Un país muy tolerante

Por Redacción

En algunas partes del mundo producirían asombro denuncias como las formuladas en el programa televisivo “Periodismo para Todos” de Jorge Lanata según las cuales Néstor Kirchner, con la ayuda de sus amigos empresarios, sacó ilícitamente del país por lo menos 55 millones de euros para depositarlos en bancos suizos. En palabras del presunto especialista en tales menesteres, el empresario Leonardo Fariña: “Vos no tenés la idea de la estructura que había armado Néstor. Yo te puedo asegurar que el tipo manejaba todo”. Sin embargo, aunque escasean quienes están en condiciones de saber si tales acusaciones tienen alguna relación con la verdad, pocos se habrán sentido demasiado sorprendidos. Al fin y al cabo, ni el expresidente ni su viuda, la primera mandataria actual, han creído necesario explicarnos en detalle lo que sucedió con los célebres fondos de Santa Cruz, mientras que es de dominio público que la fortuna abultada que ha amasado el matrimonio fue enriquecida por negocios inmobiliarios cuestionables. También es lógico suponer que los responsables de instalar un “modelo” económico basado en el capitalismo de los amigos han compartido de algún modo los beneficios conseguidos por empresarios favorecidos por el sistema así calificado que, en ciertos casos, no tardaron en convertirse en multimillonarios. Felizmente para los Kirchner y otros políticos de principios parecidos, en la Argentina la opinión pública suele ser muy pero muy tolerante. A diferencia de lo que acaba de ocurrir en el Reino Unido, donde Chris Hulne, un exministro del gobierno actual, y su exesposa están en la cárcel por obstrucción de justicia en un caso de exceso de velocidad, aquí los jueces se han acostumbrado a tratar a los poderosos con el respeto debido, de suerte que a menos que cometan un delito realmente atroz no tendrán por qué preocuparse. En cuanto a la ciudadanía, la mayoría parece entender que, por ser venales virtualmente todos los políticos, sería muy pero muy injusto ensañarse con algunos. En efecto, los defensores de los Kirchner ya están preguntando, con indignación, por qué los justicieros mediáticos no se han puesto a hurgar en los presuntos negocios de miembros eminentes de los partidos opositores. La reputación dudosa en este ámbito de Néstor Kirchner y, en consecuencia, de Cristina Fernández, ya que la presidenta habrá estado al tanto de las actividades financieras de su cónyuge, no parece haberlos perjudicado. Si las denuncias más recientes inciden en la evolución de la política nacional, no será por su gravedad o por su eventual veracidad sino porque se habrá difundido la sensación de que está acercándose a su fin el ciclo protagonizado por el gobierno kirchnerista. Es como si el grueso de la ciudadanía otorgara a los dirigentes más populares del momento una licencia para robar, privándolos de ella cuando las encuestas dejan de sonreírles. Es normal desde hace muchos años que expresidentes y funcionarios “emblemáticos” de gobiernos que han caído en desgracia se vean obligados a rendir cuentas ante una Justicia severa, resuelta a combatir la corrupción, cueste lo que costare, y que muchos terminen entre rejas por las pequeñas irregularidades que perpetraron cuando todavía disfrutaban de impunidad. ¿Está por repetirse esta historia poco edificante? Los kirchneristas temen que sí, de ahí su intento de “democratizar” la Justicia, colonizándola con incondicionales, mientras aún les queda tiempo, pero es posible que ya les sea demasiado tarde como para concretar las reformas que se han propuesto. Así, pues, el país está asistiendo a una carrera atropellada entre los integrantes de un movimiento político que están tratando de construir defensas lo bastante fuertes como para asegurarles un futuro sin sorpresas judiciales desagradables, y los decididos a frustrar sus intentos en tal sentido. Los primeros cuentan con los puestos institucionales que consiguieron cuando el kirchnerismo pareció hegemónico, y los segundos creen que el país está experimentando un cambio político que los favorecerá cada vez más y que por lo tanto se acerca el día en que los acusados de lavar cantidades fenomenales de dinero tengan que demostrar que son víctimas de una conspiración maligna urdida por los enemigos del bien. ¿Quiénes ganarán? Puede que pronto sepamos la respuesta a este interrogante.


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