Un culebrón norteamericano

Redacción

Por Redacción

De tratarse del resultado de una maniobra urdida por el viejo KGB soviético, por el régimen nominalmente comunista chino o por una organización islamista actual, el desopilante escándalo que está convulsionando las fuerzas armadas y de inteligencia de Estados Unidos figuraría entre los operativos más exitosos del género así supuesto de la historia, pero sucede que los enemigos de la superpotencia no tuvieron nada que ver con la caída del jefe de la CIA, el general de cuatro estrellas David Petraeus, o los problemas de otro general, John Allen, que todavía espera ser el próximo comandante de la OTAN. Petraeus se sintió obligado a renunciar luego de difundirse ciertos detalles de su affaire con la autora de un libro hagiográfico sobre su carrera sumamente exitosa como militar en Irak y Afganistán, mientras que Allen está en apuros debido a una cantidad insólita de e-mails apasionados que intercambió con una amiga del hasta hace poco jefe del espionaje norteamericano. En muchas partes del mundo, el drama que los cuatro están protagonizando no tendría sentido, ya que es considerado normal mantener bien separadas las actividades privadas, amatorias o no, de las personas de su conducta profesional, pero en Estados Unidos no es así, ya que se supone que los dirigentes deberían respetar reglas mucho más severas que las consideradas apropiadas para los mortales comunes, a menos que sea cuestión de alguien como el expresidente Bill Clinton que, a pesar de los esfuerzos de sus adversarios republicanos, logró salir indemne de su aventura con la joven pasante Mónica Lewinsky. El que Petraeus, el militar más prestigioso de Estados Unidos, un hombre que a juicio de algunos estaba destinado a coronar su carrera erigiéndose en presidente de su país, haya anunciado su decisión de dar un paso al costado horas después del triunfo electoral de Obama ha motivado las sospechas de los convencidos de que está algo más en juego que su relación extramatrimonial con su biógrafa. Es que, de quererlo, Petraeus podría ocasionarle a Obama muchos problemas atribuyéndole, aunque fuera de manera indirecta, la responsabilidad por la muerte del embajador estadounidense en Libia a manos de islamistas presuntamente vinculados con Al Qaeda. Según se informa, Obama y la secretaria de Estado Hillary Clinton se negaron a prestar atención a los pedidos de ayuda del embajador y otros funcionarios atrapados en el consulado en Bengasi por no querer verse involucrados en un incidente internacional en vísperas de las elecciones, razón por la que preferirían no correr el riesgo que podría suponerles el testimonio ante una comisión legislativa del ya exjefe de la CIA. La costumbre norteamericana de insistir en que los políticos y militares poderosos sean dechados de virtud sexual tendría sus méritos, pero, bien que mal, en otras latitudes las pautas son muy distintas. Por cierto, los franceses se sintieron mucho más sorprendidos por la detención en Nueva York hace un par de años del entonces jefe del FMI y precandidato presidencial Dominique Strauss-Kahn que por la promiscuidad realmente extraordinaria que lo hizo tropezar, porque el político ya era célebre por su comportamiento desenfrenado sexual. Asimismo, las fiestas “bunga-bunga” del en aquel entonces primer ministro italiano Silvio Berlusconi no incidieron mucho en su popularidad, hasta hacerse evidente que su manejo de la economía dejaba mucho que desear y que no lo respetaban sus homólogos más influyentes, la alemana Angela Merkel y el francés Nicolas Sarkozy. En el sur de Europa, y también en América Latina, las “debilidades humanas” de personajes como Petraeus y Allen no les hubieran provocado problema alguno a menos que existieran motivos para suponer que incidían en su labor profesional, pero si bien el puritanismo moralizador ya ha desaparecido de la cultura tanto popular como elitista de Estados Unidos, sigue siendo muy fuerte en el ámbito político, lo que es con toda seguridad una buena noticia para los enemigos de la superpotencia pero que no puede sino ocasionar inquietud entre los preocupados por la retirada atropellada del “imperio” del Gran Oriente Medio y por la voluntad de individuos ambiciosos de aprovechar al máximo el vacío de poder resultante.


De tratarse del resultado de una maniobra urdida por el viejo KGB soviético, por el régimen nominalmente comunista chino o por una organización islamista actual, el desopilante escándalo que está convulsionando las fuerzas armadas y de inteligencia de Estados Unidos figuraría entre los operativos más exitosos del género así supuesto de la historia, pero sucede que los enemigos de la superpotencia no tuvieron nada que ver con la caída del jefe de la CIA, el general de cuatro estrellas David Petraeus, o los problemas de otro general, John Allen, que todavía espera ser el próximo comandante de la OTAN. Petraeus se sintió obligado a renunciar luego de difundirse ciertos detalles de su affaire con la autora de un libro hagiográfico sobre su carrera sumamente exitosa como militar en Irak y Afganistán, mientras que Allen está en apuros debido a una cantidad insólita de e-mails apasionados que intercambió con una amiga del hasta hace poco jefe del espionaje norteamericano. En muchas partes del mundo, el drama que los cuatro están protagonizando no tendría sentido, ya que es considerado normal mantener bien separadas las actividades privadas, amatorias o no, de las personas de su conducta profesional, pero en Estados Unidos no es así, ya que se supone que los dirigentes deberían respetar reglas mucho más severas que las consideradas apropiadas para los mortales comunes, a menos que sea cuestión de alguien como el expresidente Bill Clinton que, a pesar de los esfuerzos de sus adversarios republicanos, logró salir indemne de su aventura con la joven pasante Mónica Lewinsky. El que Petraeus, el militar más prestigioso de Estados Unidos, un hombre que a juicio de algunos estaba destinado a coronar su carrera erigiéndose en presidente de su país, haya anunciado su decisión de dar un paso al costado horas después del triunfo electoral de Obama ha motivado las sospechas de los convencidos de que está algo más en juego que su relación extramatrimonial con su biógrafa. Es que, de quererlo, Petraeus podría ocasionarle a Obama muchos problemas atribuyéndole, aunque fuera de manera indirecta, la responsabilidad por la muerte del embajador estadounidense en Libia a manos de islamistas presuntamente vinculados con Al Qaeda. Según se informa, Obama y la secretaria de Estado Hillary Clinton se negaron a prestar atención a los pedidos de ayuda del embajador y otros funcionarios atrapados en el consulado en Bengasi por no querer verse involucrados en un incidente internacional en vísperas de las elecciones, razón por la que preferirían no correr el riesgo que podría suponerles el testimonio ante una comisión legislativa del ya exjefe de la CIA. La costumbre norteamericana de insistir en que los políticos y militares poderosos sean dechados de virtud sexual tendría sus méritos, pero, bien que mal, en otras latitudes las pautas son muy distintas. Por cierto, los franceses se sintieron mucho más sorprendidos por la detención en Nueva York hace un par de años del entonces jefe del FMI y precandidato presidencial Dominique Strauss-Kahn que por la promiscuidad realmente extraordinaria que lo hizo tropezar, porque el político ya era célebre por su comportamiento desenfrenado sexual. Asimismo, las fiestas “bunga-bunga” del en aquel entonces primer ministro italiano Silvio Berlusconi no incidieron mucho en su popularidad, hasta hacerse evidente que su manejo de la economía dejaba mucho que desear y que no lo respetaban sus homólogos más influyentes, la alemana Angela Merkel y el francés Nicolas Sarkozy. En el sur de Europa, y también en América Latina, las “debilidades humanas” de personajes como Petraeus y Allen no les hubieran provocado problema alguno a menos que existieran motivos para suponer que incidían en su labor profesional, pero si bien el puritanismo moralizador ya ha desaparecido de la cultura tanto popular como elitista de Estados Unidos, sigue siendo muy fuerte en el ámbito político, lo que es con toda seguridad una buena noticia para los enemigos de la superpotencia pero que no puede sino ocasionar inquietud entre los preocupados por la retirada atropellada del “imperio” del Gran Oriente Medio y por la voluntad de individuos ambiciosos de aprovechar al máximo el vacío de poder resultante.

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