Un país distinto
Si Estados Unidos fuera un país pequeño, su compromiso con la pena de muerte le hubiera supuesto sanciones.
De lo mucho que distingue a Estados Unidos de los demás países occidentales, lo más notable es con toda seguridad la afición de sus habitantes a la pena de muerte, una característica que comparte con una monarquía fundamentalista, Arabia Saudita, y una nación regida por un partido único de principios totalitarios, China. Aunque también abundan países en que, como en la Argentina del Proceso, la pena capital es rutinaria por virtualmente cualquier acto que por los motivos que fueran molesta a los más poderosos, pero aun así no suele figurar en el código legal y pocos se animarían a reivindicarlo. En este sentido, Estados Unidos es un país occidental sui géneris. Una mayoría importante aprueba plenamente la pena de muerte y es poco común que un político significante disienta con el consenso así supuesto. En cambio, en América Latina y Europa los partidarios de la pena capital escasean, razón por la que el Consejo de Europa reaccionó ante la ejecución del terrorista Timothy McVeigh calificándola de «lamentable, patética y errónea», mientras que otros señalaron que la forma en que murió – sin manifestar ni arrepentimiento ni miedo sino, por el contrario, haciendo gala de un grado de entereza estoica que en otras circunstancias ocasionaría admiración- sólo serviría para alentar a los muchos que, como él, combinan el culto al guerrero con el odio implacable hacia el gobierno federal estadounidense.
¿A qué se debe la brecha entre Europa y Estados Unidos? Acaso a que en el «Viejo Continente» se han impuesto las ideas propias de la Ilustración, mientras que en la superpotencia americana siguen dominando actitudes más arcaicas cuyas raíces están en la religión, lo cual no dejaría de ser paradójico porque, al fin y al cabo, el programa planteado por los pensadores de la Ilustración ha incidido más profundamente en la evolución de Estados Unidos que en cualquier otro país, sin exceptuar a Francia. Sea como fuere, los defensores de la pena de muerte, entre los más entusiastas de los cuales se encuentra el presidente George W. Bush, propenden a explicar sus convicciones en términos religiosos, con alusiones frecuentes al Viejo Testamento, como si a su entender las ejecuciones equivalieran a la consumación de un drama sagrado. De más está decir que esta manera de tratar el tema motiva entre los europeos y también muchos latinoamericanos una mezcla de extrañeza y desprecio por ser cuestión de una modalidad que les es totalmente ajena.
Si Estados Unidos fuera un país pequeño -de las dimensiones de Austria, digamos- su compromiso con la pena de muerte le hubiera supuesto sanciones económicas y el aislamiento político, pero sucede que es el más poderoso, más rico, el científicamente más avanzado y el culturalmente más influyente de todos, de suerte que la opinión del resto del mundo no lo afecta demasiado. Sin embargo, el que Estados Unidos pueda darse el lujo de mofarse de los demás no quiere decir que las diferencias en torno de principios fundamentales carezcan de significado. Desde que Bush llegó a la Casa Blanca, se ha ampliado mucho la brecha que separa a Estados Unidos de la Unión Europea a causa del rechazo visceral del líder norteamericano a los tratados internacionales destinados a reducir la emisión de contaminantes y su insistencia en poner en marcha un sistema defensivo misilístico de factibilidad dudosa que, a juicio de sus muchos críticos, sólo servirá para enriquecer a sus amigos empresarios.
Siempre y cuando las diferencias no provoquen enfrentamientos peligrosos, la rivalidad de Estados Unidos y la Unión Europea puede considerarse sana. Asimismo, brindará algunas oportunidades a países como el nuestro, que podrían estar en condiciones de acercarse según las circunstancias a uno de los dos contrincantes. Con todo, es motivo de preocupación la evidente falta de comprensión mutua: por poderoso que sea Estados Unidos, tendrá que seguir compartiendo el mundo con otros polos de poder, de los cuales el único que podría llegar a igualarlo o superarlo en las próximas décadas es el conformado por la Unión Europea, de suerte que convendría que por lo menos coincidieran en torno de temas fundamentales como el supuesto por el derecho o no del Estado a ejecutar a quienes no han respetado sus reglas, pero que han dejado de constituir una amenaza para alguien.
De lo mucho que distingue a Estados Unidos de los demás países occidentales, lo más notable es con toda seguridad la afición de sus habitantes a la pena de muerte, una característica que comparte con una monarquía fundamentalista, Arabia Saudita, y una nación regida por un partido único de principios totalitarios, China. Aunque también abundan países en que, como en la Argentina del Proceso, la pena capital es rutinaria por virtualmente cualquier acto que por los motivos que fueran molesta a los más poderosos, pero aun así no suele figurar en el código legal y pocos se animarían a reivindicarlo. En este sentido, Estados Unidos es un país occidental sui géneris. Una mayoría importante aprueba plenamente la pena de muerte y es poco común que un político significante disienta con el consenso así supuesto. En cambio, en América Latina y Europa los partidarios de la pena capital escasean, razón por la que el Consejo de Europa reaccionó ante la ejecución del terrorista Timothy McVeigh calificándola de "lamentable, patética y errónea", mientras que otros señalaron que la forma en que murió - sin manifestar ni arrepentimiento ni miedo sino, por el contrario, haciendo gala de un grado de entereza estoica que en otras circunstancias ocasionaría admiración- sólo serviría para alentar a los muchos que, como él, combinan el culto al guerrero con el odio implacable hacia el gobierno federal estadounidense.
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