Un mundo sin trabajo

Redacción

Por Redacción

El científico más célebre del mundo, el parapléjico Stephen Hawking, cree que la ciencia es una bomba de tiempo que tarde o temprano estallará. Como muchos otros, teme que un día hordas de robots asesinos, minúsculos o gigantescos, da igual, se independicen de sus creadores para sembrar muerte y destrucción a su alrededor. Asimismo, Hawking nos ha advertido que “los seres humanos, que están limitados por una evolución biológica lenta, no podrán competir con la inteligencia artificial y serán superados por ella”, lo que suena perfectamente lógico. Sea como fuere, aun cuando los artefactos posibilitados por la ciencia, que ya nos ha dado la bomba nuclear, resulten ser tan terroríficos como prevé el astrofísico, también hay otros motivos para sospechar que, como el desafortunado aprendiz del hechicero de Goethe, los incansables investigadores científicos y quienes aprovechan sus hallazgos están provocando problemas que no encontrarán soluciones. No sólo se trata de los riesgos, que por suerte aún son hipotéticos, planteados por la inteligencia artificial que, una vez liberada, podría desarrollarse exponencialmente, alejándose tanto de la comprensión humana que se convertiría en una especie de dios insondable y, quizás, vengativo. Ya motivan preocupación los cambios económicos y sociales que está impulsando “la cuarta revolución industrial” basada en el reemplazo de humanos proclives a cometer errores o dar prioridad a sus propios caprichos por máquinas programadas y sistemas informáticos que son llamativamente más eficaces y mucho más confiables. Según Klaus Schwab, el fundador y maestro de ceremonias del Foro Económico Mundial que está celebrando su 46ª reunión en Davos, “La montaña mágica” de Thomas Mann: “Aún no estamos suficientemente preparados para esta cuarta revolución industrial y temo que llegará como un tsunami y transformará todos los sistemas y procesos”. Para muchos millones de hombres y mujeres, la llegada atropellada de pelotones de robots tan laboriosos como obedientes, computadoras más listas e impresoras en 3D capaces de fabricar cualquier cosa será una mala noticia. Para otros, miembros de una elite que propenderá a achicarse, no será del todo mala; por un rato, se verán beneficiadas por el cambio que está en marcha aunque, de estar en lo cierto escépticos como Hawking, andando el tiempo ellos también podrían ser declarados superfluos por un artilugio ubicado en el ciberespacio. Sea como fuere, si hasta los dueños de mentes brillantes no podrán seguir el ritmo frenético fijado por la inteligencia artificial, sería inútil suponer que los menos dotados conseguirán adaptarse a las nuevas condiciones laborales. Políticos y empresarios aún hablan como si creyeran que “la solución” consistiría en más educación, pero sucede que, todos los años, sube un poco el nivel mínimo que los aspirantes a cumplir funciones económicamente provechosas tendrían que alcanzar. Lo saben tanto los muchos que están buscando trabajo como los que buscan mano de obra calificada, incluso para tareas relativamente rudimentarias, ya que muchas exigen la capacidad para entender instrucciones escritas en inglés y operar aparatos informáticos. En países como España e Italia, en los que la tasa de desocupación de los jóvenes es altísima, abundan oportunidades laborales para quienes poseen calificaciones específicas, pero para encontrarlos los empresarios se sienten obligados a importar especialistas. Aunque es por lo menos factible que, de resultas de esta “cuarta revolución”, aumente tanto la producción de bienes materiales que pronto haya más que suficientes para que todos los miembros del género humano puedan vivir rodeados de lujos, una sociedad en la que la mayoría dependa de una variante del asistencialismo no sería tan paradisíaca como algunos imaginan. En su obra “La ideología alemana”, Karl Marx pronosticó que, cuando el comunismo hubiera eliminado la escasez, podría “por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar el ganado” y, después de comer, dedicarse a la crítica literaria, pero muy pocos se conformarían con la vida entre bucólica e intelectual que soñaba. Perder el empleo puede ser traumático aun cuando no haya consecuencias económicas. En las sociedades de cultura occidental, la mayoría quiere aportar algo positivo y sentirse útil, de ahí el desprecio que muchos manifiestan por “los vagos” que viven de subsidios de un tipo u otro. Con razón o sin ella, los formados por “la cultura de trabajo” toman el desempleo por un insulto personal y sufren porque a sus ojos lo que uno hace importa más de lo que uno es. Se resisten a resignarse a una existencia que, según los valores que han internalizado, les parece parasitaria. Para quienes piensan de tal modo, lo que según los profetas de la “cuarta revolución” nos aguarda en el futuro próximo no es una edad de oro sino una pesadilla. Los más perjudicados por la eliminación progresiva de tareas que desempeñarían mucho mejor a menor costo “los robots” o “plataformas digitales” y otras novedades serán aquellos que, desde hace algunas décadas, han ocupado lugares intermedios en la jerarquía socioeconómica. Como los capitanes mayores y coroneles de un ejército, se acostumbraron no sólo a tener ingresos superiores a los percibidos por sus subordinados sino también, lo que les ha sido mucho más significativo, a gozar de cierto poder y prestigio personal. Para tales personas, los cambios que ya se han producido en América del Norte, Europa occidental y Asia oriental han sido muy dolorosas. En el Japón, el destino triste de ejecutivos que, si bien han conservado su trabajo porque sería inapropiado despedirlos, pasan sus días en oficinas sin hacer nada más que mirar por la ventana es desde hace años un tema que preocupa a los gobernantes, lo que puede entenderse; las desgracias de los integrantes de la “madogiwazoku”, la tribu de la silla de la ventana, han motivado tantos relatos deprimentes que, además de mantener ocupados a cohortes de sociólogos y psicólogos, han inspirado un subgénero literario, lo que, desde luego, no consuela a los expulsados de la tribu que, a juicio de la mayoría de sus compatriotas, sí sirve para algo.

James Neilson

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