadas de su dinero es como si el país se hubiera precipitado en otra de sus esporádicas crisis financieras. Por lo demás, de persistir la escasez por mucho tiempo más, aumentará el riesgo de que pronto la crisis deje de ser meramente virtual porque, al darse cuenta de que la inflación, combinada con la torpeza gubernamental, está detrás de lo que está sucediendo, se intensificará el temor a que algo mucho más grave podría ocurrir, lo que no tardaría en modificar drásticamente el panorama frente al país.


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