Un país «normal»
Una Argentina "normal" sería liberal, capitalista y mucho menos corrupta y populista de lo que es el país actual.
Ya quedan atrás los días en que los políticos daban por descontado que, gracias en buena medida a sus propios esfuerzos, la Argentina era claramente superior a todas las demás naciones del mundo y por lo tanto no tenía nada que aprender de la experiencia ajena. En la actualidad, la mayoría afirma que lo que más quiere es que sea un «país normal» aunque, por desgracia, no hay ningún acuerdo sobre en qué consiste tal condición ni lo que será necesario hacer para alcanzarla. Por cierto, la definición del ministro de Economía, Jorge Remes Lenicov, según la cual «todos los demás países tienen política monetaria y cambiaria» suena un tanto anticuada a partir del nacimiento del euro que ha privado a Francia, Italia, España y Alemania, entre otros, de la posibilidad de manipular la tasa de cambio. Tampoco sirve para mucho la tesis de muchos políticos, eclesiásticos y otros que atribuyen las desventuras nacionales al entusiasmo a su juicio único de los ex presidentes Carlos Menem y Fernando de la Rúa por el capitalismo liberal, porque si hay algo que distingue a los países presuntamente «normales» de los «anormales» esto es precisamente su preferencia por el sistema económico así denominado.
Para que el deseo generalizado de que la Argentina se «normalice» resulte más provechoso que la voluntad de generaciones anteriores de exagerar sus particularidades, sería bueno discriminar entre aquellas diferencias que son meramente anecdóticas y las que son fundamentales. De éstas, la más perjudicial habrá sido la negativa obstinada de la «clase política» a permitir que la realidad incida en el gasto público. Mientras que en otras latitudes los políticos son por lo menos conscientes de la existencia de ciertos límites, aquí les parece suficiente declarar «políticamente inviable» una medida como para eliminar la necesidad de aplicarla, actitud que sigue desconcertando a sus interlocutores extranjeros. Otra diferencia consiste en la falta de interés de los dirigentes partidarios en los detalles concretos: durante años, el debate político local se ha visto dominado por el enfrentamiento entre una minoría minúscula comprometida con el llamado «modelo neoliberal» y una mayoría heterogénea que lo ha atacado con vehemencia: pese a que la Argentina sea una democracia, el «modelo» satanizado se ha mantenido intacto y según parece sobrevivirá a la llegada al poder de Eduardo Duhalde. Uno supondría que una clase política «normal» ya habría aprendido que al país le convendría que abandonara la cruzada contra el «modelo» para concentrarse en asuntos más prácticos, pero parecería que ni siquiera el colapso de la economía los ha convencido de que los problemas nacionales podrían tener más que ver con la ineficiencia de las instituciones públicas, el amiguismo, el clientelismo y otros males típicamente criollos que con la «filosofía económica» internacionalmente vigente.
Una Argentina «normal» -es decir, una que fuera similar a las naciones que conforman la Unión Europea, Estados Unidos, Canadá y Australia que hoy en día representan «la normalidad»-, sería, además de capitalista, liberal y dueña de una economía abierta, mucho menos corrupta y menos populista de lo que es el país actual y sus gobernantes serían decididamente más realistas. También contaría con una administración pública profesional que, entre otras cosas, estaría en condiciones de formular planes de contingencia muy precisos para que ningún gobierno nuevo se sintiera constreñido a improvisar aplicando medidas drásticas sin haberse preparado para enfrentar las consecuencias. En otras palabras, aunque «la normalidad» parece plantear una aspiración muy modesta, si los dirigentes políticos la tomaran en serio comprenderían que entraña un programa de reformas sumamente ambiciosas. Sin embargo, no es demasiado probable que se sientan tentados a procurar «normalizar» el país: en tal caso tendrían que eliminar aquellas particularidades que más les gustan, como el hecho decididamente «anormal» de que los ingresos de los integrantes formales de la «clase política» son tan elevados que todos perciben más que el 95% de sus compatriotas, excentricidad que nos ayuda a entender las razones por las que se las han ingeniado para producir un desastre que para sus homólogos de otros países es inexplicable.